morir para vivir

Tamaño de fuente: - +

Dayana y David

Muchos vieron pasar al trío, eran como una imagen mal enfocada, reconocían la elegancia de Clara y la brusquedad de Diego al correr, pero toda la atención estaba en la Reina de Reyes.

Para la gran mayoría era la primera vez que estaban tan cerca de alguien como ella. En sus mentes se reproducían las historias de gloria y sangre, nadie era tan fuerte como ella, y eso solo agudizaba un poco la decepción de ver a una chica menuda y pequeña, de respiración agitada y corazón acelerado a la que le costaba seguir el paso.

Aun así el miedo, el respeto y la adoración se mantenían fuertes.

Fueron hacia el oeste del castillo, las torres eran tan similares entre sí que llegaban a confundirse si no fuera por la arquitectura que decoraba su entorno.

Dos cúpulas grandes paralelas de palta oscura se conectaban por un pasillo cerrado hacia una pirámide con secciones hexagonales.

Las formas y los colores se equilibraban de una forma extraña como si no debieran estar allí pero estaban, y eso tenía que bastar para que se viera bien. Había atisbos de reconstrucciones de cosas que no estaban a allí y que ahora armonizaba con la arquitectura como todo lo demás.

Era custodiado por dos minotauros. Y Celeste no pudo evitar sentirse intimidada, sus brazos musculosos y peludos eran incluso más grandes que ella, sin tomar en cuentas sus pesadas espadas de palta más las hachas sujetas a sus espaldas; infundía la necesidad de huir. Celeste sostuvo la respiración al pasar, era como si quisiera pasar desapercibida. Pero Diego levanto el mentón como un príncipe engalanado y Clara simplemente paso mientras revisaba las cutículas de sus uñas.

Las esculturas de dragones de plata serpenteaban por las paredes como custodios de retratos, tres rostros destacaron entre tantos, eran mujeres de porte fiero e imponente, dos de ellas era rubias pero una tenía el cabello lacio y ligeramente platinado, mientras que la otra ligeramente ondulado era tan blanco como la cal y cejas profundamente negras. Tenían portes muy parecidos, rasgos finos, pómulos altos pero eran como dos caras de una moneda, tan parecidas como distinta. Mientras que la tercera mujer era la que más se parecía a la rubia de cabello plateado, su cabello café resaltaba la piel pálida como un fantasma que comenzaba a rejuvenecer. Todas increíblemente hermosas y todas con el mismo par de ojos.

Los mismos ojos de Celeste.

_Sofía, Boudica y Nora._ dijo Diego _Elegidas muy poderosas, muy importantes, muy amadas y muy muertas.

Diego medio la empujo suavemente hacia adelante, y Celeste siguió avanzando por el pasillo alumbrado por una línea de fuego que salía desde el suelo oscuro. No era algo que le agradara en lo más mínimo pero mantenerse pegada a la pared era lo que le permitía avanzar.

_ ¿Te pasa algo?_ le pregunto Clara rodeando sus hombro con un brazo.

_Nada_ aseguro Celeste, mirando como las lengüetas de fuego dibujaban sombras danzantes sobre la candidez del rostro de Clara.

Al final del pasillo la luz parecía provenir de los costados, pero allí no había nada que iluminara y Celeste prefirió guardarse las preguntas cuando la luz atrapo el brillo marrón de las escamas filosas y ovaladas del gran dragón recostado.

Era la primera vez que miraba a uno tan de cerca, Celeste trato de asimilar la mayor cantidad de detalles posibles, las alas recogidas se mezclaban con su piel y correas oscuras rodeaban su cuerpo, sujetando en su lomo una silla singular. No se movía pero el aire que tomaba inflaba su cuerpo como un globo a punto de explotar; de vez en cuando movía perezosamente su cola que finalizada con la forma de un mazo.

Era como ver acero sobre músculo.

Junto al animal custodiaba un hechicero de aspecto joven incluso más que Celeste. Él se inclinó.

_Séptimos. Elegida; aún no los puedo dejar entrar porque no han llegado todos los reyes. Les pido me disculpen y esperen un momento.

_Me hiciste corre tan rápido para nada_ refunfuño Clara al muy tranquilo Diego que tomaba asiento en el suelo oscuro.

_Tómalo como ejercicio matutino_ respondió el vampiro mientras sacaba un reproductor de música portátil, tan pequeño como una uña.

Celeste se apoyó en la pared opuesta a la de Diego lo más alejada posible de las llamas y del dragón. Clara hablaba enérgicamente con el guardián. Era la clase de personas que hablar se les daba, como un don envuelto en un lindo paquete.

Por su parte Diego encastro los audífonos tan adentro de sus oídos que no necesito mucho volumen para que la música lo aislara por completo. Era un viejo hábito que tenía. Cuando era niño necesitaba ocultarse del ruido y las discusiones, en aquel tiempo era mucho más pequeño y frágil pero cuando sus músculos crecieron y su voz se hizo grave la música estridente se convirtió más en una catarsis que una cueva segura.



Lexiz Vene

Editado: 19.01.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar