Niñas en tinieblas

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Abrió la puerta del aula, dejó su estuche con algunos útiles en la cajonera del escritorio, suspiró profundo y se sentó en la silla. Le agradaba su trabajo aunque había días en que deseaba no levantarse por las mañanas.

La depresión formaba parte de su vida desde la adolescencia y no podía hablar con nadie de la situación.
Ese día no había clases excepto para algunos de los niños que necesitaban por algún motivo un apoyo extra en alguna materia.

El chico de los Morrell era una número fijo en la lotería de apoyo extraescolar, al pobre chico no le entraban en la sesera los números más allá de la suma o la resta simple. Hamilton y Jerry Portman de vez en cuandó visitaban los días extraescolares, pero no era nada que sus padres no podrían solucionar si tan soló dedicaran un par de horas extras al mes en prestar atención a sus hijos.

Luego estaba Chelsea, tenía problemas en historia y geografía. A juicio propio, Chelsea no tenía ningún problema de aprendizaje. Simplemente no se asociaba con los demás niños y estos no la incluían por lo que siempre sacaba malas notas en los trabajos grupales.

A Lewis no le fastidiaba en lo absoluto. Le atraía la pequeña, era dulce, agradable y  con su mirada siempre esquiva, los ojos de la niña era grises, otras veces azules. No lograba definir el color y ello llamaba su atención cuando su ojos se cruzaban en clase.
Lewis era un tipo solitario, un par de veces mantuvo amoríos con alguna que otra colega sin llegar a buen puerto. Secretamente él sabía que jamás podría a amar ninguna mujer, no se sentía en igualdad con ellas. No las entendía ni ellas a él.

La única chica que había calado más allá de su coraza, era una pelirroja bajita a la que abandonó después de decirle una frase macabra y dejarla sentada con la boca abierta en una noche de abril, un hermoso abril estrellado. Lloró como un niño todo el camino de vuelta a su departamento y ella no volvió a llamarle. Era comprensible que no lo hubiera hecho. Lewis dejó de buscar romances y aceptó ser un solitario.
Estaba por ir a por una taza de café a la dirección cuando la puerta se abrió.

Chelsea entró al aula, llevaba una cola de caballo atado al lado derecho, una falda corta de Jean, algo que jamás había vestido antes, y una sudadera que probablemente había sido roja y ahora lucía de un color rosado pálido.
Su profesor la miró anonadado, su actitud era fresca, de alguna manera distinta a como siempre la percibía, la niña entro y fijó su mirada en él y fue la primera vez en que Lewis pudo ver en su totalidad el maravilloso color de sus ojos que siempre le esquivaban, porqué la niña jamás levantaba su mirada y permanecía con la cabeza gacha. Eran grises sin duda, y tenían un tono verde azulado hacía afuera. Al iris lo rodeaba una fina linea de color ambár.

Sus ojos eran tan parecidos a los de Sophía.

Carraspeó al saludarla y le indicó uno de los bancos en segunda fila. Cuando Chelsea se acercó al escritorio para retirar su hoja de ejercicios, ella le habló con voz clara, cantarina, muy alejada del susurró apenas audible que todos le conocían.
–¿No es mucho?– Dijo Chelsea fijando su mirada en él.
–No claro que no, sé que puedes hacerlo, Chelsea– Respondió su profesor.
–Sí, lo sé– Dijo la alumna –Es solo que me llevará bastante tiempo–
–Puedes terminarlo en otro momento si te agotas, estas clases no son obligatorias Chelsea– Dijo ya recuperado de la sorpresa que su alumna le había dado al entrar al aula con una actitud tan diferente.
Chelsea tomó la hoja y se fue a sentar a su banco, Lewis no pudo evitar fijarse en la parte trasera de su cuello desnudo. Sacudió su cabeza y se llevó los dedos a la sien, rechazando aquél pensamiento visceral.

 

–Lewis! Lewis!– Gritó Sophía cuando corría a su encuentro –¿Es asombroso no crees?, ¡mira sus colores!– Sophía le mostraba un escarabajo verde plateado que brillaba cuando un haz de luz le daba en sus alas. Aquél día Sophía vestía un jumper y una cola de caballo a un lado que la hacía hermosa. Su risa era un canto de las sirenas para Lewis, era solo un niño, la vida aún no le había golpeado y reía con ella en un mar de estrellas y sueños interrumpidos al entrar los chicos Portman.

 

Jerry codeó a su primo. Y señalo con la cabeza hacía Chelsea.

–Ya llegó la pobretona– Dijo susurrando.
Hamilton estaba por responderle, cuando Chelsea lo miró y se calló la boca, era bonita. Era la primera vez que se daba cuenta de ello y no pudo evitar sonrojarse. Lewis había escuchado el comentario de Jerry.
–Señor Hamilton, la pobreza se supera con estudio, la estupidez no, aún esta a tiempo de aprender– Dijo y sonrío cuando la pequeña le devolvió con otra sonrisa su gesto.



Iker Onimanteius

Editado: 05.09.2018

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