Mundo Animano

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Capítulo 5

Lea había logrado aterrizar en el suelo del reino Inu hincada sobre sus pies, tuvo que apoyar sus manos hacia delante tras perder el equilibrio cuando cayó del árbol de framzano. Aprovechó la posición de sus manos en el suelo para ponerse de pie con un empuje.

Ella suspira aliviada de librarse de los súbditos de la reina Uma.

-Bienvenida al reino Inu, la especie perruna-dijo Kenta con ironía.

Ambos voltearon a mirar hacia el otro lado del precipicio, los linces que los perseguían se detuvieron casi al borde del territorio felino. Lea de pie y Kenta sentado en el suelo en forma perezosa.

Los felinos gruñían molestos al no poder seguir cumpliendo con la orden de la reina Uma, cruzar la frontera sin un permiso legal traería problemas al reino Klaue, además al ser leales a Uma la responsabilidad recaería en la reina tigre.

A regañadientes volvieron al interior de la selva para regresar con Uma a transmitirle su informe.

Kenta se levantó cuando los linces empezaron a alejarse del precipicio. Se sacudió la tierra, las ramas y las hojas sueltas de los pantalones y se estiró para desperezarse.

Lea solo miraba sin saber qué hacer o decir. Se había librado de ser una prisionera, lo que en el fondo la marcó, pero seguía siendo una fugitiva y todavía no le encontraba sentido haber sido transportada por ese viejo pozo. Aún estaba abrumada por estar sola en un lugar que no conocía, nunca había estado tan alejada de la mansión o de la cabaña de sus padres ni siquiera se adentró al bosque de rosales y manzanos.

Kenta sentía tener la consciencia más limpia, después de haber ayudado a escapar a Lea, cuando el prisionero por inmigración no autorizada debió haber sido él. Sin embargo, recordó que ella no conocía las reglas de ese mundo ni tampoco leer un mapa.

Él se acercó a Lea manteniendo una pequeña distancia entre los dos para evitar ser escuchados por algún perro guardián.

La joven humana terrestre pensó que se separarían de nuevo y volvería a quedarse sola en las afueras del reino Inu buscando por su cuenta la forma de regresar a la Tierra.

-Oye, ¿Lea, verdad?-dice Kenta asegurándose que le prestaba atención y de pronunciar bien su nombre, ella asiente dándole a entender que lo escuchaba-será mejor hallar un escondite donde no se detecte nuestro olor.

Lea asiente pensando que sería por separado. Se mueve hacia el interior a ciegas, Kenta la detiene.

-¿A dónde vas?-pregunta Kenta sin tener idea por qué Lea comenzó a moverse sola antes de continuar con su idea de esconderse.

-Dijiste que debíamos escondernos, pensé que sería por separado-le contestó la joven terrícola.

Él enarca una ceja, sorprendido y luego frunce el ceño.

-¿Por qué pensaste eso? ¿Ves bien durante la noche?-preguntó Kenta con recelo, ella niega- ¿Conoces este lugar?

Vuelve a negar.

-¿Entonces?-siguió preguntándole.

-Solo creí que como ahora ya no nos persiguen esos hombres con apariencia gatuna, me dejarías sola-dice con sinceridad Lea algo triste-además ya me has ayudado mucho y aún no te he devuelto el favor.

Kenta comprendía sus dudas, pues ya no había nada pendiente entre ellos.

-No creo que haya algo que me puedas ofrecer como para pagarme el favor-dijo Kenta-puedes tomar este favor como una disculpa porque de alguna forma es mi culpa que te encarcelaran en mi lugar. Y no tengo problema en compartir el escondite por esta vez hasta la mañana.

Ella asiente y suspira aliviada de no estar sola esa noche.

Con cuidado de hacer algún ruido o ser olfateados por algún perro sabueso, Kenta buscó un escondite mientras ayudaba a Lea a evitar tropezar en la oscuridad de la noche que se había vuelto más oscura al ser cubierto el cielo de nubes negras.

Caminan un par de horas o algo más, hasta encontrar un pequeño espacio entre unos matorrales florales y unos árboles frutales de diferentes especies, 6 flores y 3 árboles. Kenta pudo distinguir el aroma de un Narciso de otoño, una Azucena, un Jacinto, una Azalea y un Cyclamen de las flores y de los árboles detectó cacao dulce, cerezos y paltos, todas tóxicas para los caninos, es decir, la especie lobo, la especie zorro y la especie perro.

Él dudaba si quedarse en ese lugar, pues no quería estar cerca de las plantas tóxicas pero sería un buen lugar donde esconderse.

Lea entendía por qué dudaba tanto, ya que ella sentía el apestoso aroma de las flores pero solo las encontró familiares. No podía ver las frutas de los árboles, solo el contorno de estos tres.

-¿Qué sucede, cuál es el problema?-pregunta curiosa ella.

Kenta suspira algo cansado.

-No sé si es seguro permanecer cerca de esas plantas, aunque los perros esos lo pensarían más de dos veces antes de buscar por aquí-dijo comentando sus dudas en cuanto al posible escondite.

Lea inclina la cabeza sin entender mucho.

-¿Qué hay con esas plantas?-Le pregunta de nuevo Lea.

Él rechina los dientes con fastidio.

-Son tóxicas para mi especie, al menos si las ingieres-le responde tapándose la nariz algo asqueado por el olor de las flores.

-Si quieres podemos buscar otro lugar-sugiere Lea con un pequeño bostezo que se le había escapado.

Los agudos oídos de Kenta escucharon claramente el bostezo de Lea.

Él sacude la cabeza en negación.

-No, nos quedaremos aquí,es un buen lugar para esconderse-dijo Kenta decidido-creo también haber oído un arroyo cerca.

Tras los matorrales encontraron un espacio de poca maleza donde podrían dormir y hacer una fogata para calentarse y comer lo que pillaran por los alrededores de las plantas tóxicas.

Sentados en el suelo el silencio rondaba entre ellos. Era un silencio incómodo y cortante, pues no sabían que decir.

Kenta no estaba acostumbrado a la compañía y menos de una chica desconocida. Él permanecía en el suelo echado sobre el tronco de un árbol de cacao. Movía las orejas por el más leve sonido que lograba percibir, la respiración de Lea, el movimiento de las hojas y ramas contra el viento, un arroyo un poco más lejano, hasta las chispas de la fogata chocando y explosionando pasaban por sus agudos oídos.



Z4r1s4

Editado: 16.06.2019

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