Murmaider

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08: No logras nada conversando

—Magnifico— Apoyando el mentón en una mano Ariel apretó las piernas contra el pecho empujando el muro de carne que era Ian para manteniendo distancia hacia el pequeño animal peludo que le ladraba incansablemente. Atrincherado en el sillón la conversación fluía más o menos sin interrupción.

—¡Oh querido, tendrías que haber mandado una carta informándonos que venias, así hubiese tenido listo cuartos y una buena comida. Vamos de salida a visitar a los Cambell.— La madre de Ian no se parecía en nada a él, en opinión de Ariel, la mujer se derretía en arrumacos y besos y tenía una suave sonrisa en los labios rosas, además de una permanente arruga de preocupación en la frente. Su cabello era castaño brillante con hilos platinados. No recordaba a su madre pero la imagen de su nana destello en su mente enviando una punzada de dolor a su corazón, bajando la mirada una vez más era un niño pequeño esperando en las sombras.

—¿Ariel?—Dos pares de ojos verdes brillantes lo miraban fijamente.

—Hum...¿sí?— Con las mejillas extrañamente calientes Ariel alzó el rostro dubitativo mirando de Ian a su madre y luego al resto de las mujeres.

—Es un placer conocerle jovencito.— La señora estiró la mano hacia él, Ariel apenas pudo parpadear sin comprender que quería que hiciera, si su anillo era bonito lo suficiente para tentarse a tomarlo al primer descuido, Ian pareció entender su predicamento y llevándose su propia mano a los labios hizo el gesto de besarla, instruyéndolo. Enarcando las cejas el pelirrojo lo imitó dejando satisfecha a la mujer.

—Madre discúlpanos pero Ariel y yo estamos cansados por el viaje, ¿podrías ordenar que nos preparen el baño antes de que se marchen?, estaremos en la cocina.—Ian tomó suavemente de la mano a su madre empujándola suavemente a andar a su paso hacia la salida donde el resto de las muchachas cuchicheaban.

—Las presentaciones siempre son importantes Ian.—Meredit se detuvo levantando el mentón, Ariel ahora sabía de dónde venía el gesto orgulloso.

Haciendo una reverencia jovial le dedicó su mejor sonrisa.—Estoy de acuerdo señora, sin embargo no quiero retrasar su salida, después de todo nosotros los interrumpimos— ¡Puaj!, ¿Ese tono meloso e ingenuo era suyo?, ¡Las cosas que hacía para ganarse el pan!, Temblandole una ceja Ariel se volvió hacia las chicas. Sentía su penetrante mirada perforándole el cráneo. Asintiendo gallardamente incluso se atrevió a mandarles un pequeño guiño antes de ser bruscamente halado por el pelinegro.

—Arriba ahora—Dijo entre dientes mirando a las escaleras que se perdían en una esquina, rodando los ojos Ariel avanzó sin admitir que era liberador alejarse de "la familia feliz";—¿Y padre?—Escuchó preguntar a Ian sin alcanzar a escuchar la respuesta de su madre al alcanzar el final de la escalera. Sin embargo conocía el tono de voz empleado.

—Al fondo, las últimas dos habitaciones son las que usó...sé que no te atreverás a husmear— "No espies", entendido. No es como si habitaciones llenas de lazos y muñecas le tentaran de sobremanera. Sin embargo el desobedecer al estirado soldadito podría ser...

De puntillas con una sonrisa maliciosa adornando su boca el pelirrojo abrió la primera puerta. No encontró lazos pero si un montón de pinturas familiares, bustos irregulares de todas las formas y tamaños, los rasgos de Ian se repartían en distintas proporciones en cada uno de esos rostros. Las descripciones pasaban entre distintos títulos nobles, duques, barones, príncipes... hasta el apellido plano. Incluso aunque Ariel se crió lejos de la realeza y sus formas, su nana le había instruido la absurda importancia de la jerarquía social. Para él era simple: él que tuviese el tridente hacia cagar gatitos a todos los demás y eso era lo que importaba.

La familia de Ian no se veía tan poderosa...ni rica ahora, comparado con sus modales su modo de vida era bastante austero. Una mirada más crítica de esos ojos azules y pudo ver los pequeños detalles. La casa, la pintura raspada, el papel despegándose oculto ingeniosamente ras algún retrato o adorno, sus ropas y el no encontrar un rastro real de servidumbre. Salvo el portero y la vieja ama de llaves Ariel no recordaba a nadie más.

Ian era militar, un camino desesperado para mantener el prestigio y su buen nombre. Torciendo los labios Ariel ahora entendía la personalidad arisca y pedante del pelinegro, además de toda esa mierda del orgullo y el deber ser. El hombre sostenía la imagen familiar. ¡Él había sido excluido y rechazado pero lo que le hacían a Ian era peor!, él esclavo de tu familia no podía compararse a la oveja negra de la familia, él amaba su libertad, su amor propio y la falta de culpa....bueno el exceso de culpa. Seguro Ian se culpaba incluso si algún cabello perfecto se desprendía de su perfecta cabeza.



Belucarmer

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En el texto hay: sirenita

Editado: 01.09.2018

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