Náimon ©

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Capítulo 0

 

Pacto con un demonio.

...

Dean caminaba con dificultad sobre aquella colina mientras el cielo permanecía en completa oscuridad y terminaba de abrazar los feroces vientos de la tormenta. La lluvia que brotaba iba perdiendo su intensidad, la espesa niebla le impedía ver por donde caminaba, aun así, con una mano sosteniendo la herida a su costado, levanto la vista para admirar aquello que lo alentaba a continuar.

Con cada paso Dean sentía que el perdería el aliento, cayó muy cerca de la impotente basílica católica de Aviñón. La furia dentro de sí era como ardiente fuego que lo estaba consumiendo, no le importaba que tan grave fuera la herida, él solamente pensaba en encontrar a aquel ser de quien le habían hablado.

—¡Beelzebud! ¡Muéstrate ante mí! —gritó agitando, su respiración salía con dificultad y el frío no le favorecía.

La enorme iglesia frente a él no hacía nada más que dar el toque perfecto a la espeluznante noche. Casi soltó un asustadizo grito cuando unos cuervos negros descendieron del la torre que era el campanario, pero se contuvo. Estaba en ese lugar en busca de algo, que lejos de ser el perdon a Dios, era considerado una abominación. Fue cuando percibió un movimiento a un lado, y giró rápidamente hacia la derecha y solamente lo recibió el vacío y la soledad de la noche.

Pero en aquella noche había algo diferente, la sensación que sentía le indicaba lo contrario, Dean sabía que ya no se encontraba solo en ese lugar.

—¿Quién anda ahí?

Dean se arrepintió de preguntar, la razon era muy obvia, era innecesario.

—Decidme ¿Cómo me habéis encontrado? —la voz que le hablo entre la oscuridad le hizo sentir una tensión demasiado similar al miedo.

Dean trato de buscar el origen y solamente pudo visualizar la silueta de un joven sobre una de las torres al lado del campanario, observo un par de cuernos sobre la cabeza y tambien pudo distinguir como algo brotaba de su espalda como si fueran alas; alas de un demonio.

—Escuchadme demonio, necesito vuestra ayuda—le revelo Dean—. Escuché cuando unos hombres hablaron del ser inmundo que habita en las paredes santas. Apiadaos de mi ardiente deseo, no moriré con tranquilidad si no se hace como yo lo requiero.

Dean sintió como sus fuerzas estaban por agotarse. Inconscientemente volteo hacia atrás y diviso la villa en donde toda su caballería había caído. Recordó la devastación que había vivido, el como la caballería ligera española había acabado con sus hombres. Con suerte había escapado, y ahora solo le quedaba obtener aquel poder para morir en paz sabiendo que obtendría la victoria en honor a su imperio.

—Cuanto quiera os daré, solo debe concederme lo que quiero.

La mirada del demonio con apariencia joven lo observó, sus ojos eran azules como el peligroso océano, o el más salvaje de los animales resguardados en la apariencia de un muchacho. El silencio de este lo estremecía, pero tambien lo enfurecía. No quería perder tanto tiempo, pronto vendrían a buscarlo y acabar con él, el marqués que estaba al mando de la batalla quien se confió demasiado y estaba por perderlo todo.

—No es de mi interés, lo que quiero ningún humano me lo puede dar—dijo entonces el demonio—. Largaos de aquí.

—¡No! —gritó Dean desesperado—. ¡Os lo suplicó, por favor!

El joven demonio descendió y se acercó, haciéndolo desenvainar la espada como única protección. Dean sintió todavía más frío, y el temor ya no era ninguna similitud, en realidad estaba aterrado, pero no se arrepentiría de nada mientras obtuviera lo que quería.

—No te acerques más, demonio—dijo notando el nudo en su garganta.

El ser le ignoro y se deslizó con pasos silenciosos hacia él, notó como, aun con la oscuridad en su contra, tocó la hoja de la espada con un solo dedo. Comenzó a sentir el calor expandirse desde el tacto demoniaco, como si estuviera ardiendo en llamas, obligándolo a soltar el arma.

—Humano, ¿si quiera entiendes lo que eso significa? —la voz parecía cargada de pereza, aburrimiento, aun así, seguía estremeciéndolo.

—No soy ignorante—respondió con seguridad.

Todos los son.

Dean se enfureció, pero el nudo en su estómago le advirtió no reprocharle.

—Necesitaré un juramento—dijo el demonio—. Haced el juramento, y concederé tu anhelo.



Mischelle Bonilla

Editado: 01.10.2019

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