Náimon ©

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Capítulo 1

El estigma.

...

Eran los mediados del siglo diecinueve y la segunda semana del cuarto mes, cuando en el palacio de Blenheim, Inglaterra, el llanto de un recién nacido se escuchó como eco entre las paredes. Alec observo desde una esquina de la habitación, como su humano, el rey Galileo recibía entre sus brazos a su primogénita. Sintió una pacifica calidez cuando el ahora padre sonrío. Para Alec era la primera vez que presenciaba un nacimiento, le resulto algo increíble el hecho de traer al mundo vida.

—Acercaos mi querido servidor, observad a mi hermosa hija—dijo el rey con orgullo.

Alec asintió y se acercó. Ante sus ojos presenció a la pequeña humana que acababa de llegar al mundo, con facciones perfectas y una belleza inigualable. Estiro uno de sus dedos y la infante enredo su diminuta mano alrededor. Sonrió. Alec deseaba algún día tener a su propia descendencia, tener una criatura tan inocente que proviniera de él.

—Majestad—dijo una de las criadas.

Ambos voltearon en su dirección y observaron a la reina que comenzaba a empeorar con cada respirar. El rey dejo a la recién nacida en manos de Alec, se acercó a ella y tomo sus manos.

—Esta helada, ¡denle algo para que mejore! —suplicó.

Las criadas obedecieron y atendieron a la reina. Alec observo a la mujer, podía sentir la tristeza consumirla desde el interior y el color de sus venas cambiar a negro. Todos en la habitación sabían lo que sucedería, pero Alec notaba que el rey se rehusaba a aceptarlo.

—Amado mío—lo llamó con una débil voz—. Perdóname.

A Alec le partió el alma ver llorar a su humano.

—No hay nada que perdonar—dijo con una voz quebrada—. Por favor, no me dejes.

La reina acaricio el rostro de su rey y luego observó a la infante entre los brazos de Alec.

—Tienes que ser fuerte, quiero que la protejas—le pidió—. No permitas que nada malo le suceda, ella ha sido mi mejor obsequió, y quiero que la cuides por mí.

—Lo haré, será la niña más feliz del mundo—prometió—. Y cuando llegue el momento iré a ti. Mi querida reina—sollozó.

Los celestes ojos de Alec observaron a la humana cuya alma y cuerpo se estaban desvaneciendo. Asintió ante aquella verde mirada prometiendo ser parte de aquella promesa. Notó como la mujer sonrío con tranquilidad viendo a la infante que tenía entre sus brazos para luego entregarse a la muerte.

Esa noche Alec fue testigo del inmenso dolor del rey ante la pérdida de su amada reina, además de como la esencia que había acabado con ella se incrustaba en uno de los brazos de la infante creando el peligroso estigma.

El rey tomo a su hija entre los brazos totalmente quebrado.

—¿Qué os espera en el futuro? —preguntó con una voz desgarrada—. Le prometí protegerla con mi vida, pero no creo estar al alcance para lograrlo.

—No os turbéis mi rey, me encargaré de que su promesa no sea en vano al igual que la muerte de la reina. Solamente debo pedir sabiduría.

—Como digas mi leal servidor, pero no tardes demasiado, sabes mejor que nadie el mal que se avecina.

Alec asintió y tras salir del palacio se alejó con el palafrén blanco.

El lugar al que llego lucía como un elegante palacio, las paredes eran blancas y con bordes de oro puro. Se encontró frente a cinco tronos dorados, en donde cinco seres estaban sentados observándolo. Sus vestimentas eran de un rojo similar a la sangre y la mirada de cada uno era dorada, sin pupilas.

—¿A que debemos la visita, señor Alec? —preguntó uno de ellos, el de la esquina izquierda.

—Podemos notar el desazón en tu rostro—dijo otro de ellos.

—Dejad que hable—demandó el del centro—. Alec, nieto del ángel supremo Ezequiel, ¿ha que has venido?

Alec se toma unos segundos para ordenar sus palabras, él sabe que debe ser claro en lo que dirá para poder solicitar la ayuda que necesita.

—Perdonad mi repentina llegada—comenzó—. Pero siento temor en mi interior, puesto que lo que predijeron se ha cumplido. Por ello me es necesario pedir vuestra ayuda, hacedme saber lo que no sé, sabios ocres.

Los mencionados permanecieron en silencio lo que llego a inquietar a Alec. Él creía en muchas cosas, pero había dudado cuando aquellos divinos le habían advertido del mal que atormentaría a su humano, del nacimiento de aquella infante que podría ser la perdición del mundo, o incluso del universo entero.



Mischelle Bonilla

Editado: 01.10.2019

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