No country for bad boys

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Capítulo 3: El pináculo de un par de existencias.

Mi abuela decía que las heridas sanaban con el tiempo. No había un remedio rápido para nada, ni una puerta secreta para cerrar el umbral del dolor cuando uno quisiera. No había «dejar ir» que no regresara cuando el tiempo de duelo que necesitaba no había sido suficiente. Y cuando la herida se reabría...pues, era peor.

Ese día podía ser encasillado como el más nefasto de mi vida, de lo que había vivido y lo que me restaba vivir. Supuse que desde ese momento la existencia que llevaría sería un duelo constante. Un pozo lleno de dolor y silencio donde la palabra «dejar ir» no era más que un boomerang lanzado en un cuarto de cuatro por cuatro.

En ese momento el boomerang era demasiado grande y el cuarto demasiado pequeño. Treinta y seis horas más tarde del terrible hecho, sentado junto a un cajón, con un viejo traje negro de papá porque el mío se encontraba dentro del féretro, cubriendo el cuerpo de Dexter por el resto de la eternidad.

Qué paradoja. ¿La eternidad era llevar un traje costoso solo para pudrirnos dentro de él? ¿Para ir al cielo o el infierno había que vestir de gala?

Tosí copiosamente y mi padre correteó hacia mí con un vaso de agua en la mano.

Había empeorado desde el día del río y gran parte era por la conmoción. En cuánto Dexter estuviese bajo tierra, yo estaría condenado a pasar un mes en cama con un doctor inyectándome penicilina todos los días durante veintiocho días.

—Te repondrás —susurró Louis palmeándome suavemente la mejilla. A esa altura ya no sabía si se refería a la pérdida o a la tos.

Asentí levemente mientras bebía. El agua sabía mal, lo que me daba una mala sensación ya que estábamos en una casa de sepelios.

Muertos. Agua con mal sabor.

Mi madre se encontraba fumando copiosamente junto a la ventana. Las luces de los patrulleros que le iluminaban el inexpresivo rostro la hacían lucir más pálida de lo normal bajo el halo de humo que la rodeaba. La policía estaba fuera para detener cualquier tipo de represalias, sin embargo allí no había ido literalmente nadie. Ni a sabotear, ni a presentar sus respetos.

Quizás porque realmente no sabían, tal vez porque estaba muy lejos del centro de la ciudad. La casa de sepelios «Good riddance» se encontraba casi a la salida. Había sido la única que a regañadientes había aceptado ofrecer sus servicios para Dexter.

Papá y mamá habían pagado todo, la familia no había querido hacerse cargo. Jamás, de hecho, y mucho menos luego de lo que hizo antes de morir. Sabía que en parte para ellos que Dexter no estuviera era un completo alivio.

Mamá lanzó un bufido exasperado y casi automáticamente se abrió la puerta de la funeraria.

Babette McAlister ingresó con su casual vestido naranja, cargada con bolsas de compras y con unas gafas negras de sol que le quedaban pintadas, cualquiera que la viera diría que se había metido en el lugar equivocado. Hey, linda, no no, que este no es el salón de belleza.

—Tía Babie —saludó mi padre con esa cordialidad que lo representaba.

Tía Babie era una hermosa joven de apenas veintiocho años. Un poco tonta de tratar, pero lo compensaba con la gentileza que exudaba en cada uno de sus poros. Tenía una hija de cinco años que, cumpliendo con un viejo estereotipo social, la ataba a un matrimonio tóxico que la volvía sumisa, manejable y dependiente.

—Le dije a mí marido que iba a ir al hipermercado cerca de la entrada de la ciudad —murmuró sin moverse de la puerta—. No le gusta que compre en el almacén cerca de casa porque es atendida por... —se acalló el «gente de color» que a su marido el supremasista blanco le causaba tanta repulsión—. En fin, compré allí porque es mucho más barato, lo coloqué todo en bolsas del hipermercado y luego tomé el autobús que me lleva hasta aquí, así él no se enterará que vine. Fue un buen plan por mí parte, ¿No?

Mi madre gruñó, arrojando el cigarro fumado al cenicero que había colocado ella misma en el marco de la ventana. Un par de sus pasos pesados nos advirtieron a mí y a mi padre que si alguien no la detenía o apaciguaba, las cosas no podían llegar a buen puerto. Otro acceso de tos me doblegó e irritó aún más mi garganta.

Genial, ahora no pararía de toser.

—Un buen plan por tu parte sería castrar al bastardo —masculló señalándola con el dedo obsceno, pero sin el gesto obsceno. Babie dio un par de pasos atrás, insegura.

Tos. Tos.

—Linda... —mi padre corrió a su lado y la tomó suavemente del brazo acusador. Aún así mi madre no pareció percatarse, porque quiso seguir con la perorata. Con aquel tema que de vez en cuando había sabido tratar cuando veía a Dexter en un mal estado anímico.

—Un buen plan por tu parte habría sido estar más con Dex, dejar a ese estorbo y llevártelo a vivir contigo, a tu sobrino, tu sangre...

—Linda, no es el momento, por favor —susurró papá acariciándole el brazo para tranquilizarla.



Larú

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En el texto hay: drama, escuela, tiroteo

Editado: 14.11.2018

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