Muchos nenes para un solo trompo

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Muchos nenes para un solo trompo

Imagino que mucho de ustedes tendrán el mismo complejo que yo. Alguna vez les han preguntado:

—Silva. Vos sos Silva, ¿el de la guía?

—Sí, el que lo encontrás entre la página 877 y la 882. ¡‘ta que lo parió!

 

Y es como ser Juan Pérez, Julio Rodríguez, Carlos Silva, solo alguien con esa clase de nombre podría llegar a entender lo que se sufre con nuestro apellido con el que hay que hacer esfuerzos sobrehumanos para que te identifiquen y te puedan reconocer en el futuro.

En mi primer trabajo éramos nada más que tres Carlos E. Silva. Dos Enriques (para colmo) y un Eduardo. Y siempre las equivocaciones iban en contra de uno. Si se confundían los sobres del sueldo, por casualidad, te tocaba el del que cobraba menos (ingenuos, como si alguna vez se me pudiera pasar desapercibido tal detalle). Sin embargo si la confusión se generaba en la lista de descuentos siempre aparecían algunos extras (que a pesar de eso no desaparecían del recibo del que los originó).

Sin ir más lejos en mi niñez, en casa también fuimos tres Carlos Silva, dos Enriques y un Andrés. Sí, no digan nada, ya se lo que están pensando pero eso excede el alcance de este relato, en algún otro momento trataré de reflexionar y justificar el por qué un padre decide ponerle a todos sus hijos el mismo nombre. Ya que mi hermana también era Carla, mi tío de segundo nombre María, tenía como binomio el nombre Carlos, mi prima era Karla, si con “K” (de nuevo les pido silencio, no distraigan el correcto hilo de mi razonamiento con preguntas absurdas), la lista sigue, mi cuñada, mi concuñado, hasta creo que el perro de mi vecina se llamó durante algún tiempo Carlos.

Pero hay un pequeño detalle, al resto de los Carlos los salvaba un apellido distinguido o poco común; y ojo que siento el mayor de los respetos y orgullo por mis antepasados, pero bien que podrían haberse quedado con un apellido no tan común como Del Campo, si no hubiera sido por la Guerra Grande. Pero yo, yo siempre fui Carlos Silva. A secas. Cuando me preguntan mi nombre siento como que el interlocutor se queda esperando algo más, algo que me identifique del resto, algo…

Volviendo atrás unos años, en la casa de mis viejos, se imaginarán los inconvenientes a los que nos tuvimos que enfrentar por ser tres Carlos, sobre todo cuando los tres estábamos en edad de recibir llamados telefónicos. Los que llamaron alguna vez a casa lo han experimentado en carne propia. Nunca faltó un:

—¿Hola Carlos?

—Si …

—Boludo, te dije que me llamaras y ni te apareciste

—No es conmigo que querés hablar, es con mi hermano

—¡¿Como con tu hermano?!

—Si, yo soy el hermano mayor

—Y entonces, ¡¿para qué carajo me decis que sos Carlos?!

—…. ¿????

 

¿Qué contestarle? ¿Lo mando al carajo? ¿Les echo la culpa a mis viejos? O le digo que tiene razón, que somos todos unos boludos…

La genética hizo de las suyas para castigarme un poco más y le dio a mi hermano luego de su pubertad la misma voz que a mí. Eso llevó a que tuviera que enfrentar muchas conversaciones telefónicas del estilo:

—¿Hola, mi amor?

—Si… —en estos tiempos no estamos como para despreciar un “mi amor”, digamos que sí y ya veremos qué pasa.

—Anoche cuando te fuiste, quedé desvelada pensando en ti.

—Ahá —puta en que lío me metí, esta no es la voz de la oficial, que mal me habrá hecho la cerveza de anoche, y ahora ¿cómo la arreglo?

—Ay Pupy, no sabés como te extrañé. ¿Qué hiciste después de irte de casa?

—Estee … —si no es mi novia y digo que soy yo quedo como un pelotudo, si es y digo que me confundió con mi hermano tengo que explicar hasta diciembre porque respondí sí a un “mi amor” que no era para mí— … mirá, no, mi hermano salió, ahora te tengo que dejar, hasta luego.

—Pero … tuuu, tuuu, tuuu

 

A veces no había más remedio que una huida rápida y segura. Aunque más de una vez mi pobre hermano se comió una buena lluvia de desparpajos en mi nombre.

Y si la llamada era para mí. Ahí entra mi vieja o mi hermana en el laberinto de preguntas al desgraciado que se atrevió a llamar a casa.



Carlos Silva Cardozo

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En el texto hay: adolescencia, familia, nombres

Editado: 01.06.2019

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