No dejes que me encuentre

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Capítulo 33

Me desplacé entre el césped crecido con incertidumbre sobre lo que podría encontrar y en un momento creí ver a una chica correr entre los árboles. La seguí y terminé en el dichoso lago donde Adara se bañaba tranquilamente. Me di la vuelta cuando vi que estaba desnuda y la escuché reírse de mí.

—Adam, te estaba esperando —me dijo y preferí seguir dándole la espalda por si acaso. —Me pidieron que te llamará —cuando la escuché decir eso me di la vuelta de inmediato y la vi rodeada de agua. —No, solamente mentía para ver si te dabas la vuelta —se burló de mi sumergida en el agua hasta el cuello y me sentí como un tonto al caer en sus estupideces. Ya había visto a la ninfa más de una vez caminando por el lugar sin prestarme mucha atención, excepto cuando estaba aburrida. —Pero, sé lo que estás buscando…

—Ah, ¿sí? —Ya no le creía, siempre solía decir todo tipo de mentiras cuando decidía jugar conmigo y ya había aprendido que lo mejor era dejar de escucharla.

—Luces como basura, ¿sabes? —Me dijo con una sonrisa malvada.

—Gracias, no sabes cuánto me esfuerzo para lucir así de bien —le dije con desdén y buscando la forma de terminar con la conversación.

—Eso o que te hace falta… Ah, no. Al Señor de la Muerte que le puede faltar —comentó pensativa. —Probablemente una vida —sugirió y me reí sin ganas de su ocurrencia cínica.

—Claro, fue un gusto verte —empecé a despedirme.

—Buscas a Ela —dijo entonces. —Ha estado revoloteando por ahí, aunque no es realmente ella —al finalizar se zambulló de lleno en el lago y no regresó a la superficie. Típico, finalmente dice algo con sentido y justo decide escabullirse.

—¿Eso es todo? —Le pregunté molesto. —Supongo que sí —era obvio que ya no volvería para hablar conmigo. Me metí las manos en los bolsillos del pantalón y continué la caminata que no parecía nada eficiente para su propósito.

—Volviste —otra voz familiar que se hacía presente.

—No creí que alguna vez fuéramos a encontrarnos de nuevo —dije mientras miraba al lado izquierdo para encontrarla. —Natur.

—Adam, no has cambiado mucho —señaló. —Aunque creí que ya se habría rendido para este momento —mencionó. —Muchos lo hacen después de un tiempo, aún más cuando el lazo no es tan fuerte.

—¿Dónde está Ela? —Pregunté.

—Ya sabe dónde está —me dijo. —Simplemente, no es bueno que la veas aún, necesita un poco más de tiempo —aseguró. —Pero, su espíritu a veces sale por ahí o una parte de ella, la niña que nunca pudo crecer. ¿Cuantas veces la has visto?

—Ayer —le dije.

—Me parece que ha sido más de una vez —dijo y pensé un poco más en ello. —Ocurre más que todo en las noches de luna llena, es cuando las almas perdidas tiene más poder y libertad. De cierto modo, su alma es considerada dentro de esta categoria.

—Oh —Lo que dijo me desanimo un poco. —Entonces, ¿cuándo regresará? ¿Cuando regresará Ela? —Pregunté con calma.

—No lo sé, el bosque perdió una parte de si mismo al igual que ella, no ha sido fácil.

—No ha sido fácil —repetí aquellas palabras fastidio. —Pero, yo ya me cansé de esperar —le dije y aquel arrebato la sorprendió, me miró no muy segura de lo que haría a continuación, algo que ni yo mismo sabía hasta que comencé a caminar de nuevo con una renovada resolución. —Siempre me impiden llegar a ella, no importa cuánto lo intente —me quejé. —Necesito que se detengan, ¿no se les ha ocurrido pensar que tal vez yo pueda hacer algo? ¡Soy el Señor de la Muerte!

—Aún es demasiado joven para entender —comentó Natur.

—Como sea —caminé y caminé hasta llegar a… La salida. —¡Por el amor de Dios! —Grité exasperado.

—Lo siento, Adam —Natur se lamentó y entonces desapareció como siempre, como todos lo hacen, dejándome afuera. Eso no evitó que intentara regresar de nuevo otra vez, ocho veces ese día y tres cada día siguiente. Cada semana me paraba frente a la hilera de árboles y les gritaba a todo como un niño inmaduro que no entendía un no por respuesta. Cada mes mi impaciencia se volvía en mi contra y terminaba más lleno de frustración hasta ahogarme en la nada. Cada año olvidaba lo que esperaba hasta que los recuerdos me agobiaban, porque ella regresaba a mi de vez en cuando como si temiera que la olvidara. Creía verla afuera de mi casa cuando miraba por la ventana o cuando acompañaba a mi abuela en sus asuntos. Conocí todo tipo de personas, perdí miles de relojes, el sueño dejó de hacerme falta y el hambre ya no era una prioridad para mi. Algunas mañanas me miraba al espejo y no me reconocía, aunque era obvio que lucía igual pero con ojos cada vez más claros. En ciertas tardes miraba atrás y me preguntaba hacia dónde me dirigía. Y luego había noches en que salí a caminar en busca de luna llena, pero a ella le gusta hacer todo a su tiempo. No todo era exacto, a veces no la veía por meses, ella no aparecía.



Wanda Quiceno

Editado: 06.07.2018

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