Necesito Libertad. (precuela: Necesito 0.3)

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Capítulo 1

CHICAGO. Septiembre del 2001

CARMEN BAEVA. "8 años"

Siempre fuimos Marcus, Sebastian y yo. "Los encantadores hermanos Baeva", ser la única niña de una familia puede que tenga sus beneficios, pero también tiene sus desventajas, como por ejemplo...

—¡Carmen Lucía! Vístase como se debe, cómo vas a andar así por la calle, luciendo como la propia loca. —Al ser la única niña, mi madre siempre me tiene en la mira, pendiente de qué uso, cómo lo uso y cuándo lo uso. 

A mí me gustan los pantalones, mamá me compra faldas, yo adoro los Power Rangers, mamá me obliga a ver a las princesitas de Disney. Yo quiero ir a jugar fútbol con mis hermanos, y mi mamá me tiene en clases de ballet clásico. ¡Es una porquería!

—Pero mamá... ¿Qué tienen de malo estos pantalones?

—¡Y lo preguntas! Tienes una mancha en el ruedo y tu camisa es horrible. Ven, debo peinarte. —hice una mueca, ella comenzó a dar jalones en mi cabello.

Me miraba en el espejo, mi cabello castaño era bastante largo, espeso y pesado. Ya tenía que ir a mis clases de ballet y mi madre estaba recogiendo todo mi cabello en un alto moño sobre mi cabeza.

—¡Lista! Mi hermosa Carmen, ahora luces como una princesa. —hice una mueca de desagrado.

—A mí no me lo parece. 

—Calla, claro que sí. Busca tus cosas, hay que ir a las clases de Ballet. —mi frente no podía estar más estirada gracias al peinado, era doloroso hasta cierto punto. 

No es que odiara el Ballet, sino a la estirada de la profesora y a la niña que me tenía la guerra montada por querer ser la "bailarina principal" de Madame Rachel. Busqué mi mochila y después de salir de la casa en el coche, mamá me llevó a la academia de Ballet clásico. 

—Haz muchas vueltas y recuerda que pasaré por ti a las cinco en punto. —enfatizó toda emocionada. 

—Si, mamá. —dije de mala gana y bajé del auto. 

Caminé casi arrastrando los pies, entré al estudio y vi a muchas niñas preparándose, dejé mi bolso en la banca y comencé a quitarme el vestido para quedar en mis medias, leotardo y licra de baile. Me acerqué a la barra, comencé con mi estiramiento. Plies y Relevés, para empezar a calentar mis articulaciones. 

Estoy en esto desde los cuatro años por mi madre. Lo primero que Madame Rachel me enseñó a la fuerza, fue aprender la colocación perfecta de mi cuerpo. La colocación es muy importante para conseguir ligereza y sensación de elevación. 

Estar colocado no es estar rígido, no es estar bloqueado; estar colocado es mantener una postura erguida y sobre todo con total conocimiento de ella; es lo que se denomina tener sentido propio ceptivo, es decir; saber exactamente la tensión muscular a la que estamos metiendo nuestros músculos: cuando vamos a colocar el brazo, cuando vamos a girar la muñeca; qué fuerza debemos realizar para cada movimiento, incluso a veces, podemos realizar un sencillo ejercicio que es cerrar los ojos y comenzar a movernos por el espacio vacío con nosotros mismos y en el propio eje, sentirnos.

Tuve que aprender eso a los trancazos, mamá me obligó a practicar mucho. Soy la única niña que practicaba todos los días, a la misma hora en las tardes. Es muy agotador.

—Mira a quien tenemos aquí, tarde como siempre, pero igual que todos los días la instructora no le dirá nada. —hice una mueca de desagrado, lo que me faltaba. Volteé a verla.

—¿Linda por qué no vas a molestar a alguien más? Hoy no estoy de humor. —dije cruzándome de brazo y la rubia engreída solo sonrió. 

—Oh, la siempre "perfecta" Carmen no está de humor hoy.

—Mira cabeza de estropajo viejo, no es mi culpa que nacieras con dos pies izquierdos y no puedas dar vueltas y saltos decentes. Yo solo hago lo que me pide la madame.—su rostro se tornó furioso y rojo.

—Ese puesto va ser para mí, tú no tienes lo necesario para ser parte de este mundo. Ni siquiera te gusta este tipo de danza.

—¿Y? El que no me guste, no significa que vaya hacer alguna porquería para escuchar las quejas de mi madre. Ahora si no quieres que meta mi puño en tu boca hasta tener tus dientes en mi mano, te recomiendo que me dejes en paz. 

Ella no me dijo nada, llegó madame Rachel.

—Todas con la mirada al frente, las quiero en fila y en primera posición. —ordenó con voz seria y firme, ella jamás gritaba, no lo necesitaba. Su sola presencia a penas entraba al salón hacía que todas callaramos —Hoy empezaremos a practicar sus Pirouette

—Pero profesora...

—¿Acaso tienes algo que comentar Linda? —dijo con un tono serio y la rubia se calló, no valía la pena preguntarle algo a Madame Rachel. Ella era la única que hablaba, eran pocas las veces que permitía que nosotras dijéramos algo. 

Esa vieja rusa era demasiado estricta y exigente, me recuerda a mi madre. Mis Pirouette según mi madre eran casi perfectas, pero mis pies dolían y las puntas de mis dedos se rozaban. Era lo que más me disgustaba del Ballet, mis pobres pies se volverían caca al pasar de los años. 



Gabriela aramillo

Editado: 14.03.2019

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