No dejes que me encuentre

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Capítulo 8

Hay vida en el bosque, la luz del sol llega por todo lado, se escurre entre las hojas de los árboles y ahuyenta las sombras. Camino sin afán, pisando las hojas en el suelo, estoy rumbo a un lugar desconocido. Entonces, alguien me llamó a lo lejos, justo detrás de mí, así que me detengo y miro por sobre mi hombro, rodeado por un repentino pasto alto. Hay una chica no muy lejos, ella me mira desesperada y creo que la he visto en algún lugar. La veo crecer, se hace más alta… ¡No! Yo me estoy hundiendo.

La tierra que estoy pisando se ha vuelto demasiado blanda, me esta tragando poco a poco y como si fuera una persona o tal vez muchas, me esta sujetando con fuerza. Con mis manos busco de que sostenerme, sujeto las raíces del pasto; pero no tiene caso. La chica corre hacia mi en su vestido rosa, es corto y no deja de ondearse en sus pìernas por sus movimientos. Ella no puede alcanzarme o eso es lo que pienso, que estoy fuera de su alcance o puede que en realidad sea ella quien lo esté, es decir, ella está fuera de mi alcance.

No sé cómo voy a salir de esto; pero quiero sobrevivir.

Ella se abalanza sobre mí y toma mis manos, su vestido se ha ensuciado por completo sobre el barro que me rodea, todo se hunde a mi alrededor, excepto ella.

—Tengo un trato para ti, Adam —. Miró su boca moverse y luego veo sus ojos miel mirándome con imperturbable serenidad y sé quién es ella. —Adam, no tenemos mucho tiempo.

—Tu vas a ser mi muerte, Ela —le dije, asustado y enfadado.

—Puede que tú también seas la mía, pero como que yo ya llevo la delantera en esto —dijo malhumorada. —Hagamos un trato…

—¿Un trato?

—Debes protegerme.

—No puedo hacerlo.

—Te daré el poder para hacerlo y… salvaré a tus amigos. Eso es lo que quieres, ¿no? Ella no lo hará, no tiene tanto poder.

Mis hombros empezaban a desaparecer y nuestras manos se resbalaban las unas de las otras. Las de ella lucían tan delgadas, mucho más blancas que las mías, que se inclinaban más al amarillo. Volví la mirada a sus ojos y me percate de la seriedad en ellos, iba en serio con lo que decía. Entonces, me sujete a ella con más fuerza, antes no le había puesto el suficiente empeño; pero si quería vivir sabía que esta era mi única oportunidad, mi salvavidas.

—Esta bien, te protegere. Lo haré.

—Trato…

Ella me soltó y me ahogué en la más profundidad. ¿Por qué me había dejado ir? ¿Acaso no dijo que me salvaría?

Caí en un lugar oscuro, mis manos sintieron tierra a mi alrededor, tierra seca; pero mis ojos no lograban discernir nada. Me toque todo el cuerpo, asegurandome de que aún fuera yo. Seguía usando mi chaqueta de cuero negra, mis jeans oscuros y la camiseta gris. Me levante a ciegas, notando que estaba sentado y empecé a caminar hacia algún lugar o tal vez ninguno, puede que estuviera dentro de la nada. ¿Podría ser esto la muerte? ¿El limbo? ¿Llegaría al purgatorio? ¿Dónde estaba?

Una luz se asomó no muy lejos y pude distinguir un túnel o una cueva, toque la pared y sentí la piedra en ellos. Era una cueva. Me dirigí a la luz y vi tres sombras, me acerqué más y encontré tres mujeres sosteniendo un hilo. Mi vida. Entre ellas aquella mujer de mis sueños, la del caballo me miraba.

—Has aceptado tu destino —dijo y me entregó el hilo. —Esto te pertenece ahora. ¿Estás listo para asumir las consecuencias?

—¿Consecuencias?

Miré detrás de ella y vi velas encendidas alrededor de la cueva, un círculo completo. Entonces tomé el hilo rojo en mis manos, temblando por el frío de la habitación.

—Eso no estará por siempre en tus manos, solamente te lo entrego porque tendrás que enfrentarte a algo con el mismo poder, fuera de control.

—Espera, lo que dijiste la otra vez…. Hablabas sobre que tenía que enfrentar algo que a ustedes se les salió de las manos… Pero, Ela…

Ellas se alejaban de mí, no tenían ningún interés en escuchar lo que pensaba, porque ya habían cumplido su cometido. Intenté acercarme, pero en ese mismo instante un soplido recorrió la habitación, apagando una a una de las velas. Me estaba congelando; sin embargo, mi mano izquierda se mantenía cálida.

—Adam —el doctor me llamaba. —¿Adam?

—Es cierto, su mano se movió —mi abuela insistía. —Esta despertando, Tom. ¡No me mires así! Te llame para que lo vieras despertar, ya que apenas abra sus ojos no pienso separarme de su lado. Entonces, si no te llamaba antes, no podría hacerlo después.

Abrí mis ojos y le di una mirada llena de sorpresa a mi abuela, luego note la habitación del hospital del pueblo. Me dolía todo el cuerpo, también me pesaba por completo. Me pase la mano derecha por el abdomen, recordando lo que había sucedido la última vez y encontré que llevaba una bata de hospital. Eso respondía a porque tenía tanto frío. Además, las mantas no eran muy gruesas y el clima seguramente no estaba a mi favor, nunca lo está. Toqué la piel sobre mi estómago y la encontré tan lisa como la recordaba. Estaba completo y sin ninguna herida. ¡¿Pero qué…?



Wanda Quiceno

Editado: 06.07.2018

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