Necesito Libertad. (precuela: Necesito 0.3)

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Capítulo 2

SAN FRANCISCO. Agosto del 2005

CARMEN "12 AÑOS"

Mudarnos de Chicago a San Francisco hace unos años fue algo duro para mí, aunque lo bueno es que dejé atrás la academia casi militar de ballet de Madame Rachel, lo malo es que mamá no perdió el tiempo y me volvió a inscribir en una academia de aquí para que no perdiera el tiempo. 

Aunque mi nueva maestra no era como Madame Rachel, Doña Silvia es una mujer pelirroja muy gentil y que no fuerza a las estudiantes, al menos ella si es gente y no trata a los demás como cosas.

—Carmen, abre los brazos de forma amplia pero manténlos en línea con los hombros, ligeramente curvados con cuidado de no dejar caer los codos. Los dedos han de aparecer delicados y suaves—. me indicaba doña Silvia con voz suave —Eso es, fue casi perfecto, ya puedes tomarte un descanso.

Busqué mi botella de agua y tomé un poco, Silvia se sentó a mi lado y la miré extrañada. 

—Carmen creo que estás listas para las puntas.

—¡Las puntas! —exclamé algo asustada.

—Sí, ya estás en edad, llevas prácticando desdes los cinco años. Tienes la suficiente fuerza y resistencia en los músculos del pie y la pantorrilla.

—Pero profesora... Yo digo que es muy pronto para pensar en puntas. —dije algo nerviosa.

—Muchas niñas ya estarían emocionadas por usar sus primeras puntas. —ella levantó una ceja.

—¡Pues yo no soy igual a ellas! 

—Tranquila, yo estaré para enseñarte y guiarte. Ya debes estar informada un poco sobre lo que conllevan las puntas. 

—Así es y puedo asegurarle que aún no estoy lista.

—No te mentiré chiquilla. Al principio de este proceso, las bailarinas sufren de un intenso dolor en los dedos y articulaciones, pero con los años van adquiriendo mayor fuerza que hace que sus pies sufran cada vez menos.

—Maestra no me da muchas ilusiones sobre las puntas con esa información. 

—Los ejercicios en esta etapa son muy básicos, nos limitaremos a elevar las puntas sobre los dos pies y siempre con la ayuda de la barra. Después ya empiezan a hacer pasos más complejos como piruetas y saltos sobre las puntas. Serán quince minutos de ejercicio cada día.

—Está bien, si no hay de otra.

—Tienes gran talento para el ballet, si tuvieras la pasión serías imparable Carmen. —se levantó y fue a seguir ayudando a las menores.

¿Pasión? Esa mujer a veces parece que mira muchos programas de televisión. Busqué mis gafas y me las puse, a los diez había entrado en la etapa de usar gafas por un ligero problema en mis ojos. Mi vista se hacía algo borrosa, no era completamente ciega pero si las necesitaba para leer.

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La hora de la cena en mi casa era un momento sagrado en nuestra familia. Desde que tengo memoria nunca ha faltado un día en que no se coma a la mesa, esta vez estábamos mi padre, Marcus, mi madre y yo. Sebastian se quedaba en el dormitorio de su universidad un poco lejos de aquí. 

—¿Algo interesante que comentar Carmen? —preguntó mi papá con una sonrisa.

—La profesora Silva dijo... Que ya estoy lista para empezar a practicar con las puntas— mencioné casi en un murmuro.

—¡Mi hija ya usará sus primeras puntas!—gritó emocionada mi madre y todos en la mesa tuvimos que taparnos los oídos por lo chillona que se escuchó —¡Escuchaste Luis! Nuestra hija será una hermosa bailarina, ya la imagino en escenarios.

Rodé los ojos, estaba cansada de oírla hablar de la misma fantasía. Yo siendo la primera balerina en grandes escenarios, interpretando a Julieta o cualquier tonta protagonista de una historia. 

—¡Te las compraremos mañana mismo hija!

—Mamá, cálmate por favor. Para eso se debe hablar con doña Silvia. 

—Carmen serás una estrella. —dijo sin siquiera prestar atención a lo que había dicho, pero así era mi madre. Hablaba y no escuchaba a nadie. 

Terminé de cenar y me encerré en mi habitación para escuchar música a todo volumen con mi MP3. Estaba muy tranquila rompiendo mis tímpanos hasta que me interrumpieron con un colosal golpe en mi puerta, me quité los audífonos. 

Me levanté de mi cama toda molesta.

—¿¡Qué quieres viejo!? —exclamé furiosa al bobo de mi hermano mayor.

—Llevaba más de media hora tocando la puerta, no me dejaste opción hermanita—. rodé los ojos.

—No molestes Marcus. —dije de mala gana ignorándolo.

—Oye cuatro ojos.

—¡Dime lo que quieres y sal de mi cuarto!

—Huy, no pareces una típica niña emocionada por bailar en puntas.

—¿En serio? Me esperabas encontrar diciendo "hurra bailaré encima de cosas que deformarán mis pies y me harán tener un dolor insoportable cada vez que baile" ¿Eso esperabas?

—Carmen, si quieres ya fusilame. 

—Lo siento. —me disculpé con la cabeza gacha —Es que me estresa la manera en como mamá se emociona con esto e ignora todo lo que digo, me enfurece mucho cuando no me siento ni un poquito feliz con esto.



Gabriela aramillo

Editado: 14.03.2019

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