Namasté, tú y yo somos uno

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2. Llegada a Delhi

El Old Delhi Hotel, el hotel que he elegido como nuestro alojamiento no es precisamente un palacio. Aunque sólo estaremos aquí una noche y al día siguiente si todo sale bien viajaremos a Rajastán, me temo que no tiene nada que ver con la maravilla arquitectónica y cómoda que había visto en las fotografías online.

Estoy segura que mi cara describe de modo claro la decepción que siento. Cuando vamos tras el encargado del hotel con Achir y Saroo cargando todo el equipo quiero morirme. Ay madrecita mía ¡Qué he hecho! El hotel es cutre, oscuro y huele raro. A mí no es que me importe pero al ver la cara de Viola mi pulso se dispara.

—Es impensable dejar el equipo en el auto —comenta Alan preocupado—. Desaparecerá antes que nos demos cuenta.

—Lo más lógico es dejarlo en las habitaciones —añade Cayden.

—Está bien. Es la mejor idea, utilizaremos los dormitorios más amplios para acoplar todo.

—Con cuidado, por favor. Es un equipo delicado —Stanley continúa dando órdenes incansablemente, mientras Anthony ayuda a Achir y a Saroo a cargar los delicados objetos hasta el piso de arriba.

Casi todo el mundo contribuye de un modo u otro, hasta que al llegar a la parte superior no sabemos dónde dormiremos cada uno. Alan parece consternado. Las habitaciones están repartidas para que las ocupen dos personas, así que decidimos que el dormitorio de Alan y de Cayden sean los dos únicos dormitorios individuales, y donde se acoplará mejor el equipo.

Viola pone cara de espanto al ver la austeridad espantosa de nuestro dormitorio, cada mueble está en mal estado, un viejo ventilador cuelga del techo y una diminuta ventana casi no deja pasar la luz. La pared está pintada de un gris sucio, que posiblemente tenga ese color precisamente por eso.

—¿A qué diablos huele?

Olisquea una y otra vez. Me siento incómoda al ver que el encargado del hotel nos mira fijamente. Tuerzo el cuello y es cuando Cayden pasa a mi lado y murmura haciendo suya la muletilla con la que Anthony siempre se refiere a mí.

—Bonito hotel campanita.

Me siento mal porque pienso que he metido la pata y frunzo el ceño. Karim el dueño de la posada porque no lo puedo llamar de otra manera, me deja perpleja al pedirme si puedo hacerme una foto con él. Confundida miro a Cayden.

—No te asustes, por aquí es de lo más normal. No se lo desprecies.

Así que, me veo posando y a él regalándome otra de sus escasas sonrisas. Toma su cámara de mano y me indica con la cabeza que sonría. El dueño del hotel, Achir y Saroo se colocan sonrientes tras de mí y yo miro al objetivo confundida.

—¿Qué haces Bianca? ¡Vamos sonríe! —bromea Stanley de pasada.

Pongo una mueca de fastidio y justo en ese instante en que la cámara se dispara noto algo cayendo sobre mi cabeza. Pego un saltito y noto como una especie de bichejo baja por mi flequillo. Grito, me sacudo y un pequeño reptil cae de mi cabeza al suelo.

—¿Cómo? —grito—.¿De dónde ha salido ese renacuajo?

Señalo al reptil sin dar crédito, porque sé que no es un renacuajo.

—Mala suerte, señorita.

—¿Qué?

—Una lagartija sobre la cabeza es de mar augurio —dicen los hombres.

No puede ser. Los chicos ya tienen material para reírse y vuelvo a torcer el gesto un tanto enfadada. Estoy segura que se echarán unas risas a mi costa.

—¿Qué os parece si vamos a almorzar algo? —sugiero intentando que las risas se aplaquen.

Las miradas de Stanley y Cayden se fijan en mí. Anthony se une al grupo. Miro la hora y me doy cuenta que es tarde y que tengo algo de hambre.

—Podríamos tomar algo aquí o...

—Necesitamos comer algo más consistente pequeña renacuaja —dice Anthony mientras me fijo que Viola se encierra en el que es nuestro dormitorio y que Alan hace lo propio con el suyo—. No pienso tomar ni un bocado en este lugar.

Sin esperar a nuestros compañeros salimos hambrientos y empezamos a hacer propuestas, todos decidimos en ir a la vieja Delhi en tuc tuc*. Un reto importante para el primer día porque me da pánico moverme de ese modo entre ese estresante tumulto. No es difícil encontrar uno al llegar a la calle y Stanley regatea para acordar un precio. Se le da bien. Nos tiramos como diez minutos mientras se pone de acuerdo con el precio de nuestro transporte.

—No, no 90 rupias es mucho 80.

—90 —vuelve a repetir el hombre.

—80.

—Nahin.

—85 y no se hable más.

—De acuerdo.

Y ahí terminan las negociaciones.

Me monto entre Stanley y Anthony, Cayden se coloca junto al conductor en la parte delantera. Cruzar las calles en tuc tuc es una verdadera odisea, las camionetas, las bicicletas, las motos, que se cruzan por nuestro camino de manera peligrosa, lo hacen casi imposible. Llegamos a nuestro destino, un lugar lleno de puestos y callejuelas que forman una maraña intransitable.

—¿No deberíamos estar grabando esto? —pregunto a Stanley con desconcierto—. Este sitio es increíble.

—Es exótico sí, pero no es el objetivo de nuestro documental Bianca, aquí es donde vienen más turistas —responde mi compañero de este improvisado viaje—. El verdadero rodaje empezará cuando dejemos Delhi y nos adentremos en el corazón de la India.



Liselene

Editado: 18.08.2019

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