Mundo de Dios

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XII

Un potente rugido sonó a la distancia. Eran las fieras salvajes, contadas por miles, quienes se dirigían hacia nuestra posición, preparadas para enfrentarse a nosotros.

La batalla final había dado inicio y rápidamente apuntamos nuestros rifles hacia ellos.

 

— ¡FUEGO! —Gritó el comandante Cáceres.

Y de inmediato disparamos nuestras armas contra la legión de fieras, además de ametralladoras fijas y bazukas, que bombardearon a todos los monstruos, calcinándolos o simplemente matándolos acribillados a balazos.

Sin embargo, a pesar del esfuerzo nuestro y de los militares por hacer retroceder al enorme ejército de salvajes, estos seguían avanzando, hasta tal punto que lograron hacer contacto con la muralla de contención, golpeándola sin cesar, con el fin de dañarla y hacerla caer para entrar a la base. En forma automática, los soldados de Cáceres se colocaron cerca de la muralla para masacrar a los monstruos con las ametralladoras y mientras el comandante y su plana seguían dando órdenes de reforzar el cerco defensivo, mis amigos y yo fuimos hacia dicho cerco para reforzar a los soldados e impedir que las fieras escalaran la muralla para entrar a la base.

 

— ¡Rayos! ¡Estos monstruos están hambrientos de muerte! —Exclamaba Marco.

— ¡Es cierto! ¿Cómo vamos a detenerlos si son tantos? —Preguntaba Fran.

— ¡No pierdan el ánimo ahora chicos! ¡Recuerden que estamos aquí para ayudar a los soldados! —Afirmaba Dani.

— ¡Dani tiene razón! —Afirmé—. Aunque sean demasiados no nos rendiremos, les debemos la vida a estos militares.

— Ah, viejo, ¿eso lo dices por ellos o porque sigues enamorado de Dani? —Preguntó chistoso Luis.

— ¡Idiota, no preguntes tonterías! —Exclamó furiosa y nerviosa Dani.

— ¡Cuidado Dani! —Interviene Marco, salvando a Dani de una fiera salvaje.

— ¡Estuvo cerca! —Exclamó aliviado Marco.

— Dani, ¿estás bien? —Pregunté preocupado.

— ¡Sí, estoy bien! —Afirmó ella.

— ¡Gracias viejo, te debo una! —Agradecí el acto de valor de Marco.

— No es nada, lo que sea por los amigos. —Decía el militar.

— ¡Oye! ¿Por qué la salvas a ella y no a mí? —Preguntaba celosa Vane.

—Oye, parece que a tu chica no le agradó que salvaras a la novia de Juan —Decía Luis.

— ¿Qué? —Se preguntó atónito Marco.

— ¡DEJA DE DECIR IDIOTECES! —Gritamos Dani y yo a Luis.

— ¡Oigan! ¡No se queden ahí parados! ¡Necesitamos ayuda! —Gritaba uno de los militares.

— De acuerdo, esto es lo que haremos. Fran, Vane y Luis irán al extremo izquierdo y reforzarán a los soldados de ese punto de la muralla. Marco, Dani y yo reforzaremos el extremo derecho. —Explicaba.

— Juan, considera la posibilidad de que esta muralla podría ceder en cualquier momento. —Decía Marco.

— Correremos el riesgo. —Dije.

Así se ejecutó el plan. Vane, Luis y Fran fueron al extremo izquierdo y con una enorme ametralladora fija comenzaron a masacrar a balazos al grueso de fieras salvajes que seguían apareciendo como plagas en ese punto del perímetro, mientras que Marco, Dani y yo pasamos al otro extremo, pero con bazukas disparando hacia los monstruos, ya que la otra ametralladora fija estaba dañada e inutilizable, lo que complicaba más el panorama.

El tiempo transcurría y la legión de fieras seguía presionando, a tal punto que la muralla ya comenzaba a presentar fisuras superficiales, cosa que preocupaba al comandante Cáceres.

 

— La muralla no resistirá mucho tiempo, señor. —Decía uno de sus soldados.

— ¡Ya lo sé! —Exclamaba con tono furioso Cáceres—. No queda de otra, debemos prepararnos para lo peor. —Dijo de pronto.

Mientras, Dani, Marco y yo, estábamos buscando una manera para arremeter contra los miles de monstruos que seguían llegando hasta acá. Conseguimos dos bazucas gigantes, de dos cohetes cada una y tres cajas de cohetes con las cuales volar en mil pedazos a estos infelices y atraer la atención de los que se encontraban en el centro mismo presionando la debilitada muralla, que ya estaba por derrumbarse casi como el muro de Berlín.



Arrebol

Editado: 26.10.2019

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