No dejes que me encuentre

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Capítulo 23

Alguna vez te has sentido atrapado en tu propio cuerpo y sin salida alguna, en realidad muchos lo sentimos, aunque mi sensación es un poco más real y más claustrofóbica. Se siente como estar dentro de una gran casa, pero estando completamente atrapado en una habitación sin salida, es casi como sufrir de aislamiento en una cárcel. Sabes que afuera hay mucho más que las paredes a tu alrededor porque lo escuchas, lo sientes y lo percibes; sin embargo, no puedes interactuar con nada de ello aún deseando poder hacerlo. De repente, ni siquiera eres dueño de tus acciones. Ya no eres tú y nunca volverás a serlo. Tu único compañero es la soledad y los recuerdos que siempre preferiste olvidar pero se arrastran dentro de las sombras en cada rincón de la habitación para que sepas que aún existen y que tienen el poder de atormentarte en tu estado más débil e incluso cuando todo pareciera ir bien.

Tienes miedo, yo tengo miedo.

Y después de un tiempo, las paredes empiezan a moverse hasta acortar el espacio que tenía lo que te vuelve cada vez menos libre de ti mismo, ya no puedes pensar porque todo se vuelve completamente vacío. Por supuesto que tienes miedo, porque sabes lo que sucederá si te permites olvidar, si te permites no encontrar una salida, rendirte sin intentarlo y esperar a que aquellas paredes te dejen sin nada hasta asfixiarte. Porque sabes que si sucumbes a la desesperación caerás. Pero, lo más importante es que si no luchas de vuelta desaparecerás para siempre. Y no quería hacerlo, admito que me daba más miedo desaparecer que vivir.

Tal parece que el cuerpo es una celda demasiado pequeña para dos almas.

—¡Aaaaaaaaah! —Me escuché gritar aunque no estaba muy segura de haberlo hecho.

Deseaba desgarrar mi cuerpo para poder respirar, así que arrastré mis manos por mis ropas y arañé mi piel en busca de destrozarme por completo. Rasguñe mi cuello y mi rostro mientras peligrosos truenos se escuchaban a lo lejos, probablemente causados por mi y mi lucha mental. Grité de nuevo y enredé mis dedos en mis cabellos para halarlos con fuerza porque sentí que estaba a punto de explotar. El dolor que me causaba a mi misma me mantenía en control mientras luchaba para recuperarlo, para permanecer en el mundo que tanto tiempo me había abandonado y me hacía sentir como un monstruo sin valor alguno. Mi mente era un remolino que me absorbía con mucha fuerza o eso intentaba, porque me sujetaba de mi misma y me aferraba al presente y el futuro que tal vez podía ser brillante y menos solitario, me agarraba de una promesa casi inexistente, si no lo hacía no podría regresar nunca.

—No te resistas —lo dijo mi voz, pero no era yo. —Dejate ir.

Me golpee los oídos para no escucharla o escucharme porque me aterrorizaba, me disgustaba y al mismo tiempo me convencía de hacer lo que tanto luchaba por detener, estaba perdiendo el agarre… ¿de qué? Del aire, de la tierra, de la realidad, del mundo, del presente, de mi misma…

De mi ser.

Me estaba yendo a esa habitación que en algún momento caería en una profunda oscuridad y entonces, desaparecería. No me quería ir, pero ya era tarde. El remolino ya me estaba absorbiendo sin importar cuanto tratará, era un caso perdido. Estuve tanto tiempo esperando a que algo cambiara y temiendo que lo peor llegara, no podía dejar de reprocharme por mi ceguera ante cada acto o persona que lograba deslumbrarme lo suficiente como para no ver su verdadera naturaleza. Era comprensible tener un final de tan reprochable magnitud, yo misma lo había causado al desear lo que no tenía e ignorar aquello que ya era mío. La vida y su belleza misma. Y mientras mis pensamientos desaparecían dentro de una mente que empezaba a retorcerse, pensé en el pasado y luego en nada.

Cuando abrí mis ojos, era alguien más. Ela se había ido.

Supongo que finalmente sería libre, por algo dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea, parece que esa fue siempre mi maldición.

 



Wanda Quiceno

Editado: 06.07.2018

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