My wonderwall.

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Capítulo 16.

Narra Lenna

El día estaba hermoso. No hacía demasiado frío, el cielo estaba despejado y el sol brillaba resplandeciente en lo más alto. Podría haber sido la tarde ideal junto a mis amigos, tal vez habría llegado a casa con una sonrisa, pero nada de eso ocurrió ni ocurriría porque Víctor lo arruinó, lo arruinó todo, o quizás fue mi propia cabeza la que me jugo una mala pasada. ¿Lo había visto o solo fue imaginación? Ambas suposiciones me daban escalofríos, tanto que no podía escoger alguna de ellas. Las dos sonaban espantosas, ninguna tenía un lado positivo. Si con certeza era él a quién vi en el shopping, significaba que su plan de no dejarme en paz iba en serio y lo estaba llevando a cabo con éxito. En cambio, si tan solo fue imaginación dejaba en claro que cabía la posibilidad de que estuviera volviéndome loca y si seguía así, cada día sería peor. Pensé también que talvez lo que sucedió fue que observé a un hombre con similitudes físicas, pero luego descarté eso porque su sonrisa y su forma de mirarme eran típicas y únicas de Víctor.

Perseguida o loca.

Únicas alternativas y lo peor era que ninguna me beneficiaba.

Sé que le pedí desesperada a Sam ir a casa, pero en el camino cambié de parecer y pregunté si podíamos ir a otro lado. ¿Por qué? Porque no quería molestar a Zac llevándole todos los días un nuevo problema, eso no hacía más que preocuparlo y alterar su vida. Mejor dejarlo tranquilo. Además, encerrarme en el departamento no sería bueno para mí, terminaría el resto del día con pensamientos depresivos sobre mi sombría vida. Sam, siempre tan atento, me preguntó a donde prefería ir, pero como yo soy tan indecisa solo dije “a cualquier lado”, dejando que él tomara las riendas del asunto. Terminamos del otro lado de la ciudad, donde no hay tantos negocios ni centros comerciales; al contrario, se encuentras los espacios verdes, las plazas y los parques para niños. Grandes sitios rodeados de naturaleza que me encantaban.

Terminamos por detenernos en una plaza que se caracterizaba por la cantidad de árboles y arbustos con los que contaba, todos tan especiales que aportaban toques únicos y justo en el centro, un lago que terminaba dando la esencia especial. A lo lejos podía exhalarse un clima cálido, tranquilo, incluso acogedor. Caminamos unos pocos pasos, hasta que Sam se sentó justo bajo la sombra de un árbol, sobre la hierba. Lo imité, posicionándome a su lado.

— ¿Estás mejor? — preguntó. Sus ojos emanaban preocupación y se me hacía difícil creerlo. ¿Por qué le importaba? No era que me creyera el centro del universo, pero en este corto tiempo había hecho tantas cosas por mí que estaba segura de que le interesaba, al menos un poco, pero no entendía por qué.

—Sí— respondí con brevedad, mientras me recostaba mirando hacia el cielo. Cerré los ojos por un instante, tomando conciencia que hacia unas semanas atrás mi libertad estaba prohibida y  apenas llegaba a ver los rayos de sol colarse por la ventana de mi habitación. Víctor podía seguir persiguiéndome ¿Pero saben qué? A pesar de todo, logré escaparme de su infierno y eso era un gran paso. Basta, basta de llorar y de pensar que mi vida está acabada porque mi vida apenas está comenzando.

A veces tenía esos momentos de pura esperanza y los disfrutaba, porque no eran muy seguidos.

Observé a mi lado una planta de margaritas y corté una. Había olvidado cuanto podían gustarme las flores. Recordé un juego llamado “me quiere, no me quiere”, que solíamos jugar de niñas con mis amigas. Se suponía que debías repetir una y otra vez “me quiere, no me quiere” y a medida que decías cada frase, cortabas un pétalo de la flor. El último tenía la palabra final y entonces sabías si aquella persona en la que pensabas te quería o no. Una tontería al fin y al cabo.

 —Me quiere. No me quiere. Me quiere. No me quiere. Me quiere. No me quiere— repetí en voz baja deshaciéndome de las hojillas, hasta que solo quedó una.

—Te quiere— interrumpió Sam, quién quitó el último pétalo y lo sostuvo entre sus dedos con una sonrisa.

Me sonrojé, porque me había oído hacer esa bobería, algo de niñas muy cursis.

—Solo es un estúpido juego— murmuré riendo nerviosa, pero a la vez intentando relajarme. De todos modos, ya era tarde para no sentirme avergonzada.

— ¿Y en quién pensabas?— alzó las cejas. Mi cara de desconcierto fue imposible de disimular. ¿A qué se refería con aquello? Yo realmente no estaba pensando en nadie especial.



queenev

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En el texto hay: accion, amor

Editado: 04.04.2018

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