Namasté, tú y yo somos uno

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1. Comienzo de una ilusión

Ha pasado un mes y ya conozco a casi todo el equipo. Llevamos haciendo reuniones desde la semana anterior para concretar los aspectos del viaje en los que nos tendremos que poner todos de acuerdo. Hasta el momento nos llevamos todos bien y me parecen buenas personas. A Alan el director y presentador del proyecto le tengo una gran simpatía, es un gran periodista y conozco muy bien su trabajo. Le sigo desde hace varios años, le admiro y su trayectoria me parece impecable. Tendrá unos cincuenta años de edad, está soltero y vive con una perra pequeña llamada Doris en un pueblecito cerca del Whiler Chuch. Hasta el momento parece una persona accesible y no endiosada lo que agradezco un montón.

El segundo al mando es el cámara y editor del proyecto Cayden Parker, no le conozco todavía porque está viajando en este preciso instante desde el otro extremo del globo para reunirse con nosotros. Parece que el tal Cayden es un tipo muy ocupado, se lo rifan en los proyectos y según Alan es muy bueno en lo que hace. Aunque nunca he tenido el placer de conocerle ni de ver su trabajo, soy consciente que es una pieza clave en este equipo de grandes profesionales.

El segundo cámara es Stanley Clifford, quien también se encargará de ayudar a Anthony Lloyd con el sonido; los dos son chicos muy guapos. Anthony es de la misma edad que yo, ambos tenemos veinticinco y somos los más jóvenes del grupo. Con él es con quien me siento más cómoda, no sé si porque tenemos la misma edad o porque es bastante bromista. Es rubio, de piel muy clara, me recuerda muchísimo a alguien famoso aunque no logro ponerle nombre a esa sensación. Stanley al contrario de Anthony es muy moreno de piel aceitunada y ojos oscuros como la noche, tiene una expresión en su rostro inquieta. No sé porqué me da que está tan nervioso por este viaje como yo.

La única mujer que viajará aparte de mí será Viola Frederick, ella es guapísima, y es la asistente con la que Alan ha contado en sus últimos trabajos. Me veo totalmente identificada con ella y dentro de unos años me gustaría ser capaz de alcanzar las metas que ella ha logrado. Viola tendrá poco más de treinta, es segura, muy capaz y tremendamente competitiva. Al ser las únicas chicas del grupo espero que haya cierta complicidad entre nosotras. Seguramente, en algunos momentos del viaje tendremos que compartir algo más que dormitorio y me gustaría que fuéramos amigas. Viola me sonríe, parece simpática y tiene una melena rubia brillante de esas espléndidas que salen en los anuncio de L' Oreal, y que YO envidio tanto. No es que mi pelo sea escaso, pero soy un completo desastre para sacarme partido a mí misma. Me considero resultona cuando me arreglo, no me quita el sueño mi aspecto físico pero debo de reconocer que soy un poco desastre porque prefiero ir siempre cómoda.

Dejo en un aparte mi media melena castaña y mis ojos grises y me centro en lo que estoy haciendo en ese instante. Estoy sentada en la mesa ovalada de la productora terminando de anotar sugerencias y prestando atención a todo lo que Alan dice. No sé si es Stanley el que saca el tema de las vacunas y me muerdo una uña, ya me he vacunado de todo lo indecible pero me niego a tomar Malarone, los posibles efectos secundarios de esta medicación me espantan. Es indudable que compensan el riesgo de contagiarme de malaria, mucho más peligroso indudablemente, pero a las zonas donde vamos a viajar será más difícil cogerla y si tengo las precauciones suficientes pienso que no voy a tener ningún problema.

Por otro lado pienso de manera astuta que una vez que has cogido la malaria o bien te mueres o bien se cronifica de forma tan grave que nunca debes tratarla con el mismo medicamento que has estado tomando. Vamos, un lío, con lo cual decido bajo mi responsabilidad no tomar ese medicamento que sé que puede arruinarme el viaje con vomitonas y mareos.  

A eso de las seis de la tarde ya hemos terminado la reunión y me acerco a casa de mis padres. Poseo un pequeño Kía Soul de color rojo con el que me siento feliz conduciendo y en poco tiempo llego a Harrow on the Hill sin el clásico embotellamiento de última hora de la tarde. Mis padres viven en una pequeña casita adosada de tres dormitorios donde he pasado gran parte de mi infancia. La propiedad está a poca distancia a Eastcote Lane con su gran variedad de tiendas y también junto a parques locales y escuelas.

Entro en el porche cerrado que conduce al pasillo de entrada. Hay un salón con puertas de patio al jardín y una chimenea de gas. La cocina que ampliaron mis padres el año pasado tiene electrodomésticos de última gama, una cocina de gas, una barra de desayuno equipada y una puerta doble acristalada al jardín. Sinatra el labrador de la familia rápidamente me olisquea y mueve la cola para saludarme, hace unos días que no les veo y sé que todos me han echado muchísimo de menos. En este lugar residen mis mejores recuerdos, he tenido una infancia bastante ordinaria pero muy feliz. No todos lo vieron así ya que mis padres son ambos invidentes. El hecho de cómo podían criar a una niña y realizar las tareas generales de la vida cotidiana sin crear un pequeño caos era observado por muchos con cierta incredulidad y con lupa. Por fortuna nos fue bastante bien.

Mi padre Richard, perdió la vista durante la infancia, tenía seis años cuando le sucedió; mi madre por el contrario estuvo involucrada en un accidente de tráfico donde tuvo la mala suerte de sufrir daños irreparables en el nervio óptico, eso la llevó a la escuela para ciegos de Harrow, donde conoció a mi padre a la edad de quince años, se casaron y a los veintitrés me tuvieron a mí. Soy hija única y cuando mis amigos me preguntan qué diferencias hay teniendo unos padres ciegos les digo que ninguna. Son como cualquier otros padres, excepto por pequeños detalles que hacen nuestra vida cotidiana más manejable: Hay señalizadores por toda la casa que les permiten saber cuándo una taza está llena o cuando una luz está encendida; mis padres escriben en Braille y nuestro microondas habla. Sin embargo hay algo que siempre eché de menos, me hubiera encantado, que en los días fríos hubiera podido ir a clase en auto, como el resto de mis amigas.



Liselene

Editado: 18.08.2019

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