Mikoto

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7

Mikoto entró en pánico el sábado por la tarde, cuando llegó a su casa, con Mars cargando algunas bolsas y se dio cuenta que todo era un desastre. Al entrar a la cocina, la mesa estaba tapizada de cosas empolvadas por el desuso. Por suerte había lavado los trastes en la mañana y el fregadero no estaba atiborrado de platos llenos de comida descompuesta, pero el hecho de que no hubiese espacio en la mesa hizo que se sintiera tan avergonzado como para querer salir huyendo.

Sus manos se movieron con nerviosismo, tratando pensar que iba a hacer con tantas cosas y dándose cuenta que no había espacios libres para colocar muchos de los botes de vidrio vacíos o latas de conservas que habían estado manteniéndolo vivo el último año. Ciertamente tenía bastante tiempo que no cocinaba para nadie, ni siquiera para él mismo, tenía tan pocas ganas de hacerlo que a veces solo abría una lata de atún y se comía el contenido con un tenedor. Una lata era suficiente para todo el día, cuando salía compraba muchas, para no tener que ir al súper tan seguido. Odiaba los enlatados, pero no había mucho que hacer al respecto, en su estado, cualquier cosa le habría sabido a nada.

—Ay, lo siento mucho, dame un par de minutos y…—Mikoto se quedó en silencio al darse cuenta que Mars parecía mirar fijamente hacia una esquina. Había una mezcla de curiosidad y sospecha en sus ojos, aunque de nuevo aquello no era demasiado evidente. Mikoto se quedó en silencio un momento, preguntándose que sería lo que estaba viendo, su mente trató de registrar en su memoria las cosas que arrumbaba por ahí y cuando recordó, sintió que su boca se secaba.

El pobre miró para todos lados sin saber que decir, sentía que si se excusaba sonaría como un comentario fuera de lugar, pero estaba seguro que miles de cosas estaban pasando por la mente de Mars en ese momento y no sabía si eran cosas buenas.

—Tienes un montón de cosas en estas cajas —él se inclinó, revisando un poco, tomando unas orejas de Mickey Mouse que estaban hasta arriba, sobresaliendo entre el desastre.

De inmediato Mikoto sintió como el calor le calentaba la cara. Tenía ganas de correr y quitarle todo de las manos, pero aquella reacción habría sido demasiado grosera para alguien que no sabía que estaba revolviendo en la intimidad de otra persona ¿O quizás si lo sabía? Mikoto se mordió los labios.

—Sí, yo…—su voz tembló un poco, pero de inmediato consiguió controlarla. Al menos esa impresión tenía—. Yo iba a ponerlas de regreso en su lugar —dijo avanzando y tomando una de las cajas para moverla de lugar. No se atrevió a recoger aquella en la que Mars estaba hurgando, pero le hubiera gustado.

Cuando estaba a punto de cruzar el umbral de cocina, apresurado por ocultar sus pertenencias, Mars se aventuró a hablar, rompiendo la ilusión de control que creyó tener. Aquello no debió sorprender a Mikoto, en realidad nunca había tenido el control de nada, era una especie de barco a merced de las olas, a la deriva en el inmenso mar.

—¿Son cosas que te dio Harry? —se aventuró a decir, sus palabras parecían haber sido dichas de manera casual, pero estaban ahí por algo.

Él tardó un momento en moverse de su lugar, pero cuando reaccionó, se giró para mirarlo.

—Son solo algunos recuerdos, no es la gran cosa —dijo, sin embargo, parecía bastante mortificado. Mikoto no tenía idea de porqué, no tenía nada de malo conservar todos esos lindos momentos en sus representaciones materiales.

—Este es muy lindo —dijo mirando las orejas—. ¿Fueron juntos a Disneyland? —lo interrogó, encendiendo las orejas y riendo un poco.

Mikoto se quedó en silencio un momento, preguntándose cómo era que una comida divertida en casa había terminado de aquella manera, pero de todas formas no pudo evitar sentir añoranza al ver el objeto y suspiró.

—Fuimos juntos una vez, dijo que estaba seguro de que nunca había ido en mi vida y me llevó —se explicó, encogiéndose de hombros. Ellos se habían pasado un buen rato, Harry pagó por todo, siempre gastaba mucho dinero en él, le regalaba cosas pequeñas o cosas caras, daba igual, siempre estaba consintiéndolo.

En ese entonces todavía eran estudiantes y todo el mundo le decía lo envidiosos que estaban de que tuviera un novio como ese. Cuando fue hora de regresar ya era muy tarde y se quedaron en un hotel, la cara de Mikoto reflejó una mueca rara al recordar las cosas que pasaron en aquella habitación. Estaba muriéndose de pena.

—¿Y habías ido alguna vez? —inquirió, dejando la bolsa en su lugar y revolviendo un poco más el contenido de la caja, Mikoto se encogió en sí mismo y regresó sobre sus pasos, sentándose en una de las sillas, mientras regresaba la otra caja a su lugar.

—Sí, una vez, mi hermana me llevó cuando tenía doce años, un año antes de mudarme a la ciudad —aseguró, sintiéndose excesivamente melancólico.

—¿Y se lo dijiste? —dijo, encontrando una tira de instantáneas que se mostraban a un Mikoto sonriente y a Harry con la misma cara estoica de siempre, dejando que el chico se colgara de su brazo y se recargar un poco en él.



Paloma Caballero

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Editado: 08.11.2019

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