No country for bad boys

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Capítulo 1: La muerte de un chacal de lomo negro

Se me caían los mocos.

Esa fue la razón por la cual desperté justo a tiempo aquel fatídico día. No fue una premonición ni un llamado espiritual vibrando en mí como una revelación trágica de lo que me depararía el futuro de allí en adelante; los mocos habían comenzado a gotear sobre mi boca abierta y me dificultaban aún más la respiración.

Nada más sorprendentemente mundano que aquello. ¿No?

Estiré el brazo por sobre mi cuerpo adormecido y tomé el teléfono que descansaba sobre la pequeña mesita de noche junto a mi cama. Eran las diez de la mañana y yo aún no me recobraba de haber caído al río el día anterior. Es decir, nadie que no fuera mi amigo Dexter podría recobrarse de tal cosa. Quizás fuera por las largas e invernales noches que su madre lo había obligado a dormir en el patio de su casa y había amanecido cubierto de escarcha, e incluso de nieve.

Quizás fuera simple suerte.

Soné de manera estridente mi nariz con un pañuelo de la cajita expendedora que mamá había dejado junto al teléfono y el antiguo reloj despertador. Sabía que dejándolo cerca se ahorraba que yo me limpiara con las mismas sábanas.

Ella aún creía que yo era capaz de esa clase de cosas, ¡Con diecisiete años!

Con dedos torpes abrí la aplicación de WhatsApp, vacía de contactos que no fueran mis familiares y mi único amigo Dexter. Gracias a mi poca popularidad en la vida en general, me había ganado el apodo de Loner*, uno que combinaba mucho con Lonnell, mi por demás extraño y pretencioso nombre de pila.

Lonnell significaba león joven y era originario de Francia, razón por la cual mi madre en su eterno delirio de antepasados inmigrantes, decidió ponérmelo. Todo un esfuerzo de nueve meses para que al final hasta ella me llamara Loner.

Lancé el pañuelo de papel que había ahuecado en la palma de mi mano para poder escribir con más libertad, sin embargo este erró su curso del tacho junto a la ventana y terminó a medio metro de la puerta.

«Odio tus perfectas defensas» garabateé con un par de faltas en el chat de Dexter.

No esperaba que lo leyera hasta el receso de las diez treinta porque en ese momento estaba en medio de la clase del profesor Keller.

Ethan Keller, de historia, utilizaba los métodos de tortura más genuinos y crueles que se hayan visto en los últimos quinientos años solo para aquellos que se atrevían a sacar el teléfono en clase; la sustracción del mismo era la más conocida y la llamábamos «la dama de hierro», ya que colocaba el teléfono en una caja de metal sobre su escritorio y no lo devolvía hasta finalizada la jornada escolar.

En algunos casos incluso leía los mensajes en voz alta, con aquel timbre teatral e histriónico que lo caracterizaba, y aunque estoy bastante seguro de que eso era ilegal, funcionaba en el 90% de los casos.

Una vez me había atrapado a mí, de hecho. El hecho había sido bastante bochornoso a pesar de que tuve la suerte de que no leyera el mensaje.

Keller dio una cátedra en el aula sobre cómo habría esperado eso de todos menos de mí, cómo se había sentido embaucado por mi impecable comportamiento hasta entonces, para finalmente citar a mi madre a dirección.

Al día siguiente mi madre, la terca agente Linda Bishop, aplicó su dote de «policía malo sin policía bueno» sobre mí frente al complacido director. Fue un espectáculo de gruñidos, amenazas y leyes del hielo que más tarde y ya en el auto se convertirían en cómplices carcajadas entre la pulcra agente Bishop y mi gran amigo Dexter.

Nadie fuera de ese auto se enteró jamás que quien me había mandado el mensaje en plena clase había sido mi propia madre.

Tomé el teléfono con la idea de dejarlo sobre la mesita nuevamente, sin embargo el sonido de una llamada detuvo el trayecto de mi brazo por la mitad.

Acerqué el aparato a mi rostro y vi extrañado que se trataba de Dexter. ¿Habría marcado sin querer? ¿O me estaría llamando a propósito?

Cuando salí del chat no me había fijado si las pequeñas tildes se habían vuelto azules. Quizás el profesor Keller se había ausentado y quería avisarme que vendría a casa.

La noche anterior había estado muy afiebrado como para notar algo más allá de mí cabeza embotada y el aislamiento que me confería tal estado, sin embargo mamá me contó que Dex se había quedado toda la noche allí, a mi lado, esperando cualquier indicio de mejora. Su campera de Liam Gallagher sobre el respaldo de la silla de mi escritorio era prueba fehaciente de ello.

«Ha sido de gran ayuda, como siempre» comentó la agente Linda al tiempo que juntaba cosas desperdigadas sobre la moqueta azul oscuro de mi recámara.

Decidí no darle más vueltas al misterio de porqué me llamaba y lo atendí.

Amigo —suspiró Dex desde el otro lado de la línea, drástico como una interrupción; su voz se oía pequeña, monótona y agitada—. Amigo mío.



Larú

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En el texto hay: drama, escuela, tiroteo

Editado: 14.11.2018

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