No dejes que me encuentre

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Epílogo


Adam y yo esperamos en la sala de estar de su casa en silencio mientras las manecillas del reloj se movían en nuestra contra, la tensión se sentía en el aire a un nivel impresionante. El aire se cortó cuando escuchamos pasos que se acercaban y frente a nosotros con aquel bastón que tanto lo caracterizaba, apareció el mensajero divino con una expresión grave y poco dispuesta. Revisó la habitación primero y entonces con la mirada movió un sillón para sentarse frente a nosotros. El silencio era insoportable y su mirada no ayudaba mucho, incluso empezaba a hacerme sentir nerviosa.

—Será mejor que empiece a hablar pronto porque mis nervios ya no aguantan más y estoy a punto de crear una gran tormenta en algún lugar de la tierra —dije casi sin aliento.

—Ya veo —fue lo único que dijo, nada asustado por mis palabras. —Entonces, empezaré ahora —puso algunos documentos sobre la mesita en medio de nosotros. —Hemos revisado su petición y después de diez años de relación hemos decidido aprobarlos.

—Ese no es el punto —le recordé, ya había dejado claro que no me importaba si nos aprobaban o no, aunque Adam si se preocupaba por eso todos los días, al menos ahora podría dormir en paz y no evitar los sueños como lo hacía últimamente.

—Gracias —dijo Adam.

—También, decidimos no castigar la falta de la señorita Ela al añadir más años de vida a… —dejé de escucharlo por un momento. —Sin embargo, siempre hay consecuencias y por eso me temo que se ha levantado una prohibición contra ustedes, aunque en realidad es algo de lo que se ha estado hablando por un largo tiempo.

—No nos vamos a separar de nuevo —Adam lo dejó claro.

—No es sobre eso, son cuestiones de reproducción —la forma en que lo dijo me incomodó y no pude evitar mirarlo mal. —Me temo que…

—¡Estoy embarazada! —Solté la noticia y los dos me miraron sorprendidos. —Ahora, ¿de qué iba esa prohibición?

—Ahora lo entiendo —empezó a reírse antes de decir algo coherente. —Lo ha dicho antes de que pudiera nombrar la prohibición, de modo que no pudiera ser considerado como…

—No he roto ninguna regla —le dije. —Francamente, me alegra que no me castiguen por lo que hice a Silvia, fui muy cuidadosa al respecto y en cuanto a mi vida, solamente quería dejar claro que no permitiré que la manejen a su antojo.

—¿Por qué quería que viniera hoy?

—Necesitaba que lo escuchara, creo que ya fui castigada lo suficiente y lo único que deseo ahora es recibir el perdón. ¿Es eso tan difícil de entender? Ya no soy una niña, no cometeré los mismos errores y ahora tengo algo por lo que luchar.

—Lo sabemos, Ela —dijo con calma. —Esta bien, eres libre de toda culpa, se feliz e intenta no causar muchos problemas — sonreí ante su respuesta y él lo hizo también.

El mensajero divino se fue poco después, los dos nos despedimos de él y al quedarnos solos contemplamos el mañana de forma diferente. Habíamos decidido ser inmortales por un tiempo y vivir una vida plena, pero sobre todo juntos. Aprendimos que el destino estaba lleno de variantes y que pese a ello nosotros podíamos elegir nuestro destino, y ya habíamos hecho nuestra elección. Ampliamos mi cabaña en el bosque y después de considerarlo por un largo tiempo decidimos hacer de ese nuestro hogar, allí también viviría la abuela Silvia, en un lugar donde las reglas de la vida no podrían aplicarse del mismo modo y así no temería por el futuro. Por supuesto, ella ya había decidido que se quedaría lo suficiente para ver a los niños crecer y entonces se iría al lado de su esposo en el más allá.

Así dejé de ser la chica solitaria y triste del bosque, finalmente fui rodeada de amor y el mañana ya no me asustaba, porque no estaba sola y el olvido era algo del pasado al igual que el temor a la muerte.



Wanda Quiceno

Editado: 06.07.2018

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