Mucho más que esto

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Capítulo 7

La familia de Jazon era más pintoresca y amable de lo que nunca me habían parecido en la vida. Durante el camino me enteré de que el señor James, trabajaba en una empresa de electro domésticos, y Zoey, su madre, era dueña de una floristería.

Eran una familia totalmente normal y cariñosa.

Lo peor de todo es que mis audífonos, y mis cosas habían quedado en el auto de mi papá. No podía perderme en mi mundo e ignorar la presencia de Jazon. Yo sólo me dedicaba a mirar por la ventana, fingiendo estar distraída en los edificios sin gracia de la ciudad. Hubieron veces en las que sin pensarlo me volteé hacia él y lo observé disimuladamente; no era muy buena en eso de disimular, pero me alegró saber que él tampoco. Una que otra vez, nos descubrimos mutuamente, entonces me sonreía yo misma mirando hacia la ventana por lo vergonzoso del momento.

¿Por qué me miraba también?

El señor Lawrence aparcó frente al McDonald, las luces y el ruido de los niños me hizo recordar el tiempo en que mi papá aún nos traía con mamá, cuando nos acabábamos de mudar a Denver. 

Bajé torpemente del auto.

—Sé que aún estas incómoda con esto de que sea hermana de Jazon—me susurró Jizie, caminando hacia el local.

Íbamos un poco más atrás de nuestras familias.

—No hay problema con eso—contesté en voz baja—, es que...

Cerré mi boca cuando Jazon nos pasó por el lado de repente y en silencio.

—¿Sí? —preguntó Jizie.

—No importa de quien seas hermana, seguiremos siendo amigas—continué, volviendo a mi tono habitual de voz.

Cuando vi a todos entrar al local comencé a pensar en lo incómodo que por supuesto seguiría siendo esta situación para mí si entraba con ellos.

—Jizie—me detuve cuando estuvimos solas.

—¿Qué?

—Lo olvidé. Dejé mi teléfono en el auto de mi papá—mentí.

—¿Lo necesitas ahora?

—Por supuesto que sí. Es que estoy esperando una llamada de Julián y...

—Está bien—me interrumpió secamente—. Yo te acompaño.

—No, tú sigue con ellos, yo volveré rápido.

—¿Segura?

—Ya te dije que sí.

Jizie rodó los ojos, pero se terminó entrando.

Caminé hasta el auto de mi papá con la idea de sentarme tranquila en la acera y pensar un rato con claridad. La realidad es que si divagaba demasiado sobre el tema me iba a mortificar, ¿cómo no pude darme cuenta de que eran familia? ¿Y sus apellidos? ¿Soy tan distraída? Era tan obvio, esas narices, ese cabello, incluso su color de piel, podían ser mellizos. Me sentía tan avergonzada por todo lo que había dicho cuando fuimos de compras con Phoebe.

Resoplé en voz alta cuando logré llegar al auto, me senté sobre el pavimento y recosté mi cabeza de la puerta. Hacía frío, pero noté que cuando exhalaba, un casi transparente humo blanquecino salía de mi boca; eso me gustaba, era divertido, así que comencé a inhalar y a exhalar varias veces para ver el humillo blanco aparecer y desaparecer frente a mí.

Como el humo del café, pero frío.

—Te vas a marear si sigues haciendo eso.

Me sobresalté sobre el pavimento, ese brusco movimiento lo sentí doloroso en mi vientre. La respiración se me trancó de inmediato cuando lo miré. Comencé a toser, el aire frío se había colado por donde no debía. De repente sentí una mano cálida sobre mi espalda, dio palmadas lentas pero precisas. Aun tosiendo volteé para encontrar su rostro muy cerca del mío, Jazon me sonrió con diversión mientras intentaba calmar mis ataques de tos.

Me obligué a mí misma para dejar de toser, o si no él notaría que aumentaban con su cercanía. Alejé a Jazon un poco con mis manos, insistiendo en sofocar la tos yo misma.

—Ya... estoy bien—tosí una última.

De pronto Jazon se sentó junto a mí, se recostó del auto también, y luego levantó su rostro hacia el cielo oscurecido, alumbrado por una que otra estrella rezagada.

Sólo se quedó ahí, en silencio sin decir una palabra.

—Gracias—dije en voz baja.

Comencé a juguetear con la manga restante de mi chaqueta en un intento por disipar los nervios. De repente Jazon ladeó la cabeza hacia mí y volvió a sonreírme. Aquella era una sonrisa divertida, pero también dulce.

—De nada. Parece que te gusta divertirte de formas extrañas—enarcó una ceja con la misma diversión.

Estreché mis ojos, el comentario no me había caído del todo mal, pero tampoco bien.

—Sí, bueno—respondí, volteando mi rostro—, tampoco grito a los cuatro vientos que soy infantil.

Se rió bajito.

—Ya, entendí el mensaje—esta vez se rió, fue una risa melódica—. Tu secreto está a salvo conmigo.



Beth P. Monasterio

Editado: 10.07.2019

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