Mundo de Dios

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II

Con pocas cosas, una linterna, unos alimentos en conserva y una botella vacía, decidí salir de mi ciudad para buscar sobrevivientes, o al menos algún ser vivo tras el violento cataclismo. Aunque era algo improbable que hubiere alguien con vida, no perdía las esperanzas.

Se podían observar, como el día y la noche, eran muy diferentes. No amanecía con sol radiante, sino con nubosidad, una nubosidad media amarilla con tintes oscuros, como si la luz no pudiera pasar o simplemente el mundo estaba precisamente muriendo. La noche era mucho peor, el frío era intenso y ni siquiera el fuego era capaz de generar calor.

Pasaban los días y veía a la distancia como los campos y los bosques estaban muertos. Plantas y animales fenecidos, como si algo los hubiera matado de un ataque. En medio de una ruinosa carretera, algunas estaciones de bencina abandonadas, automóviles abandonados, incluso vehículos de policía y militares, todo estaba ahí, sin usar, sin funcionar. Y yo como tonto pensando si poder hacer funcionar alguno de esos vehículos para poder transportarme más rápido, ¡qué ridículo! Si no había bencina, con menor razón iba a poder conducir.

Aun así, aproveché de sacar provisiones, pilas, y también armas de los vehículos de policía y también de los vehículos militares, para defenderme de las fieras o de cualquier cosa que representara un peligro, aunque era algo difícil porque el mundo estaba muerto, pero daba igual, no perdía nada con ser precavido, total era el único sobreviviente del cataclismo, o quizá, el último ser humano con vida en el mundo.

En medio de la ruinosa carretera, llegué a una plaza de peaje. Estaba abandonada y derruida. Eché un vistazo por si encontraba algún mapa para guiarme. En eso divisé a lo lejos una cerca abierta que conducía a un enorme bosque. Decidí entrar para explorar.

Cuando me adentré en el bosque, comenzó a oscurecer. Prendí mi linterna y la utilicé de mira junto a la escopeta que tomé del vehículo policial. Se escucharon unos ladridos, yo los interpreté como gritos y me asusté. Pensé que se trataría de alguna fiera y comencé a apuntar hacia todos lados.

Luego de dar algunos pasos asustado y con arma en mano apuntando a lo bonzo, un ladrido me asustó y apunté al lugar. Luego bajé el arma al ver que había un perro ladrando muy asustado y atado a un árbol. Parecía desnutrido, tenía un pelaje medio amarillo, pero desteñido y estaba muy asustado, probablemente por el abandono provocado por el cataclismo de ayer.

No podía abandonarlo aquí, por fin había encontrado un ser vivo además de mí, por lo que me dispuse a liberarlo. Sin embargo, el perro, al ver que intentaba soltar la amarra, me mordió al instante. Tuve que alejarme, me percaté de que tenía heridas por maltrato. Probablemente su amo lo había maltratado mucho y por eso estaba traumado, razón de por qué intentó morderme.

Se me ocurrió una idea. Saqué una galleta que había tomado de la cafetería de una estación de bencina abandonada y se la ofrecí al animal. El perro, al principio, no quería acercarse a comerla, pero de a poco, y a medida que me alejaba para darle espacio, comenzó a acercarse, hasta que al final se la comió entera. Me empezó a ladrar, pidiéndome más. Le di otra galleta y se la comió de inmediato. Me empecé a acercar al perro y en forma sorpresiva, agachó la cabeza para que le hiciera cariño. Le hice cariño y el perro se sintió a gusto. No lo podía creer, lo había conseguido, ganarme la confianza de un animal, nunca en mi vida había hecho semejante cosa, ni siquiera cuando vivía en normalidad, antes de que pasara todo esto, de hecho, nunca había tenido un animal al lado, pero en estas circunstancias, la compañía de un perro era muy importante, ahora ya no me sentía solo.

Luego de desatar al animal, este se unió a mí, así que volvimos a la plaza de peaje, encontramos una camioneta. Tenía algo de combustible, esto bastaba para llevarnos a algún poblado cercano y buscar combustible, víveres, munición y tal vez, más sobrevivientes. Pero al menos cuento con la compañía de este simpático perrito que rescaté de la soledad de un bosque oscuro. ¡Ah por cierto! Lo bauticé con el nombre de Luc, no se por qué lo llamé así, solo se me ocurrió ese nombre.

Y así Luc y yo seguimos adelante... recorriendo este mundo desahuciado e inhóspito, en busca de sobrevivientes... de este, Mundo de Dios.

 

 



Arrebol

Editado: 26.10.2019

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