No dejes que me encuentre

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Capítulo 6

Ela-acosadora: es sábado.

Yo: Sí, lo es.

Ela-acosadora: No preguntaba, simplemente comentaba.

Ela-acosadora: ¿Eres un chico aburrido o revoltoso?

Yo: Define aburrido.

Ela-acosadora: Responde y te lo diré.

Yo: No puedo, desconozco tu concepto de “aburrido”.

Ela-acosadora: Es muy temprano, ¿qué haces despierto?

Revisé el reloj sobre la mesa al lado de mi cama y descubro que son las siete de la mañana, llevaba menos de veinte minutos despierto esperando volver a dormir. Pero el sueño se había ido y Ela había decidido ocupar mi mente.

Yo: No cambies el tema.

Ela-acosadora: No puedo dormir.

Ela-acosadora: Aburrido: no tener planes para el fin de semana.

Yo: Supongo que soy aburrido.

Ela-acosadora: Vaya, estoy preocupada por ti. Entonces, ¿serán solamente tú y la tarea? ¿La televisión también está invitada a tu fin de semana inolvidable?

Yo: Puede ser.

Bostecé y sentí mis ojos avisándome que el sueño regresaba.

Ela-acosadora: Me siento sola.

Yo: Empiezo a creer que siempre te sientes sola.

Ela-acosadora: Tal vez es así, ya ni siquiera mirar el techo es interesante, he memorizado cada línea y mancha. Del mismo modo en que puedo recordar a la perfección cada camino alrededor de mi casa.

Yo: ¿Acaso no tienes tarea qué hacer?

Ela-acosadora: Nop.

Ela-acosadora: Y para tu mala suerte eres mi único amigo.

Ela-acosadora: Eres el único que puede escucharme… Podría contarte todos mis problemas.

Yo: O podríamos dormir un poco más, aprovechando que es sábado y somos jóvenes sin preocupaciones.

Ela-acosadora: Habla por ti, porque yo…

Dejé de leer y silencie los mensajes para tratar de dormir de nuevo porque Dios, no hay nada mejor que dormir hasta tarde los fines de semana. Por ello, me envolví en mis mantas e ignoré el sonido de la calle que atravesaba el delgado vidrio de mi ventana al lado de la cama. Estaba pensando seriamente en mover la cama al otro lado de la habitación por la tarde. Así dormiría y dormiría a menos que el estúpido del teléfono no dejará de sonar y luego vibrar sobre la mesa. Para colmo, aquella persona no dejaba de insistir, ¿quién osaba a interrumpir mi recién devuelto sueño? ¿Acaso Ela había decidido dejar atrás los mensajes para obtener mi atención con llamadas? Pues no caería por eso, ni por alguna maldit…

—¡¿Qué quieres ahora?!

—Adam, necesito…

Mis ojos se abrieron al darme cuenta que no era Ela al otro lado de la línea, sino mi amigo Simón que se escuchaba bastante asustado.

—¿Simón? ¿Qué pasa?

Me quede esperando por su respuesta por un largo tiempo.

—Mi teléfono dice que hoy es sábado…

—Sí, porque hoy es sábado.

—No, no lo entiendes. Ayer no… Estoy seguro de que ayer era jueves a menos que haya olvidado todo el viernes por completo, porque no recuerdo ningún viernes y… Tal vez estoy perdiendo la cabeza.

—Espera, no hables tan rápido y cálmate. ¿De qué estás hablando? ¿Acaso tomaste anoche?

—¡Estoy hablando en serio, Adam! —Se exaspero y empecé a preocuparme.

—Bien, ¿qué es lo último que recuerdas? —Pregunte, tratando de llegar a una solución o cualquier cosa que le diera sentido a todo el asunto.

—Me fui de tu casa directo a la mía y entonces un hombro extraño apareció frente a… —Su voz se volvió un murmullo. —¿Qué hice ayer, Adam?

—Lo mismo de siempre, ahora, ¿te encontraste con quién? —Ahogué un bostezo y lo escuche con atención.

—Escucha, Adam. Estoy llegando a tu casa, entonces hablaremos… Esto es algo serio y preferiría no hablarlo por teléfono. Pero, dime que ayer no hice nada malo. Necesito saber si dije algo extraño o no lo sé. No quiero que pienses que soy un debilucho, pero por primera vez en mi vida tengo miedo, Adam. Y creo que no soy el único que debería temer.

Me colgó antes de poder responder cualquier cosa y cuando finalmente procesé que estaba viniendo, me fui a tomar una ducha rápida y vestirme con lo primero que encontrara. Resulta que mi abuela no toleraba que recibiera visitas o saliera sin antes tomar un buen baño, decía que no quería un nieto oloroso. Empezaba a creer que simplemente lo hacía para molestarme.

—¡Adam, tienes visita!

Me apresure a ponerme una camisa gris que había encontrado al fondo de mi armario y corrí al primer piso mientras me ponía las medias y los zapatos. La pantalla de mi móvil se encendió en aquella conversación que no me molesté en terminar.



Wanda Quiceno

Editado: 06.07.2018

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