No dejes que me encuentre

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Capítulo 32

Mi abuela me miraba como el perro mojado que parecía porque la sombrilla no había servido de mucho cuando ya la lluvia había hecho de mí todo un arte de cómo terminar empapado. Entonces, di un fuerte estornudo que me sorprendió considerando que las enfermedades se habían vuelto casi inexistentes para mí porque mi sistema inmunológico se había vuelto una fortaleza impenetrable de la que ahora empezaba a dudar. Tal vez, aún era lo suficientemente humano como para caer en un resfriado o no, lo evitarìa si podìa.

—¿En dónde estabas? —Me preguntó de forma amenazante.

—Abuela, estaba en medio de algo —le dije sin profundizar mucho al respecto.

—¿En medio de algo? ¿Qué? ¿Acaso no puedo saberlo? ¡Aún sigues viviendo bajo mi techo! —Exclamó con enojo y miré a mi alrededor en busca de alguna salvación para evitar tener que responder. Para mi fortuna, Simón entró a la casa luciendo como un total desastre, mucho peor que yo. Caminaba arrastrando los pies y su palidez casi lo convertía en un zombie o muerto viviente, como deseen llamarle. —¡Dios Santo! —Se asustó mi abuela al verlo, cubriéndose la boca con las manos. —Pero, ¿qué te ha pasado? —Se le acercó preocupada y levantó su cabeza para poder observar su rostro escondido bajo una gran cantidad de pelo que le cubría toda la frente y puede que los ojos también. —¿Esas son…?

—Ojeras, abuela —le dije de inmediato al ver que se enfocaba justamente en ese punto de su rostro y entonces, ella me miró de forma mordaz. —Vivirá —comenté.

—A ver, dime que te ha pasado —ordenó a Simón.

—No sé cómo concluir y el marco teórico… —Empezó a murmurar y abrió sus ojos como si estuviera a punto de enloquecer. —Y la fecha límite…

—Tú —me señaló sin dejar de mirar a Simón consternada por su estado. —Ayudalo, porque no tengo idea de que está hablando. —¡Ahora! —Urgió y empujó a Simón hacia mi dirección antes de salir huyendo a algún otro lugar de la casa para que dejáramos de agobiarla con nuestros problemas.

—Ven conmigo Zombie, vamos a encontrar como ayudarte —le dije y él asintió obediente y siguiéndome a su habitación para conseguir su computadora y trabajar en su tesis. Siempre le dije y repetì qué debió haber elegido una carrera màs fàcil. Asì no se hubiera complicado tanto la vida memorizando ley tras ley.

En la madrugada del día siguiente terminamos las revisiones y sugerencias, además de los cambios que Simón agrego y luego finalmente se echó sobre su silla y pareció recuperar un poco de color.

—No estudiaré de nuevo —anunció. —Cuando termine con esto, será todo.

—Bien por ti —le dije.

—Ahora, de vuelta a la vida —se burló de si mismo. —¿Me dirás por qué llegaste empapado y con cara de idiota? —Me sorprendí al saber que había notado todo eso cuando lucía lejos de esta realidad.

—Creo que fui víctima de una ilusión, de nuevo —confesé.

—¿Esto es sobre Ela de nuevo? —Me preguntó.

—Estoy seguro que la vi, incluso la seguí —le dije. —Hablé con ella y… Pude sentirla —, miré mis manos recordando aquel momento. —Pero, en un parpadeo ella ya no se encontraba allì —dije desolado. —Ella nunca estuvo allì —concluí.

—¿Dónde la viste? —Volvió a preguntarme con gran interés.

—No importa —me levanté del asiento junto al escritorio y salí de la habitación para dirigirme a la mía. Me sentía casado y mi mente no me dejaba atormentarme con lo sucedido horas atrás. Aún podía sentir el roce de su mano cuando me entregó la sombrilla, juraba haberlo sentido hasta que me encontré completamente solo debajo de la lluvia y una calle solitaria junto al bosque. ¿Habría sido el bosque? Ahora incluso él se burlaba de mí, jugaba con mis sentimientos de un modo cruel.

Enojado, abrí la puerta de mi habitación para dirigirme a un destino completamente diferente, deseaba hablar con Madame Le Destin y sin embargo, el lugar al que me dirigió fue a la misma calle donde creí haber visto y hablado con Ela. La cerré de nuevo con fuerza, aún frente a mí la observé como si hubiera tomado vida propia. Entonces, la abrí de nuevo y entré a la gran sala u oficina del destino. Estaba completamente oscura, excepto por una lámpara de escritorio que iluminaba el rostro de la dueña del lugar, que me miraba con cautela y cansada.

—¿Quieres sentarte? —Me dijo al mismo tiempo que iluminó la zona alrededor del escritorio e hizo aparecer la misma silla de madera de siempre para que me sentara frente a ella para tener una larga conversación. —Te ves… No tan bien —pude ver que intentaba ser amable, pero su mirada no mentía.

—Estoy seguro que la vi —repetí en voz alta lo que no dejaba de decir en mi cabeza.



Wanda Quiceno

Editado: 06.07.2018

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