Mujeres Enamoradas

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CAPÍTULO X ''EL CUADERNO DE APUNTES''

Una mañana, las dos hermanas estaban dibujando en la orilla más alejada del lago de Willey Water. Gudrun, chapoteando en el agua, había llegado a un islote cubierto de guijarros y, sentada al modo de los budistas, miraba fijamente las plantas acuáticas que se alzaban lujuriantes en el barro de la orilla. Gudrun veía barro suave, rezumante y aguado barro, de cuyo fecundo frescor se alzaban las plantas acuáticas, gruesas, frescas y carnosas, rectas y turgentes, proyectando sus hojas horizontalmente, y con colores oscuros y vitales, verde oscuro, con manchas de un negro purpúreo y broncíneo. Pero Gudrun sentía la turgente y carnosa estructura, en una visión sensual, y sabía el modo en que aquellas plantas surgían del barro, y sabía el modo en que ramificaban su cuerpo, el modo en que se alzaban rígidas y lujuriantes en el aire. Úrsula contemplaba las mariposas, que las había a docenas en las inmediaciones del agua, las menudas mariposas azules que salían bruscamente de la nada para penetrar en una vida preciosa, una vida como una joya; la gran mariposa negra y roja posada sobre una flor, y alentando con sus suaves alas, alentando embriagadoramente, alentando pura y etérea luz del sol; las dos mariposas blancas que se debatían en el aire bajo, con una aureola alrededor, y cuando se acercaron a Úrsula ésta vio que las puntas de las alas tenían color anaranjado y que era ese color lo que les confería aquella aureola. Úrsula se levantó y se alejó inconscientemente, como las mariposas. Gudrun, absorta en un estupor de aprehensión de las plantas acuáticas alzándose hacia el cielo, se quedó sentada, con la espalda encorvada, en el islote, dibujando, sin levantar la vista durante largo rato, y mirando luego inconscientemente, absorta, los rígidos, desnudos y lujuriantes tallos. Iba descalza, y había dejado el sombrero en la orilla, frente a ella. El sonido de remos en el agua la sacó de su trance. Miró alrededor. Vio una barquichuela, con una sombrilla japonesa de vívidos colores, y un hombre vestido de blanco, remando. La mujer con la sombrilla era Hermione, y el hombre era Gerald. Gudrun se dio cuenta al instante. Y seguidamente, fue presa de un agudo estremecimiento de anticipación, de una vibración eléctrica en las venas, intensa, mucho más intensa que aquella que siempre zumbaba sordamente en el ambiente de Beldover. Gerald era, para Gudrun, el punto por el que huir del pesado ataque de los mineros subterráneos y automáticos. Gerald salía del barro. Era dueño de sí. Gudrun se fijó en la espalda de Gerald, en el movimiento de sus lomos cubiertos de blanco. Pero, en realidad, no se fijó en eso, sino en la blancura que Gerald parecía llevar en sí en el momento en que, al remar, se inclinaba al frente. Parecía inclinarse en busca de algo. Su aire esplendente y blanquecino semejaba la electricidad del cielo. La voz de Hermione, flotando clara y distinta en el aire, sobre el agua, llegó a los oídos de Gudrun: —Mira, ahí está Gudrun. Vayamos a hablar con ella, ¿te parece? Gerald alzó la vista y vio a la muchacha en pie, junto al agua, mirándole. Orientó la barca hacia ella, magnéticamente, sin pensar siquiera. En el mundo de Gerald, en su mundo consciente, Gudrun no significaba nada todavía. A Gerald le constaba que Hermione se complacía en prescindir de todo género de diferencias sociales, por lo menos aparentemente, por lo que dejó que fuera ella quien llevara la iniciativa. Hermione, utilizando el nombre de pila, lo cual era moda, canturreó: —¿Cómo estás, Gudrun? ¿Qué haces? —¿Qué tal, Hermione? Estaba dibujando. La barca se acercó hasta tocar fondo con la quilla. —¿De veras? ¿Podemos ver lo que dibujabas? Tengo muchas ganas de verlo. Era inútil ofrecer resistencia a la deliberada voluntad de Hermione. Con desgana, Gudrun, a quien no gustaba mostrar las obras cuando estaban inacabadas, repuso: —La verdad es que el dibujo no tiene interés alguno. —¿No? Anda, deja que lo vea. Gudrun alargó el brazo con el cuaderno de apuntes en la mano, y Gerald inclinó el cuerpo fuera de la borda, para cogerlo. Y, en el momento de hacerlo, recordó las últimas palabras que Gudrun le había dirigido, y recordó la cara de Gudrun alzada hacia él, montado en la inquieta yegua. Sintió en los nervios una intensificación del orgullo, por cuanto comprendió que, en cierto modo, Gudrun se sentía fuertemente atraída hacia él. El intercambio de sentimientos entre los dos era fuerte y totalmente ajeno a sus respectivas conciencias. Como en un trance mágico, Gudrun tuvo conciencia del cuerpo de Gerald, acercándose a ella, como un fuego de San Telmo, y de la mano dirigiéndose también hacia ella, rectamente, como un tallo. La voluptuosa y aguda aprehensión de Gerald debilitó la sangre en las venas de Gudrun, y dejó su mente oscurecida e inconsciente. Y Gerald se balanceaba perfectamente sobre el agua, con el balanceo de las fosforescencias. Gerald miró alrededor de la barca. Se estaba apartando un poco de la orilla. Levantó el remo para volver a acercarla. Y el exquisito placer de detener lentamente la barca, en el agua densa y suave, fue total, como una pérdida del conocimiento. Mirando inquisitivamente las plantas en la orilla y comparándolas con el dibujo de Gudrun, Hermione dijo: —Es esto lo que has dibujado. Gudrun miró el lugar que el largo y afilado dedo de Hermione indicaba. Ésta, sintiendo la necesidad de que confirmaran sus palabras, repitió: —Es esto, ¿verdad? Automáticamente, sin prestar atención, Gudrun repuso: —Sí. Gerald se inclinó hacia el cuaderno y dijo: —Déjame ver. Hermione no le hizo caso. Gerald no podía emitir opiniones antes de que ella hubiera terminado. Pero la voluntad de Gerald era tan inquebrantable y recia como la de Hermione, por lo que siguió inclinándose al frente, hasta llegar a tocar el cuaderno con la mano. Sin que Hermione lo quisiera, una sensación de sobresalto, una pequeña tormenta de repulsión hacia Gerald estremeció su cuerpo. Hermione soltó el cuaderno antes de que Gerald lo tuviera bien cogido con la mano. El cuaderno cayó en la borda, y, de rebote, fue a parar al agua. Con extraños ecos de malévola victoria en la voz, Hermione entonó: —¡Ahí va! Lo lamento, lo lamento infinitamente. ¿Puedes recuperarlo, Gerald? Estas últimas palabras fueron pronunciadas en un tono de burlona ansiedad que tuvo la virtud de que un sutil odio hacia ella estremeciera la sangre de Gerald. Se inclinó cuanto pudo sobre la borda, acercando la mano al agua. Se daba clara cuenta de que su posición era ridícula. Oyó la voz clara y resonante de Gudrun: —No tiene importancia. Gerald tuvo la impresión de que Gudrun le tocara. Se inclinó todavía más, y la barca se balanceó violentamente. A pesar de ello, Hermione siguió imperturbable. Gerald cogió el cuaderno, sumergido en el agua, y lo sacó chorreando. Hermione repitió: —Lo siento terriblemente, terriblemente. Me parece que ha sido mi culpa. Gudrun, en voz muy alta, con énfasis, intensamente sonrojada la cara, dijo: —Te aseguro que no tiene importancia. Y alargó la mano, impaciente, para coger el cuaderno y terminar de una vez aquella escena. Gerald se lo entregó, levemente alterado. Hermione siguió repitiendo «Lo siento terriblemente» hasta exasperar a Gerald y a Gudrun. Por fin, Hermione preguntó: —¿Y no se puede remediar? Con fría ironía, Gudrun preguntó: —¿Remediar qué? —¿No es posible salvar los dibujos? Hubo una pausa, durante la cual Gudrun dejó que se advirtiera con toda evidencia la hostilidad que en ella despertaba la insistencia de Hermione. Luego, con cortante claridad, Gudrun dijo: —Te aseguro que, para mí, estos dibujos tienen ahora la misma utilidad que tenían antes. Sólo los quería como referencia. —¿Y no puedo regalarte otro cuaderno? Deja que te regale otro cuaderno. Lo lamento muy de veras. Yo he tenido la culpa, toda la culpa. Gudrun dijo: —Por lo que he visto, no tienes nada que reprocharte. Si alguien ha tenido la culpa, ese alguien ha sido mister Crich. Pero lo ocurrido carece de importancia, es absolutamente trivial y me parece ridículo que hablemos de ello. Gerald observó atentamente a Gudrun, mientras ésta reprendía a Hermione. Advirtió que en Gudrun se daba un temple frío y poderoso. Gerald la veía con una penetración reveladora. Advirtió que había en ella un espíritu peligroso y hostil, invencible, indomable. Un espíritu soberano, y, además, dotado de gesto perfecto. Gerald dijo: —En fin, me alegro de que carezca de importancia, de que no le haya causado ningún daño. Gudrun le miró, con sus azules ojos, y entró en plena comunicación con el espíritu de Gerald, al decirle con voz en la que había ecos de intimidad casi acariciante, que a él iba dirigida: —Naturalmente, no tiene la menor importancia. Gracias a esa mirada, esos ecos en la voz, quedó establecido el vínculo entre los dos. Mediante el tono de su voz, Gudrun dio a entender claramente que los dos, ella y él, pertenecían a una misma clase de seres, que entre los dos formaban algo parecido a una diabólica masonería. A partir de ese momento, Gudrun supo que tenía poder sobre Gerald. Fuera cual fuese el lugar en que se encontrasen, estarían secretamente asociados. Y Gerald quedaría reducido a nada en aquella asociación con ella. El alma de Gudrun exultaba de gozo. Hermione se despidió canturreando: —¡Adiós! Estoy muy contenta de que me hayas perdonado. ¡Adiós! Y agitó la mano en el aire. Automáticamente, Gerald cogió el remo y apartó la barca de la orilla. Pero en todo momento estuvo mirando, con destellante y sutilmente sonriente expresión en sus ojos, a Gudrun, la cual se encontraba de pie, en el islote, sacudiendo su cuaderno mojado. Gudrun dio media vuelta sobre sí misma, olvidándose de la barca que se alejaba. Pero Gerald, mientras remaba, volvió la vista atrás, para mirar a Gudrun, olvidándose de lo que estaba haciendo. Hermione, sentada bajo la colorida sombrilla, sin que Gerald le prestara atención, canturreó: —¿No crees que nos estamos desviando mucho hacia la izquierda? Sin contestar, Gerald miró alrededor, teniendo los remos quietos, fuera del agua, reluciendo al sol. Con buen humor, Gerald repuso: —Creo que vamos bien. Y volvió a remar, sin fijarse en lo que hacía. Hermione, al percatarse de la bienhumorada negligencia de Gerald, sintió profunda antipatía hacia él. Había quedado anulada y jamás podría recuperar su anterior ascendencia.



Jocely Javier

#12445 en Novela romántica

En el texto hay: amor complicado

Editado: 16.08.2018

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