No dejes que me encuentre

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Prólogo

Sobre el césped yacían los cuerpos, los restos de una catástrofe inevitable que azotó un pueblo entero, que oficialmente ya no existía. Sin embargo, aún estaba yo, mirando el panorama desalentador con la esperanza de que el libro antiguo de mamá Ruth me ayudara a arreglar el asunto. Pero por algo dicen que con la magia no se juega y menos si no sabes nada de ella, algo a lo que no hice caso.

Salté a la primera página del libro que nombraba la vida y la muerte, seguí las instrucciones al pie de la letra y pronuncié un cántico que pareció inofensivo en su momento. Aún así, la vida no regreso a los cuerpos inertes a mi alrededor, sino que más bien atrajo algo siniestro a mi.

Lo supe cuando los árboles del bosque cercano casi se doblaron consecutivamente por un helado viento que se desplazaba en busca de algo. De repente, el cesped que me rodeaba se ennegreció y murió, los cuerpos se pudrieron mezclándose con el suelo hasta desaparecer y una sombra desigual se acercaba cada vez más a mi. El sonido de los animales a la distancia ceso y un escalofrío me recorrió el cuerpo, advirtiéndome. Sabía que algo más me acompañaba, algo peligroso y oscuro. Fue cuando el viento se detuvo que sentí un cosquilleo en mi espalda y tratando de ocultar mi miedo, empecé a dar la vuelta lentamente. Cerré mis ojos por unos segundos y entonces los abrí de golpe para encontrarme con una calavera iluminada por los decrecientes rayos del sol. La calavera se acomodo un poco mejor bajo su túnica, huyendole a la luz y en la oscuridad de sus ropas vislumbre un rostro con ojos centelleantes de maldad.

—¿Quién eres? —Pregunté con voz tan neutra como pude.

Aquel ser me miró detenidamente con sus ojos hundidos, rodeados de sombras negras e igual de negros a la noche. Entonces se fijo en el libro que se encontraba en mis manos.

—Me ha llamado, princesa.

Su voz gutural me heló hasta los huesos.

—Sí, parece que has estado jugando a ser Dios —, miró hacía donde se encontraban los cuerpos. —Te has entrometido en mi trabajo, pequeña —, chasqueó la lengua en forma de reproche. —No se debe ir en contra de la muerte… Todo tiene una razón de ser —, su voz se tornó mucho más amenazante de lo que esperaba.

Retrocedí entonces, segura de que lo mejor era huir.

—Ahora tu también tendrás que acompañarme —, extendió su mano que a la luz eran limpios huesos, y me sentí horrorizada.

—¿Quién eres?

Trate de ahogar un grito y lo remplace por la misma pregunta de hacía ya unos minutos atrás. Él me miró dubitativo y entonces sonrió como un humano sería incapaz, sus dientes eran demasiado blancos y su boca se extendía más de los normal.

—Ya sabes quien soy, la pregunta es…. ¿Cuál es tu nombre, niña?

Retrocedí otro poco y sin previo aviso empecé a correr al sitio más seguro del lugar, el bosque del olvido, donde cualquier cosa puede permanecer oculta para siempre, atrapada por toda la eternidad. Era un gran riesgo que prefería correr, después de todo mamá Ruth me lo había dicho una vez… Nunca le des tu nombre a la muerte o quedarás maldita para siempre.



Wanda Quiceno

Editado: 06.07.2018

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