No llores, mi Princesa ©

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CAPITULO 13

Mi cabeza, a punto de reventar golpea mis sienes y mis ojos sin piedad; cada sonido es un insoportable pitido que se repite sin cesar en mis sensibles oídos. A tientas, sin siquiera abrir los ojos, busco el despertador con mi mano hasta mandarlo a volar por mi habitación. Los pitidos cesan, y el silencio vuelve a invadir mi habitación, sin aliviar las punzadas detrás de mis ojos. Despacio, giro sobre mi espalda, y grito hasta las lágrimas, mientras las imagines de anoche invaden mi mente. No entiendo lo que pasó ayer, nunca antes mi padre me había golpeado. Siempre fue un hombre serio e implacable, pero nunca violento. ¿Qué hice para merecer ese trato?
¡Hasta le hice un maldito emparedado!
Con la palma de mis manos presiono mis ojos, no quiero llorar, si lloro me dolerá aún más la cabeza. Pero no lo logro, me siento tan desdichada, sola, frágil e inútil que comienzo a llorar. Extraño a mi madre y a mi hermano, con ellos, mi padre jamás hubiera tocado un solo cabello mío; el bastardo uso una maldita faja. Lo odio, si antes lo despreciaba, ahora juro que él pagará de una forma u otra.
De pronto, escucho unos pasos detrás de mi puerta, y sin importar las punzadas en mi espalda, me lanzo para cerrar la puerta con llave. 

—Catalina, ¡abre la puerta ahora! —me advierte la esposa—. Catalina más te vale abrir la puerta. —No la abro, y espero—. Tengo tu celular —me advierte con malicia. Sabes, recibiste muchas llamadas, a ver tienes a Fabiola, Alessandro, y ... —Justo en ese momento mi celular suena—. Mira, Antón está llamándote. 

—No contestes —le ordeno.
Pero ella no me hace caso: “Antón, Catalina no puede ir a clases hoy... Sí tiene gripe, pienso que podrá volver mañana.” Y la llamada se termina.
A pesar de mi dolor de cabeza, golpeo sin parar mi cráneo contra la puerta. Es la primera vez que Antón me llama y esa mujerzuela le contesta. Estoy tan enojada que casi abro la puerta para gritarle sus cuatro verdades. En su lugar, me desquito con la puerta golpeándola con la palma de mi mano hasta sentirla arder y doler. 

—Catalina, ¿cuándo piensas salir? —me pregunta la bruja. Sigo sin contestar, no pienso hablarle más nunca—. Bien, entonces saldrás cuando yo lo diga —dice y escucho algo metálico tocar las manijas, ¿estará encerrándome? Sin poder creerlo, con cuidado, quito el cierre de la puerta y muevo las manijas despacio... pero la puerta no se abre—. ¿Ahora sí quieres salir? —pregunta riéndose—. Fallaste a tu deber Catalina, y me desobedeciste. Abriré la puerta para el almuerzo, te daré tu celular y llamarás a Alessandro. Lo invitarás a casa, y tu padre podrá hablar con él. Entre tanto, piensa bien lo que vas hacer. En tu baño encontrarás todo el neceser para tu espalda.
Sigo sin contestar.... sus tacones golpean el suelo con impaciencia, en espera de alguna respuesta mía, pero no se la daré. Desde aquí, puedo oler su perfume envenenar el ambiente de mi habitación. Esa bruja es peor que una serpiente, es un escorpión venenoso y mortal.
Me alejo de la puerta, y la cierro con llave.
No abriré, no comeré, no llamaré.
No haré nada.
Adolorida, me muevo a cómo puedo hasta el baño. Como la esposa dijo, hay una canasta llena de cremas y pastillas. Leo cada tubo, y preparo todo lo necesario para curarme.  
Ahora, me toca desvestirme, y sé que va a doler.
Inspiro con fuerza, y despacio me quito la camisa poco a poco. Todo va bien por el momento, logro sacarla hasta la mitad de mi espalda, cuando mi camisa se queda pegada.
Maldigo en voz alta, la sangre se secó sobre la tela. Me detengo a pensar... podría jalarla con fuerza, pero me lastimaría más. Podría mojar mi camisa. Y con esa idea lleno la tina de agua tibia. 
Por mientras, me miro al espejo y con estupor, descubro el chichón en mi sien derecha. Es horrible, no podré cubrirlo con maquillaje. De inmediato, tomo un cepillo e intento cubrirlo con mi cabello. Examino de cerca el resultado, no se nota. Solo que ahora, me parezco... ¡a la hija de un político! Irritada, tiro mi cepillo al espejo, y me dejo caer al suelo. 
No me derrumbaré, soy fuerte, soy la hija de mi madre, no me rendiré.  
Me repito esa frase hasta convencerme por completo. 
Decidida, voy hacia la tina y cierro los grifos. Sin pensarlo de más, entro toda vestida. Cada laceración me pica y me arde, pero me concentro en tratar de quitarme la camisa. Una vez más, poco a poco la levanto: duele al punto de poder hacer un dibujo de cada herida. 
No debo lamentarme, debo ser fuerte. Contraigo con fuerza mi mandíbula y me quito la camisa por completo. El peso de la ropa mojada pone a prueba mis fuerzas. De verdad, me siento como un elefante en una tina pequeña.
“Piensa en algo bonito”.  
Algo bonito, el Cuervo y las estrellas, y sonrio: mi refugio. Ahora siempre pensaré en él como mi refugio, su calor, su perfume mezclado con el cuero de su chaqueta. Él siempre será mi esperanza porque esa noche, nuestro momento juntos me brindo las armas necesarias para luchar contra la oscuridad de esa casa.
Con esa imagen en mente, tomo el jabón y me limpio; poco a poco el agua transparente se vuelve blanca por el jabón.
Cuando termino, salgo y me seco la piel a tientas, me ato el cabello y giro para ver el estado de mi espalda. Por un momento, me observo, pero me cuesta tanto realizar que esa mujer herida sea yo, sigo sin poder creerlo. Siempre pensé que esas historias eran para las demás, pero ahora me doy cuenta que ninguna mujer está a salvo. Le puede pasar a cualquiera, con cualquier persona.
Pero mi propio padre, esa idea me lastima aún más que mis propias heridas. Con suavidad, deslizo mi dedo sobre la herida más hinchada y rojiza. Tardará tiempo en sanar... Tomo cada tubo de crema que escogí, y combino unos cuantos junto con dos pastillas para el dolor y un antiinflamatorio. Me las trago todas con agua del grifo. 
¿Qué haré? Huir... esa idea me hace sonreír... un instante. El tiempo necesario para realizar que mi padre me encontrará a donde sea, tiene los contactos, el dinero, y suficiente determinación para ponerme de rodillas.
¿Cómo podré luchar sola contra él? 
Mi mente me contesta con la imagen de Alessandro. ¿Será? Alessandro no firmó los documentos, ¿por qué? Y ahora mi padre me necesita para relacionarlo con él. Alessandro parece no ser tan manipulable después de todo. Recuerdo las palabras de Fabiola; él también tiene contactos, dinero, solo falta la voluntad.
¿Será capaz de protegerme? Y si confió en él ¿y me traiciona?
Todavía es muy pronto para fiarme en él, necesito probarlo primero.
Por el momento, estoy sola.
No puedo contarle a nadie, y nadie debe darse cuenta. Con esa idea me desplazo hasta mi cama y me acuesto sobre la panza intentando ignorar el dolor hasta dormir.  
En mi cabeza escucho golpes y gritos, vienen de lejos, parecen llegar de la cocina abajo. No estoy segura, los gritos son agudos parecen ser de una mujer junto con una voz masculina. Platos se quiebran, cubiertos caen; en mi sueño me desplazo hasta la puerta de mi habitación, pero la puerta no se abre. La sacudo con fuerza, sin éxito y lloro con todas mis fuerzas llamando a mi hermano, y a mi madre. 



TintaDorada

Editado: 13.08.2019

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