No Dejes de Soñar

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No Dejes de Soñar

Cuando llegó a su casa aquella noche, estaba muy cansada. Sin ánimos de nada ni siquiera para desvestirse, se quitó zapatos y se acostó sobre la cama boca abajo. Sabía que al día siguiente se arrepentiría de no haberse puesto el pijama o por lo menos haberse quitado ese maravilloso vestido rojo que llevaba puesto, pero ya no podía más con el sueño que tenía. Tenía una necesidad imperiosa de cerrar los ojos y entregarse a los brazos de Morfeo.

Elena se consideraba una mujer exitosa y de mundo. A sus 30 años lo tenía todo, belleza, dinero, educación e inteligencia. Desde pequeña había quedado huérfana puesto que sus padres murieron en un accidente automovilístico cuando tenía solo 10 años. A su corta edad, supo afrontar aquella pérdida con entereza siempre pensando en que tenía que salir adelante.

Si bien fue criada por una de las hermanas de su madre, siempre se consideró una intrusa en su nueva familia. Tal vez ocurrió porque durante su corta vida se había acostumbrado a estar sola. Sus padres no eran de los clásicos que estaban pendientes de las necesidades de sus hijos. Por supuesto, ella tuvo la mejor educación, jamás pasó hambre, a su alrededor estuvo rodeada de un gran ejercito de sirvientes y empleados dispuestos a hacerle compañía a cambio de una módica suma de dinero, pero nunca tuvo el amor incondicional de una madre o de un padre. Tal vez por eso, poco y nada sintió con la partida de sus progenitores.  No obstante, afrontó con la cabeza en alto su nueva situación.

Gracias a la fortuna que poseían sus padres, no tuvo ningún problema en cuanto a su estilo de vida. Continuó tal y como siempre, con el único detalle de que la familia de su tía formó parte de la ecuación. Elena no podía negar que en su momento no le gustó mucho la idea, sin embargo, debió aceptarlo y continuar con su vida.

Al pasar los años, su tía intentó acabar con aquella visión que Elena sobre la vida, pero fue en vano. Durante sus primeros 10 años de vida no vio otra cosa más que soledad a su alrededor por lo que terminó haciéndolo parte de su vida como si fuera lo más normal del mundo, dejando al amor familiar de lado como si fuera una alergia peligrosa de la cual debía protegerse.

Cuando Elena se fue convirtiendo en mujer, su belleza comenzó a resaltar entre los demás. Su cabello rubio como el sol brillaba incluso cuando el día estaba nublado; y sus ojos azules eres capaces de iluminar el camino más oscuro que una persona puede imaginar. Sin embargo, sus atributos físicos no era solo los que llamaban la atención del resto, sino que también su gran inteligencia. Elena era un verdadero tiburón de los negocios donde cada año se lo hacían notar al estar nominada al galardón de mejor empresaria del año, y que en más de una ocasión lo ganó. Cualquiera diría que lo tenía todo, incluso ella. Aunque en el ámbito amoroso tampoco le iba mal.

Cara al público no era una mujer muy expresiva, tenía muy clara sus prioridades en la vida, pero eso no evitaba que en un par de ocasiones quisiera divertirse. Pero para ello, sabía escoger muy bien a sus compañeros. Por ejemplo, su último amante, Santiago, es un abogado que no solo pertenece a una de las mejores firmas de abogados del país, sino que también es tremendamente guapo y sexy. Una combinación que le fascinaba a Elena.

Aquella noche había estado con él por lo que cuando llegó a su enorme casa estaba, algo achispada producto de las copas demás que tomó, no obstante, eso no quitó el mérito de Santiago por seducirla en el automóvil cuando la llevaba de regreso a casa. Tal vez, si ambos no tuvieran cosas que hacer el día siguiente, habría rompido su regla de oro y dejarlo entrar, pero no lo hizo. Mientras caminaba en dirección a la puerta principal de su casa no se dio cuenta de que ésta estaba ligeramente abierta. Asustada intentó detener a Santiago para que la acompañara a revisar quien había entrado, pero él ya se había alejado en su vehículo al verla cruzar el portal principal.

Con mucho cuidado, se sacó los zapatos de tacón negro, que por cierto combinaba a la perfección con su vestido rojo, para no hacer ruidos al entrar. Lo primordial era ingresar y llamar a la policía. “En mala hora había dejado que su celular se descargara”, pensó.  No quiso encender ninguna luz por miedo a delatar su presencia, sin embargo, Elena contaba con una pequeña ventaja. Conocía a la perfección su casa por lo que podía caminar en medio de la oscuridad sin la necesidad de encender ninguna luz.

En primer lugar, fue a la cocina esperando tomar algún cuchillo para defenderse en caso de peligro. Cuando llegó tomó un cuchillo carnicero que Marta, su asistente, debió dejarlo tirado sin llegar a guardarlo donde correspondía. Con mucho cuidado, se acercó a su despacho para tomar el teléfono y poder avisar a la policía, pero cuando marcó el número de emergencias, el teléfono no tenía tono. “¡Maldita sea mi suerte!”, reclamó mentalmente. No obstante, no se amilanó por el hecho de no poder llamar. Tomó el cuchillo y comenzó a revisar la casa por su cuenta. Nadie le iba a robar.



P. Vanrretea

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En el texto hay: realismo magico, thriller, suspenso

Editado: 29.08.2018

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