No hay peor infierno que el cielo mismo

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Capítulo 16: Los cuatro jinetes del apocalípsis

1

 

Miguel observó a los cuatro jinetes del apocalipsis que se encontraban frente a su trono.
El primero de los cuatro montaba un caballo blanco y portaba un arco en su mano derecha y la crin del caballo eran sus flechas.
El segundo de los cuatro montaba un caballo de pelaje rojo encendido, al jinete se le otorgó una gran espada y le permitieron llevar guerra y destrucción a la tierra.
El tercero de los cuatro montaba un caballo negro y portaba una balanza en su mano derecha. Esta vez sobre la balanza se encontraría la tasa de natalidad y mortalidad, se inclinaría hacia la segunda con un gran peso sobre ella.
El cuarto de los cuatro montaba un caballo gris y portaba un gran escudo dorado, con él…anteriormente se le había ordenado proteger a los fieles siervos de Dios, pero…ahora, este debería proteger a los otros jinetes para así erradicar a la humanidad.

Miguel sonrío al verlos a todos reunidos.

—Será divertido –Exclamó el nuevo Dios- Deberán bajar a la tierra y causar el mayor caos posible –Ordenó Miguel con la autoridad que Dios mismo le había otorgado.

Los cuatro jinetes obedecieron, traspasaron las puertas de San Pedro y bajaron a la tierra.

 

2

 

— ¿Seguro que estás bien? –Preguntó Kiria.

—Claro que lo estoy –Contestó Sorath- Hay que irnos de aquí lo antes posible.

Leonardo los observaba desde la ventana, se había quedado allí quieto de nuevo después de darle un abrazo a su querido hermano Sorath. Le gustaba observar a todos haciendo su vida con normalidad a través de las ventanas pero…ya no era así, todos se encontraban refugiados y él sólo miraba hacia una calle totalmente vacía. Sin personas. Sin tráfico.

— ¿A dónde tienes pensado ir? –Preguntó él, sin apartar la vista de las calles vacías.

—Primero quiero comer pan…en una cafetería…y después tratar de llegar a ciudad Horren con Cristian para despedirme de Kentín y morir antes del sol negro.

—Te acompaño por el café, después arreglamos el resto –Contestó Leonardo.

Kiria tomó a Sorath del brazo y caminaron hacia afuera del cuarto de hospital, Leonardo los siguió.

— ¿No deben decirte que te puedes ir? O algo así –Preguntó Leonardo una vez estando los tres en el pasillo.

—Debería esperar a eso, pero… ¿Crees que tengo tiempo para algo así? Malditos mortales –Contestó Sorath.

—Tú no eres el inmortal, ese es tu padre… -Susurró Kiria dentro de tu cabeza.

Cierto… Pensó Sorath.

Leonardo quedó desconcertado pero siguieron caminando hacia la puerta de atrás.

—Debo…volver por el auto –Dijo Leonardo corriendo hacia la entrada- Los veo afuera en tres minutos.

No escuchó una respuesta pero él estaba seguro de que así sería. Al llegar a la sala de espera se encontró con aquel desconocido que había ido por el café

—Te dije que todo saldría bien –Dijo aquella persona sosteniendo su café.

El mejor café del mundo servido en un vaso cualquiera.

Leonardo no se detuvo y cuando pudo analizar lo que le había dicho su nuevo conocido ya se encontraba fuera del hospital, cuando regresó un segundo después él ya no estaba.

El mayor de los hermanos Smith anteriormente había pedido un Ford Camaro último modelo por teléfono a una agencia cercana, el automóvil se encontraba aparcado en el estacionamiento del hospital. Subió a su auto nuevo y se dirigió a la parte de atrás del hospital, al llegar Kiria y Sorath lo esperaban, Sorath aún llevaba puesta la bata azul típica de los hospitales.

Leonardo hizo sonar el claxon del Camaro y ambos subieron a él.

— ¿Ha pedido un taxi? Señor –Preguntó Leonardo.

—10 minutos tarde –Dijo Sorath.

—Será gratis –Contestó Leo.

Kiria sólo apareció en la parte trasera del auto.

Leonardo condujo hacia la salida de Washington rumbo a Carbas.

 

3

 

Lawliet sabía que había poco tiempo antes del sol negro, de hecho…sería al día siguiente. Algo lo sacó de su ensimismamiento, un gran golpe en el suelo frente a él.



Dirk Blackmore

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En el texto hay: dios, diablo, cielo e infierno

Editado: 29.01.2019

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