Ángel Oscuro

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1. El llamado de la muerte

La noche de mi muerte yo caminaba, a solas, por calles abandonadas a altas horas de la noche, sosteniendo un pequeño paraguas y pateando charcos de agua que se formaban a mis pies por la torrencial lluvia. Era tarde y yo caminaba con paso apresurado, el vaho escapaba de mis labios porque la temperatura había descendido a niveles catastróficos y yo no usaba más que un ridículo y tonto atuendo sexy porque me habían convencido de que de esa manera podría conquistar al mariscal de campo del instituto, que recientemente había terminado con su novia.

Tal vez había sido un subidón de adrenalina, una inyección de confianza que mis amigas habían implantado en mí. Yo, desde luego, no podría llegarle ni a la suela de los zapatos a la ex novia del mariscal de campo, la chica más popular de todo el instituto.

Ahogué un gritito cuando alguien pasó a toda velocidad en su auto, llenándome del agua sucia y helada que formaba charcos en las calles.

— ¡Serás idiota! —grité al auto que se alejaba.

Creí escuchar una lejana risa, casi espectral, lo que no hizo nada por calmar mi creciente furia. Estaba molesta, llena de ira, conmigo, con el mundo, con mis amigas y, sobre todo, conmigo misma. Resoplé cuando los shorts que traía puestos se pegaron a mis muslos, haciendo ruidos desagradables mientras continuaba con mi caminata.

La cosa había ido más o menos así:

 

Me dejé convencer por mis amigas, que sabían tanto del amor como yo, y me puse el atuendo más atrevido que conseguí en mi armario, lo que consistía en shorts negros, una camisa con escote, una chaqueta de cuero porque el reporte del clima advertía que llovería y botas altas de tacón. Las había dejado maquillarme mientras escuchábamos las noticias. El reportero de la noche advertía a las personas acerca de salir en completa soledad, ya que un misterioso asesino se ocultaba en las horas de la noche para matar a los más desafortunados, cuatro ataques se habían producido en las últimas semanas. Sin sobrevivientes, sin testigos, sin pistas, sin nada importante con lo que trabajar para encontrar al asesino.

El reportero pedía, en una mueca de falsa preocupación, que todos y cada uno de los habitantes de la ciudad permanecieran alertas y no salieran solos a altas horas de la noche. Mi madrastra, la nueva esposa de mi padre, había visto las noticias y me había prohibido ir a la fiesta con las chicas, pero como no era mi verdadera madre y me negaba, categóricamente, a obedecerla, simplemente esperamos a que se fuera a dormir para escapar por la ventana de mi habitación.

Poco sabía yo que, al día siguiente, una foto de mi rostro aparecería en los titulares de la mañana. Primero, anunciando la desaparición de Olivia Westfall, una chica de cabellos oscuros y ojos color miel, quien no había sido encontrada en su casa ni localizada por sus amigas muy temprano por la mañana. Luego, alertando que la chica desaparecida había sido encontrada en un callejón abandonado, misteriosamente asesinada.

Pero me estoy adelantando, volvamos a la parte donde me escapé de casa, para ir a una fiesta donde me esperaba el chico del que había estado suspirando desde hacía ya varios años.

Charlamos durante el trayecto a la casa donde se llevaba a cabo la fiesta, íbamos sentadas en la camioneta de los padres de una de las chicas, que no había sido prestada sino robada, porque esta chica no había sido autorizada para salir a fiestas con un asesino en las calles, al igual que yo. En fin, la música sonaba a todo volumen en la camioneta y nosotras cantábamos canciones a coro, pero la música que provenía de la fiesta superó incluso la que oíamos.

La melodía era pegajosa, te invitaba a bailar donde sea que estuvieras, porque observé a gente moviéndose al compás hasta en el estacionamiento, sosteniendo vasos rojos llenos de cerveza, algunos sonreían como si nada más importase y otros se besuqueaban con la primera persona que veían pasar. Yo quería exactamente lo mismo; olvidarme de la tristeza que no había podido superar desde que mi madre había muerto, borrar el estrés que me producían los exámenes del instituto, quitarme de encima esa sensación de que me observaban y de que mi madrastra aparecería en cualquier momento para llevarme de vuelta a casa. ¿Y quién sabe? Si podía besar al mariscal de campo, entonces serían puntos extras y la noche sería digna de recordar. Al día siguiente nos reiríamos de todo y la vida seguiría su curso.

Porque era un día, y una noche, normal, como cualquier otro. Inició de forma tan rutinaria que podría haber jurado que sólo sería un día más en mi vida. Un día común y corriente, sin importancia alguna que no marcaría una diferencia en el curso de mi existencia.

 

Un rayo, cegador e imponente, cayó en la lejanía. Observé su poderoso resplandor entre las espesas nubes, que parecían formar una fortaleza en el oscuro cielo. En cuestión de segundos el bramido de un trueno me hizo sobresaltar, las alarmas de algunos autos postrados a un lado de la calle comenzaron a pitar enloquecidas. Fue el primer momento de la noche en la que el escenario pareció tan aterrador que el tema del asesino misterioso me cruzó por la mente de manera voluntaria. Las calles estaban solas, nadie caminaba a mi lado, las farolas iluminaban castamente el camino que recorría, la lluvia era tan intensa que me habría costado ver alguna figura más allá de mí y la sensación de que alguien me miraba todavía la sentía presente como un extraño cosquilleo en mi nuca.



Pandemonis

Editado: 28.01.2019

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