Murmaider

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05: Uno y uno sirena mía, soy tu ondino y tú eres mi vida

—¿Era absoluta y completamente necesario?— Ariel preguntó por enésima ocasión mirando la amplia espalda marchar frente a él.

—Lo es.

—Se suponía que no sufriría— Con una mirada de cachorrito perdido el pelirrojo bateó sus pestañas dramáticamente intentando deshacer el nudo que ataba sus muñecas juntas.

—No está lo suficiente apretado para hacer daño.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

¿Es que el tipo no soportaba una pequeña broma?, después del incómodo momento de sentirse expuesto y vulnerable se habían puesto en marcha hacia la ciudad, el ambiente entre ellos era tan tenso como la cuerda y Ariel sentía el estómago contraerse por el estrés y la ansiedad de esperar a que el tipo volviese a atacarlo; odiaba ser derrotado y mucho más que eso mostrarse débil.

Sólo había intentado recuperar algo de su seguridad demostrándole que no era la clase de chico con la que se jugaba.

¿Quién pensaría que al robar el pequeño saco de monedas del otro se llevaría su cinturón con él?, ¿o que por casualidad se encontraran junto a un campo donde al menos una docena de mujeres cortaban flores y hierbas?

—No es como si hubiesen logrado ver mucho, la camisa y gabardina ocultaron la mayor parte además es lo suficiente decente como para sentirse, muy impresionante, no es para que estés enojado y mucho menos para atarme.

El pelirrojo pudo ver los magros músculos de la espalda tensarse.

—Si hubiese sido solo ese incidente lo hubiese pasado por alto, pero el ser golpeado en la cabeza con un cangrejo, perseguido por un par de ocas y acusado de ser un pervertido exhibicionista es... Has escalado demasiado pronto y por mi nombre, integridad y salud será mejor que mantengamos tus manos para ti mismo. Que.do.cla.ro...Ariel.

Ariel se encogió de hombros.

Bueno él solo había querido compensarlo, pero el tipo tenía mala suerte cada una de sus buenas acciones habían terminado de mal en peor, incluso el pobre Sebastián descansaba inconsciente con un chichón  en su cabeza. ¿Quién hubiese pensado que al intentar entretenerlo el cangrejo se iba a resbalar entre sus dedos y fuese a chocar contra la cabeza del señor amargado.

Las ocas parecían bastante sabrosas no creyó que se molestaran tanto al ser tomadas por el cuello...

—Escucha—El suspiro de pesar del pelinegro le hizo sentir ofendido, como si fuera un chiquillo revoltoso, bueno si era revoltoso pero ya tenía dieciséis.

—Una vez que lleguemos a las puertas te liberare y te pondrás la capucha, debemos pasar desapercibidos. Nos reuniremos con una persona que tiene información importante sin embargo el lugar no es particularmente agradable, en ningún momento debes separarte de mí, es una orden.

Los ojos esmeraldas se clavaron en los suyos sin dejar espacio a una respuesta altanera, contento de que pronto sería liberado Ariel asintió ahogando un bostezo intento que los ojos no se le cerraran; el no dormir lo volvía nervioso y ponía a su cuerpo a temblar, solo esperaba que una vez en el lugar "Ian" les diera la oportunidad de recuperar fuerzas. Estaba exhausto.

La ciudad no era la gran cosa, sin embargo la mezcolanza de olores y objetos le hicieron olvidar el cansancio. Su cuello no era lo suficiente flexible para observar en todas direcciones cuando atravesaron el ruidoso mercado, enormes cantidades de manos se extendían asegurando un montón de dones y placeres que podrías adquirir al comprarles lo que sostenían. Ariel se sintió tentado a esculcar entre sus prendas y repartir las monedas a cambio y lo hubiese logrado de no ser porque Ian lo arrastraba animándolo a continuar con una mano dominante sujetando su hombro para llevarlo por las calles adecuadas. Cada que hacia un indicio de detenerse Ian presionaba y la marcha se reanudaba o se volvía más rápida.

Ariel quería gritarle y pegarle, levantar la rodilla y sentir la satisfacción de estrellarla contra sus castañas. Sin embargo entendía la importancia de la misión, porque era parte de la propia, por fortuna el hombre se contentó con lo que le dijo y no hizo preguntas, aunque intuía que las tenía y las exigiría en un futuro cercano. Él haría lo mismo.

—Por aquí.

La mandíbula de Ariel cayó al notar a donde planeaba introducirlo: el callejón estaba repleto de basura que llegaba a sus talones, en los rincones oscuros ebrios e indigentes dormían la siesta. Las paredes estaban tan cubiertas de suciedad y grasa que tenían una película viscosa que atrapaba cualquier cosa que el viento arrastrara cerca como alguna clase de súper pegamento y el olor a orina parecía el menos desagradable. 



Belucarmer

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En el texto hay: sirenita

Editado: 01.09.2018

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