Moon´s Daughter ıı. El poder del Aura

Tamaño de fuente: - +

2. Bronce

Su inocencia es casi una inocencia infantil y eso a veces les puede traer algún problema ante personas no tan puras como ellos.

Allí estaba yo otra vez. Cuarto oscuro, desorientada, sin recordar nada... Comencé a caminar. Se escuchaba el eco de mis pasos.

Me detuve en seco al ver un reflejo. Y digo "un" y no "mi" reflejo, porque, por más que se viera como yo, por más que cada movimiento que hiciera, éste lo reprodujera de la misma manera, algo me decía que no era mi reflejo. Me acerqué. Lo que me reflejaba era una especie de cristal.

En mi reinaba una sensación perturbadora. Solo imagínense ver su reflejo pero no sentirlo propio...

Decidí apoyar mi mano derecha sobre el cristal, pero en cuanto mi mano hizo contacto con la superficie, esta atravesó el "cristal". Se sentía húmedo. Era agua.

La habitación se giró 180 grados. Ahora estaba de cabeza y podía sentir como mi cabello se movía en ondas. Estaba sumergida en agua pero no me costaba respirar. Me quedé quieta mirando el vacío hasta que de repente, delante de mí apareció ese reflejo, tenía los ojos completamente abiertos. Allí noté las diferencias: su piel era mucho más pálida que la mía, y su cabello era completamente negro. Se acercó a mí a una velocidad extremadamente lenta. Quise moverme pero no podía, estaba paralizada. Intenté una y otra vez, pero no había caso. El reflejo estaba cada vez más cerca. Me atravesó y comencé a ahogarme, no podía respirar.

Desperté dando una bocanada de aire. Estaba boca arriba sobre mi cama y aún sentía que parte de mis articulaciones no respondía.

Parálisis del sueño, pensé. Era algo muy extraño e inusual en mí. Pero no quise darle muchas vueltas al asunto.

Me desperecé y comencé a ordenar las actividades del día. Debía terminar de ordenar y empacar las cosas que necesitaría para el campamento en la finca de los Western.

La semana previa al viaje que me esperaba, había pasado rápido y sin nada que decir. Las clases de siempre, las personas de siempre... La única a quien no vi, ni siquiera en el club del queso, fue a Megan. Jim decía que estaba un poco enferma o algo así. No hablábamos mucho con ella pero esperaba que se hubiera puesto mejor. Más allá de eso, no sucedió nada fuera de lo normal, y entre espera y espera, el día había llegado.

Finalmente, en mucho tiempo, no iba a pasar un fin de semana largo encerrada en casa. Y eso no era lo mejor; pasaría mi décimo quinto cumpleaños en la finca, y no podía estar más contenta por eso, aunque me prometí a mí misma que me guardaría ese detalle, puesto que nunca me gusto alardear sobre el tema.

Suspiré e inconscientemente se formó una sonrisa en mi cara. Lentamente me senté y pasé una mano por mi cabello intentando, sin éxito, que se "desinflara". Todo mejoraba... y sabía que debía sacarle provecho a dicha mejora.

Me levanté, cepille mis dientes, lave mi cara y bajé a la cocina. Estaba todo repleto de utensilios, sartenes, bols y aromas exquisitos. Al parecer no era la única que tenía un buen día.

- Huele tan bien...- dije entrando a la cocina.

- Oh, buen día Mik- ella no solía llamarme así muy seguido. Mamá se encontraba batiendo algún preparado- ¿qué tal dormiste?

- Muy bien, gracias- contesté sonriendo. Tomé asiento y no pasaron dos segundos hasta que tenía una taza de té, waffles, huevos revueltos, tostadas y fruta frente a mí.

- No querrás irte con el estómago vacío- comentó mamá- ¿Qué te falta para el campamento?

- Sólo detalles- dije mirando mi comida sin saber por dónde empezar.

- No olvides el protector solar... las pequitas comenzaran a salir- ya no hablaba, cantaba.

- Y como me quedan tan mal...- dije en broma.

- Para nada mi niña- apagó una hornalla y se acercó para darme un corto beso en la cabeza- te quedan preciosas, pero siempre es mejor cuidar la piel.

Asentí sonriendo a más no poder. Sería la mejor semana de mi vida, no podía esperar a que fueran las tres de la tarde.

- Hazme un favor hijita – dijo mamá sacándose el delantal de cocina- ¿puedes fijarte si hay correspondencia?

- ¡Claro!

Rápidamente me levanté y salí al jardín. Busqué el buzón, lo abrí y tomé el par de sobres que había ahí dentro sin siquiera fijarme de quién o para quién estaban destinadas.

¿Recuerdan que estoy destinada a tener problemas?

Entré a casa y dejé los sobres en medio de la mesa evitando que tocaran la comida. Continué desayunando con una sonrisa en la cara, mientras escuchaba cómo mi madre rasgaba el papel de la correspondencia. Pasaron unos minutos en silencio.

- Qué extraño... esta carta es para ti.

Me quedé quieta, procesando lo que dijo. Una carta ¿para mí?

- ¿Qué... qué es lo que dice?- dije pensando en quien podría haber mandado esa carta.



Copeland Letto

Editado: 27.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar