My wonderwall.

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Capítulo 2.

Narra Lenna.

El muchacho en la puerta me miraba atónito, esperando a que yo dijera algo o rompiera el incómodo silencio. Tenía el ceño fruncido y parecía percatarse de mi desastroso estado, aunque la luz era escasa en aquel pasillo. Como si eso fuera poco, yo no podía hablar, la decepción que sentía sobrepasaba mis fuerzas y no conseguía hacerme entender. De todas formas, lograba mantenerme parada y eso era un gran logro.

— ¿Y… a quién buscas?— preguntó sin entender lo que pasaba.

—Zac, Zac Bennett— conseguí pronunciar a pesar de mi bloqueo emocional. La expresión en su rostro cambio de pronto, me dio fe.

—Ah sí, Zac. Él no está— el chico hablaba con cierta distancia y algo cortante, lo cual me hacía sentir incomoda, como si estuviera estorbando.

— ¿Pero vive aquí, cierto? ¿A qué hora puedo verlo?— en realidad yo necesitaba con prisas esconderme en algún lugar, no sabía de algún otro sitio a donde pudiera ir a esperarlo.

—Viene en… media hora— dijo girando para observar el reloj dentro del departamento. Sonreí un poco, treinta minutos pasarían rápido.

—Yo… veras…— no me salía explicarle con exactitud y comencé a llorar por la enorme frustración. ¿Por qué tenía tanta mala suerte? Rápidamente me quité las lágrimas y ordene a mí misma no repetir eso, al menos no ante aquel chico desconocido, que además era guapo. Si, guapo. Mi vida era un desastre, no obstante aún tenía la capacidad de percatarme de si un chico era guapo. Aunque hacía tiempo que no veía a un muchacho joven de carne y hueso.

— ¿Estás bien? ¿Qué onda, quién eres?— cuestionó. Me recordó al taxista, desconcertado y confundido por mis actitudes.

— ¿Puedo pasar y esperar a Zac? Soy su hermana— respondí sincera. Acababa de conocerme, no merecía hacerlo pasar por un mal momento lleno de misterio. Yo había llegado a interrumpir su día, porque seguramente él antes de atenderme se encontraba mirando televisión o escuchando música o quién sabe qué, pero seguro estaba tranquilo y entonces aparecía yo, una chica devastada, en un momento deplorable para quitarle su paz. Pero al oír aquellas palabras, cambió su actitud repentinamente y abrió la puerta aún más, haciendo seña para que pasara. Cuando intenté avanzar, mis piernas flaquearon y otra vez aquel intenso dolor me recorrió entera. De un modo me sentía a salvo, entonces la necesidad de resistir desapareció, la fuerza extra implementada ya no era una obligación. Creí que caería al suelo e incluso me imaginaba humillada sin poder ponerme de pie, pero el muchacho me sostuvo por la cintura y no permitió que terminara tirada como basura. 

—Tranquila, te tengo— mencionó y noté su sonrisa por primera vez. Sus ojos me observaban de cerca, captando en ellos cada detalle de mi rostro. El calor en mis mejillas fue inevitable, pero la vergüenza de que estuviera mirándome en ese estado era aún mayor. Odiaba dar lastima, pero no había forma de evitarlo. Ya era tarde para esconderme o disimular. Con su ayuda llegué hasta un sofá, donde me senté de inmediato dejando descansar mi cuerpo y largué un profundo suspiro. Mi mirada estaba clavada en el suelo, no quería que el joven siguiera notando mi rostro dañado.

— ¿Quieres tomar algo?— preguntó.

—Un vaso de agua. Gracias— pedí. Tenía la garganta seca y cuando mencionó lo de tomar no dudé un segundo en pedirle agua. Caminó hacia otro sitió, supuse que era la cocina y en menos de un minuto estaba otra vez frente a mí.

—Eh… ¿Y si te llevo a un hospital o llamo a un médico?— interrumpió el silencio, dándome lo que acababa de pedirle.

— ¿Qué? No— tomé el vaso y bebí un trago largo. Otra vez miré al piso. —Solo quiero a Zac— murmuré despacio y el alcanzó a oírme.

—Lo llamaré ¿sabes? Le diré que estás aquí— sacó un teléfono celular del bolsillo de su vaquero, pero al instante lo interrumpí.

— ¡No! Déjalo, yo… puedo… puedo esperarlo— él asintió, demostrando que entendía mi postura, pero parecía no poder parar de caminar de un lado al otro. Creo que mi extraña presencia lo ponía nervioso, sobre todo por las heridas a plena vista, seguido de que yo temblaba y de vez en cuando dejaba escapar algunas lágrimas. Por un momento desapareció por completo de la sala, pero regresó como un relámpago con un botiquín entre sus manos. Se agachó quedando a mi altura y empezó a preparar una gasa arrojando encima de ella lo que parecía ser agua oxigenada. ¿Acaso pensaba ponerme eso a mí? ¡Ni loca! No dejaría que otra persona me tocara de ninguna forma, yo solo quería a mi hermano ahí conmigo, a mi hermano y a nadie más.



queenev

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En el texto hay: accion, amor

Editado: 04.04.2018

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