Nieblas Profundas

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PARTE DÉCIMO OCTAVA

Por orden del doctor Brandt permanecí en cama dos días más y sin salir de la habitación tres días más. Casi una semana después de recuperar la consciencia estaba deseando salir a los jardines y respirar aire puro, aunque estuviese impregnado de húmeda niebla.

Durante esos días de mi convalecencia, lord Terence y el doctor Brandt no permanecieron pasivos. Regresaron al castillo abandonado para rescatar a lady Susan pero se encontraron que los vampiros ya no se encontraban en ese lugar.

Los dos hombres, aunque eran amables y cariñosos conmigo, tenían que hacer un gran esfuerzo para disimular su nerviosismo y enfado.

La señora Hope también se deshizo en atenciones conmigo. Le dolió mucho perder a la pobre Betty de una manera tan horrible. Y al saber que había habido más víctimas, su aflicción la envejeció notablemente en poco tiempo.

Pasó un mes desde el fatídico día del ataque de los vampiros. El doctor Brandt tuvo que viajar a Londres para hacerse cargo de unos asuntos importantes.

Lord Terence y yo vivimos nuestro amor con menos pasión de la que nos gustaría, por culpa de la pena y la preocupación que nos invadía. Pero, aun así, éramos muy felices.

Nos gustaba pasear por los jardines, sin adentrarnos en el bosque, por desconfianza de lo que pudiera aguardarnos en donde la niebla era más profunda.

A veces, bajábamos al pueblo llegando hasta el puerto o acercándonos a la playa.

Los vecinos nos saludaban con gran regocijo y nos invitaban a probar sus cervezas o licores. Procurábamos no disgustar a nadie con negativas e intentábamos corresponder con presentes.

Los momentos más dulces sucedían cuando lord Terence se recostaba en el sillón del salón verde y dejaba que el sueño le venciera. Entonces le miraba embelesada y recorría con mis dedos su rostro y los labios dibujando sus líneas, delgadas pero firmes. En algunas ocasiones sólo fingía su sueño, y me sorprendía sonriendo y besando mis dedos. Nos mirábamos y reíamos divertidos para, luego, fundirnos en un apasionado beso.

Pero la felicidad no es constante en el tiempo. Y nuestra vida y nuestro futuro dependían de las decisiones de unos vampiros.

Las malas noticias llegaron dos días antes del regreso del doctor Brandt. Los vecinos empezaron a comentar que una mujer rondaba las calles por las noches con la intención de robar niños. Algunos creyeron reconocer a lady Susan. Y, como supimos más tarde, no se equivocaban, aunque nadie conocía la verdadera suerte de ella, pues suponían que su enfermedad le impedía salir de casa.

─¿Usted cree que en verdad puede tratarse de mi hermana? ─preguntó lord Terence mientras cenábamos, pocas horas después de la llegada del doctor Brandt.

─Sí, lo creo. Los vampiros en el inicio de su nuevo modo de ser, son más irracionales que los más viejos, y tienen costumbres propias de una animal. Son territoriales, insaciables y más salvajes, si cabe. Es normal que lady Susan merodeé por los lugares que conoce.

─¿Debemos esperar que se acerque a la mansión? ─pregunté y un escalofrío me recorrió por la espalda.

─Así lo espero ─asintió el doctor con gran tranquilidad─. Esa será nuestra oportunidad de recuperarla. Le tenderemos una trampa. La invitaremos a entrar en la casa y la conduciremos a su habitación. Ahí la atraparemos.

─Permítame manifestar mi malestar, doctor Brandt. No estamos hablando de un animal, sino de mi hermana ─comentó, disgustado.

─Lo siento, lord Terence. Pero le aseguro que ese ser ya no es su hermana. Es un monstruo y lo podrá comprobar cuando la apresemos.

─Disculpe mi sensiblería, doctor Brandt.

─No hay nada que disculpar, querido amigo. Le entiendo perfectamente. Lo más difícil para los familiares que pasan por estas situaciones es aceptar la realidad, que sus seres queridos ya han abandonado este mundo y lo único que pulula por él sólo es un cuerpo poseído por el mal.

─Supongo que esta noche iremos en su busca ─comentó lord Terence.

─Sí. Y si la vemos la conduciremos hasta aquí. De eso se encargará usted. Espero que tenga la fuerza de ánimo suficiente para hacerlo.

─Sí, no se preocupe. Por mucho que me duela el final que sufrió mi hermana, soy consciente de que debemos liberar su alma para que pueda descansar en paz.

─¿No sería conveniente que pidiéramos la ayuda del reverendo Paul? Después de todo se trata de salvar un alma ─pregunté.

─No. De momento nos bastamos nosotros ─respondió el doctor Brandt.

Supliqué para que tuviera razón y no se aparecieran todos los vampiros y, una vez más, nosotros fuésemos las presas y no los cazadores.



A.M. Lomba

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En el texto hay: vampiros, epoca victoriana, misterio y romance

Editado: 07.02.2019

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