Mucho más que esto

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Capítulo 8

Pasó una semana bastante tranquila comparada con el domingo pasado, a excepción de que comencé a hablar con Jazon casi todos los días. Descubrí que tenía un sentido del humor bastante divertido y relajado. Quizá hablábamos demasiado, pero con el pasar de los días, ese primer mensaje que llegaba a mi teléfono todas las mañanas se convirtió en un hábito. Sin embargo, en la universidad seguíamos siendo un par de extraños.

El siguiente domingo me desperté un poco tarde, eran las nueve cuando Jassy fue a mi habitación y se subió a mi cama para despertarme. Esa niña pesaba más de lo debido para sus siete años de edad. Entre canturreos la escuché hablar algo sobre ayudarla con sus tareas, entonces recordé que yo también tenía que hacer los deberes de la universidad.

Envié a Jassy por sus libros mientras bajé a desayunar. Cuando llegué a la cocina sólo me encontré con mi papá, estaba sirviendo el cereal y la leche dentro de un tazón. Luego buscó el jugo de naranja y lo puso a mi disposición sobre el mesón.

—Buenos días, dormilona. No me has contado nada sobre cómo van tus clases—comentó mi papá—. ¿Algo interesante?

—No mucho. Pero al parecer soy la más lista de mi grupo de amigos—contesté sonriente—. Si me lo preguntas eso es ser sobresaliente de algún modo.

Mi papá se echó a reír.

—Así la vida es muy sencilla—dijo él—. Sé que ha pasado una semana, ¿pero qué te sucedió el viernes pasado? ¿Por qué no entraste al McDonald con nosotros?

—Ah, sí. Es que tenía mi periodo. No me sentía bien, así que me quedé a fuera.

—Sam, afuera hacía frío—mi papá se echó a reír, pero no me creía.

—Sí, bueno, sabes que me gusta el frío.

Se me quedó mirando fijamente por un momento, como que divagando entre dejarme tranquila o seguir insistiendo.

—Bueno—suspiró y cambió de tema—. Por cierto, ¿ayudarás a Jassy con su tarea?

—Sí papá. De todas formas yo también tengo que hacer tarea.

—Yo la ayudaría, pero iré con James a comprar algunas cosas para el jardín de la casa—explicó mi papá, rodeando el mesón para salir de la cocina.

—¿El señor James? ¿Hablas del vecino? ¿El papá de Jizie?

—Sí, tienes claras referencias—se volvió a reír.

—¿Desde cuándo te interesa la jardinería? —dije, cambiando el tema.

Sonrió y se acercó para darme un beso sobre la coronilla.

—El domingo anterior Zoey y Jazon estuvieron aquí—dijo—, Zoey estuvo viendo el jardín, dice que necesita cariño.

—¿Para qué? —pregunté totalmente estupefacta—. Digo, sólo mamá usaba ese jardín.

Mi padre se quedó en silencio por un momento.

—En fin—contestó mi papá—. En la semana Zoey me llamó y me dijo que habían conseguido unas margaritas para comenzar. Recuerdo que a tu madre le gustaban mucho esas flores.

Sí, lo recordaba perfectamente. Mi madre tenía esa habilidad de darle vida y color a todo lo que tocaba, con las flores ella era tan experta como cualquier jardinera.

—Supongo que no le iría mal un cariño—murmuré.

Me levanté y fui a lavar el tazón con el vaso.

—Estaré esperándolos a fuera, vengo al rato.

—Adiós, papá.

Cuando cerré el grifo del agua, oí las pisadas aceleradas de Jassy bajar por las escaleras. Me volví hacia ella justo cuando entró con sus libros y colores sujetados incómodamente con sus manitas sobre su pecho.

—¿Lista? —pregunté.

—¡Lista!—me contestó emocionada.

A Jassy le gustaba que yo la ayudara con su tarea porque a pesar de no ser buena en la jardinería, contaba con una considerable habilidad para dibujar. Así que nos sentamos en la mesa del comedor, la dejé ahí por un momento mientras fui por mi laptop a mi habitación. Cuando llegué al comedor Jassy había comenzado a dibujar una princesa con tutú. Me senté a su lado y dibujé tan rápido como pude el castillo de diamantes que ella quería para su trabajo de arte libre.

Cuando terminé con el dibujo abrí mi portátil. De repente, revisando mi correo comencé a pensar en que Jazon no me había escrito esa mañana, los últimos días lo había hecho casi religiosamente cada mañana, pero no quería preocuparme. Intenté concentrarme en mi trabajo para Historia del arte.

Pasada casi una hora mi teléfono vibró sobre la mesa. Contesté rápidamente cuando vi que era mi papá quien llamaba.

—Amor, vamos camino a la casa, necesito que prepares un poco de limonada—me avisó papá.

Fruncí el ceño.

—¿Limonada para qué? —pregunté.



Beth P. Monasterio

Editado: 10.07.2019

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