Miedo a las alturas

Tamaño de fuente: - +

¿DE DÓNDE PROVIENEN LOS ÁNGELES?

—¿Qué alas?— ella trató de despistar a Logan aunque su cara de sorpresa la delataba.

—Tú sabes perfectamente de lo que te hablo Iris.— dijo Logan un poco salido de quicio—. Tus alas, las que cuelgan de tu espalda. Por favor, dime una razón para que yo sea el único que las puede ver y que no sea que me estoy volviendo loco.

Logan se reprendió a sí mismo al darse cuenta de lo necesitado que sonaba. Iris, por su parte se tapaba la boca con la mano.

—Entonces si eres tú.— lo miró incrédula.

—Yo también me emocionaría si tuviera idea de lo que estás hablando.—él dijo con sorna, incapaz de entender la situación en sí.

—Prometo explicarlo todo.— Iris se volvió a recostar en la nieve—. Pero por favor, no te asustes.

—De seguro habré escuchado cosas peores.— la consoló Logan sintiendo su corazón en la garganta. Empezar una conversación con “no te asustes” no era alentador.

—Todos saben que mi madre no es más que una mancha borrosa que comprende toda mi infancia, pero en realidad, aunque apenas la recuerde, la amo. Naturalmente. Atesoro los pocos momentos que pasé con ella.  Está este en particular que no me lo puedo quitar de la cabeza. Mi mamá y yo en nuestro balcón en el piso de Londres. Ella estaba más cuerda que los otros días. Me gustaban sus momentos de lucidez porque recordaba que tenía una hija. Me trenzó el cabello mientras mirabamos la puesta del sol.  Me dijo que era el tiempo de contarme que era un ángel” y yo no le entendía. Siguió, dijo que yo estaba allí para proteger a alguien. Le pregunté como sabía a quién protegería, ella me indicó que él me vería con un par de alas.

Él la miró como nunca la había visto en su corto período de conocerse.  Los ojos celestes, las pecas en el puente de su nariz, el cabello marrón. Su mirada que le rogaba credibilidad aunque no era lo más inteligente creerle a una mujer cuyo cerebro estaba tronado por años y años de abusos de sustancias.

El silencio le dañaba. Necesitaba palabras para cubrir todo lo que me habían dejado al descubierto. Si no eran cuentos, podría tratarse de otra cosa. Una especie de locura compartida. Pero llámalo como quieras llamarlo, aquello tenía que tener sentido. No tenía comentario sarcástico que agregar. De hecho, quería besarla. Sus cuerpos eran imanes en medio del silencio y la nieve. Después de lo que se sintió como un siglo, juntaron sus labios.

Ese día se sintió como el inicio de algo importante.

Iris fue quien rompió el estado de ensueño al tener noción de la hora.

—Creo que el sol se va a poner.— ella se levantó del prado y se sacudió la nieve del cabello y del vestido—. Tengo un toque de queda estricto. Antes de que se ponga el sol.

—¿Tienes diecinueve y no te dejan salir de noche?— Logan frunció el entrecejo—. ¿En qué clase de universo eso es posible?

Iris dio un largo suspiro.

—La noche obra de diversas maneras en nosotros.— ella rodó los ojos, recitando un pedazo de los monólogos de su tía—. Nos revuelve los sentimientos.

Logan asintió pese a que las palabras no tenían sentido. Se levantó de golpe y se sacudió la parca sin saber cómo se sentía.

—Bien, te llevaré a casa.





 

Que le parta un rayo antes de admitirlo, pero la verdad es que no quería llevarla a casa. No quería estacionarse frente a su pintoresca casita. No quería abrirle la puerta de su Ford para ver como ella se marchaba. Ni pasar el incómodo momento de despedirse de ella sino que se quedara congelado porque ese día no te repetiría.

Era demasiado resbaladizo que pensara así.

—Es aquí.

Ella señaló la casita de campo minúscula, gris y con un jardín descuidado.

Iris no conjugaba bien con la casa en la que vivía, pero ella no lo decidió. Si Sarah era tan estricta como sonaba no había manera en la que Iris le pegara su personalidad a las paredes o al jardín lleno de maleza. En su vida había pasado por ese vecindario.

Ella se desabrochó el cinturón de seguridad y le sonrió a Logan.

—Gracias por dejarme ayudarte.— él abrió la puerta dañada de su auto—. Espero que el día de hoy te haya resultado entretenido.

Iris puso su pie derecho en el pavimento, dando pasos no convencidos. Ninguno de los dos quería moverse.

—Sí, este día no estuvo mal.— reconoció Logan—. ¿Me puedes recordar por qué tía no quiere que salgas de noche? Creo haberle encontrado una falencia a su argumento.

—Ella sólo quiere cuidarme. Drogas, terroristas, gente mala.— ella se encogió de hombros y sacó de asiento de atrás la mayúscula jirafa que había ganado como premio consuelo—. Así evita que me destruya por mi cuenta. Suele murmurar que viene de familia eso de autodestruirse.

Cerró la puerta del auto una vez que Iris estuvo afuera caminando. Puso ambos manos en el volante y antes de aplastar el pedal para ponerse en marcha, se encontró deseando volverla a ver.



Paula Barona

#756 en Novela contemporánea
#723 en Paranormal

En el texto hay: amortoxico, angel, amor

Editado: 03.06.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar