Muñecas De Cristal

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Capitulo veinte (2)

Emile 
Brooklyn abrió los ojos de par en par, horrorizada, al darse cuenta de que él no se había derrumbado según lo planeado. 
—Jonathan, lo siento. No fue mi intención 
—Cállate —gruñe él, escupiendo al hablar. 
Me cuesta respirar y siento que me ahogo. Los nerviosos me están atacando . Observo a Molly que permanece callada sin decir una palabra, pero observo sus manos y están temblando. 
Unas lágrimas recorren mis mejillas, cuando me doy cuenta que no me iré a casa con Lulú. 
—No, no me hagas daño 
—Yo no hago daño Brooklyn, pero esta vez si lo haré contigo 
Al escuchar su voz me hizo estremecer. Él la toma del brazo y da unos pequeños pasos hasta llegar a una alfombra gruesa que se encuentra en la sala, haciendo que este la mueva, quedando al descubrimiento una pequeña puerta de madera. 
—No, déjame. Por favor, hazme de todo, pero por favor ahí no. 
Brooklyn suplica intentando tirarse al suelo, pero no lo consigue, pues este la toma con más fuerza. Él se agacha para abrir esa misteriosa puerta, haciendo que Molly se acerque a mi, y me tome de la mano. En ese momento pienso que ese lugar es una especie de habitación de sufrimiento. Jonathan la obliga entrar con una patada en el estómago haciendo que Brooklyn quede vulnerable ante la situación. 
Al entrar a ese sótano, escuchamos a Jonathan cerrar la puerta con seguro. A los pocos momentos cuando escuchamos  los gritos y lloriqueos de Brooklyn. Molly se va a la habitación de nosotras dejando los platos en la mesa. 
Voy detrás de ella, para saber que es lo que esta pasando, entra a la habitación y empieza a caminar de un lado a otro, comiéndose las uñas de los dedos de sus manos. 
—¿Qué es esa habitación? —pregunte frunciendo el ceño. 
—Es una habitación oscura. Por eso debes comportarte —ella se detiene y responde con los brazos cruzados. 
—¿La mataran? —pregunte con nerviosos. 
—Quizás no. Ella es la favorita de unos de los  clientes importantes. No les conviene matarla —dice ella.

Brooklyn 
—Déjame. Fue sin quererlo —suplico. 
—¡Cállate maldita perra! —grita, escupiendo al hablar. 
Da media vuelta y observo una correa de cuero en sus manos. 
—No, no. No lo volveré a hacer —dije pero él ignora cada palabra que digo. 
—Quítate la ropa —ordena, quitándose la faja del pantalón. 
Agacho mi cabeza, y empiezo a desvestirme hasta quedar en ropa interior. 
—Ven para acá —toma mi brazo y me hace hincar. 
Un frío recorre mi cuerpo haciendo que este empiece a temblar, siento una gran impotencia cuando él se acerca a colocarme la correa en el cuello. Mi respiración es agitada, y mi desesperación me hace que muerda su brazo, pero él reacciona al instante haciendo que me dé una cachetada que resonó toda la habitación y un quejido de dolor salió de mi interior. 
Él agarra mis manos y me los coloca hacia atrás y siento algo helado en ellas, y me percato que son esposas. 
—Déjame Jonathan. Yo te amo, haré lo que me pidas —intento convencerlo pero es de balde. Él no me dejará libre. 
Se levanta, y empiezo a llorar cuando fijo mi mirada a una mordaza que se encuentra de la mesa. 
—Jonathan, dame una oportunidad. Te prometo que haré todo lo que me pidas —dije entre lagrimas. 
—Calla pequeña. Esto no dolerá —dice tomando la mordaza y acercándose a mi. 
—Mira, haré todo, todo lo que Vuitton y tú me digan. Lo prometo —digo con los mocos salidos. 
—¡¿Qué parte de callarte, no entiendes?! —grita para luego escupir mi cara, haciendo que lloré en silencio. 
Él coloca la mordaza en mi boca, haciendo que esto me impida hablar. 
—Ahora eres una perra —susurre con voz burlona —Ahora comerás y cagaras como la perra que eres —dice suavizando mi cabello, y con una sonrisa en su rostro. 
Con solo verlo me causa náuseas, no podía creer que él me iba a torturar de esa manera, él se levanta y lleva consigo un látigo, abro mis ojos en par en par. Quiero gritar pero la mordaza me lo impide, mi cuerpo comenzó a poner helado cuando sentí el primer latigazo en mi espalda, haciendo que me retuerza del dolor. 
Grito, pero mi voz no sale, es imposible pedir ayuda. 
Los latigazos siguen sin par y resuenan en toda la habitación, haciendo que me arda la espalda, lloro en silencio y le suplico a Dios que lleve con él.  El olor metálico de la sangre en mi espalda me provocan arcadas.

Él se detiene, da unos pasos hasta llegar a la puerta, voltea y me observa para terminar con una sonrisa en sus labios, con solo ver que disfruta mi sufrimiento, lo odio cada vez más,  empiezo a gritar en silencio, las heridas en mi cuerpo me arden. Me coloco en una posición fetal, cuando él toma una cobija que se encuentra en la mesa, y me la tira encima, pero eso hace que la cobija se pegue en las heridas llenas de sangre. 
Él nuevamente sonríe, y se marcha, dejándome sola, en la oscuridad.

Emile 
—Escucha, creo que Jonathan dejó libre a Brooklyn —dice Molly acercándose a la puerta. 
—¿Qué? —pregunte confundida. 
—Escucho ruido en la cocina —dice acercándose a mi—Vamos —me toma de la mano. 
Cuando llegamos a la cocina observamos a Jonathan lavándose las manos en el fregadero, y notamos que están llenas de sangre, al ver eso mis ojos se vuelven vidriosos.

—¿Has dejado a Brooklyn libre? —pregunta Molly detrás de mi. 
Rápido fijo mi mirada a la sala, buscando la puerta secreta, pero me percato que esta tapada con la alfombra roja. 
—¿Has dejado a Brooklyn libre? —vuelve a preguntar Molly, pero esta vez con voz fuerte. 
Luego de unos minutos de silencio, Jonathan apaga la llave del fregadero, se seca las manos con una toalla, da media vuelta y nos observa. 
—Es hora de dormir —dice él 
—¿Hora de dormir? —pregunte frunciendo el ceño.



Genesis Bonilla

Editado: 10.12.2019

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