Murmaider

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06: Hechizos malignos que laringitis den

El puñal no era el arma más útil del mundo pero Ariel contó con menos en el pasado. En el calor del momento se deslizó a ras del suelo girando la muñeca limpiamente para cortarle el cuello a uno de los hombres, matar era matar, pero matar para sobrevivir aplicaba en cualquier reino, en el suyo y el ajeno.

Jadeando reprimió el grito de terror al notar que era Ian quien respiraba detrás, vigilándolo con movimientos avispados lograba, de a poco, empujarlos más cerca de la salida; lo que empezó como una cacería en su contra a cabo en una salvaje carnicería de un todos contra todos, las mesas y botellas salían despedidas por encima de las cabezas estrellándose contra el techo y las paredes.

—Y...— intentando llevar aire a sus pulmones el pelirrojo se tambaleo sujetándose de sus rodillas, dedicándole una maliciosa sonrisilla de duende al soldado.—¿Es siempre así de entretenido?

Ian se trago el gruñido apartando el cabello que se había deslizado sobre su frente, ceñudo.—Tú dímelo, los problemas aparecen apenas respiras...tal vez mejoraría si te dejo atrás, seguro en prisión.

Revisando su espada ya fuera del lugar, la información no le era útil, no tanto como a su reciente adición, poniéndolo en desventaja  tenía toda la intención de cambiar las cosas.

Ariel guardar su cuchillo apretando la boca.—¡pudriéndome en prisión!—sus ojos azules relucían con determinación e irá.—Nunca volveré a estar preso, prefiero morir y cortar mi aleta...

Ian enarco una ceja curioso y confundido, seriamente.—¿Aleta?

—Nada...¿ ahora qué?— balbuceando camino a su lado, subir una pendiente parecía extremadamente difícil y se sintió tentado a hacerlo enojar para que lo pateara hasta la cima, sin embargo ya tenía suficientes contusiones y moretones por hoy.

Los ojos de Ian destellaron clavándose en un edificio mediano de color crema con el dibujo de un conejo en el letrero que rezaba Kérux.

—Pasaremos la noche y veremos mañana...

Esta vez no obtuvo ningún intento de réplica del tritón.

***

El sonido de la espada al caer al mar apretó el corazón del príncipe, luchando por su vida siseó de dolor al clavarse los dedos de su enemigo alrededor de su cuello, apretando. Los dos cuerpos forcejearon luchando por el suelo, recogiendo el polvo del camino y suciedad.—¿Dónde está ella?—Eric rugió.

—No importa, es tarde para ella...y para ti príncipe, ¡ríndete ahora!—Los ojos enrojecidos tenían un brillo demencial ocultos bajo una sombra perpetua, Eric empujaba con todas sus fuerzas al tiempo que intentaba coger el pedazo de sol oculto entre los pliegues de su túnica; la moneda de canje por Ariel, la única cosa que sabía era lo suficientemente importante para conseguirla de vuelta.

—¿Por qué haces esto?—Jadeó entre gruñidos logrando liberarse una fracción de segundos para deslizar la mano cerca de las clavículas ajenas rozando con las yemas el pergamino, frustrándolo, una patada lo lanzó sobre su espalda golpeándolo en la boca del estomago. La quemazón del dolor se extendió por todo su cuerpo y se atraganto con tos ronca.

—Oh Eric, Eric...

El hombre se irguió sobre su cuerpo, mirándolo desde arriba, la túnica se agitaba violentamente alrededor de sus pies como si contara con vida propia, intentando escapar de la luz.

—Por la misma razón que tu...al menos así era...—La voz rasposa se arrastró hasta los oídos del pretendiente de la sirena helándolo hasta los huesos, por instinto busco algún arma, y girándose sobre sus rodillas en un esfuerzo por ponerse en pie lanzándose a un lado antes de que un rayo lo atravesara y dejará un rastro negro en el suelo. —¡No estoy tan seguro de ello!, Ariel no ha hecho nada malo...

—Entrometerse en mi camino, piénsalo como un daño colateral...mala suerte para la princesa.— Hundiéndose de hombros sin arrepentimiento. Las olas crecieron al igual que su sonrisa, desprendiéndose un pequeño rayo como una serpiente desde su codo, se estrelló sobre la cabeza del príncipe rompiendo la piedra en mil pedazos.

Eric parpadeó por el escozor de una herida abierta, la sangre derramándose desde su sien. —¡No dejaré que la dañes!— Susurró con veneno en la voz, apretando las manos en puños hasta que se volvieron blancos.

La única forma de detenerlo era destruirlo.

La corriente eléctrica repto por tierra, con solo agitar los dedos podía sentir la estática como una membrana a su alrededor, haciendo vibrar las rocas. Pegándose a la superficie, intentó protegerse rodando salvándose Eric apenas, ¡el maldito jugaba con él!, jurando en silencio que acabaría con el villano, levantó la cabeza debilitado pero la suela de la bota del mago fue lo último que vio y supo que caía al mar.



Belucarmer

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En el texto hay: sirenita

Editado: 01.09.2018

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