Monocromático

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Capítulo XXI: Profundidad.

Presente

Recientemente, a los ojos de Lysander, el mundo había recobrado vestigios de color que él había olvidado. Como el verde vibrante del césped que en las mañanas amanecía cubierto de rocío, en pequeñas gotas de agua transparente; como el naranja rojizo que encendía el cielo junto con la salida del sol, en una marea similar al fuego que se mezclaba con la suavidad pálida de las nubes, marcando el inicio de un nuevo día; como el azul cristalino que desprendían sus iris y que le era imposible ignorar cuando se veía en el espejo, un color similar a una superficie congelada, reflejos suaves como cian.

No obstante, ahora tras la visita inesperada y nada agradecida de su hermana, Selene Aldrich, el mundo había caído en la simpleza del blanco, el negro y una enorme tormenta de matices grises. Todo volvía a su monótona normalidad con la rapidez de un chasquido, todos aquellos colores desapareciendo, como si nunca hubieran estado ahí... Lysander reconocía aquel sentimiento desesperanzador que se llevaba todo, dejándolo vacío, drenado de todo sentido. He ahí la razón de porque sus obras, su arte, llevaba una parca marca permanente en el color, a sus ojos, así era el mundo: un lugar lóbrego, repleto de secretos y oscuridad que todos se forzaban a ocultar hasta que les fuera imposible. Todo en pos de mantener su lado más mísero oculto.

Lysander se quedó perdido en sus pensamientos, permitiéndose estar ausente por un momento mientras reunía las piezas rotas de su alma en su interior y veía con mirada decaída como el auto se marchaba con su hermana mayor. Su mente se había llenado de recuerdos de un instante para otro, trayendo consigo una gran cantidad de sentimientos que él consideraba enterrados.

Al parecer, no era así.

¿Por qué el mundo no le permitía la tranquilidad? ¿Era demasiado pedir?

Aunque Lysander era escéptico ante creer en vidas pasadas, de alguna manera llegó a su mente el pensamiento de que debió haber hecho algo muy malo para merecer todo aquello en esta vida, alguien debía estarse riendo en algún lado a costa suya... No parecía todo dado por la casualidad o el destino, tanto dolor para una persona era más que suficiente.

En cuanto el auto se perdió de su vista, él regresó al interior del instituto, donde sabía le esperaban un montón de miradas entrometidas y murmullos agobiadores. Estaba resentido y apartado socialmente desde que se inscribió en L'hiver Institut, pero considerando su educación, era comprensible.

Recordó aquellos días en los que solía tener tutores, primero le daban clases a él y luego clases a su hermana Selene, con quién solían tardarse más tiempo. Él no comprendió por qué hasta que tuvo nueve o diez años y notó cómo su madre la trataba, como la ocultaba, como si se tratase de una decepción.

Mientras caminaba por los amplios pasillos, asimiló que más tarde tendría que llamar a su padre y pedirle dinero para reponer los daños en el estudio, tendría que entregárselos al directamente al rector y explicarle la situación con discreción. La mayoría de sus pinturas y bocetos eran insignificantes, todos excepto uno, el cual estaba seguro su hermana había destruido con orgullo... Recientemente, había presentado una inexplicable fijación por una joven con quién veía Historia del Arte, cuyo nombre era Cassandra Ward.

No entendía cómo o por qué; solo había empezado a dibujarla en su libreta, después ocurrió el incidente que le permitió leer aquella pieza sobre una muñeca estropeada, de ahí hizo una pintura y el día anterior había terminado otra.

Había sido la primera obra en años que resaltaba el color; desde el abundante e intenso cabello rojizo como granate, el avellana de su mirada y una casi imperceptible constelación de pecas sobre el puente de la nariz y los pómulos, acompañado de su piel pálida y la curiosidad que brillaba en sus ojos. La pintura que había hecho de Cassandra era esplendida y en cada trazo que había hecho con el pincel había pensado en ella.

No se hacía ni una pequeña idea de por qué pensaba ella recurrentemente; en sus ojos, en su sonrisa y en sus escritos. Ella debía tener obras tan interesantes y emocionantes, o incluso más, que la de la muñeca... por alguna razón, esa pieza parecía personal, con un grado alto de intimidad y un enorme trasfondo.

No era de extrañar, que sus ojos se pasearan por los pasillos en su búsqueda y que con cada estudiante con quién chocaba su mirada, la apartaba inmediatamente. Quizá sus ojos lucían tan sombríos como él mismo se sentía en ese instante, quizá estaba transmitiendo más hostilidad de la normal, quizá demostraba cuan cerca estaba de un colapso emocional... prendía de un delgado hilo que se deshilachaba con cada pensamiento que incluía a Selene.



Mélia Àngelier

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En el texto hay: oscuridad, amorjuvenil, arte

Editado: 25.01.2019

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