No quiero morir joven ( #1 Saga No quiero)

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Capítulo 33

—Corazón, ¿estás ahí? —Desde mi interior la ira se hizo presente y salí de la ducha chapoteando agua con mi ropa. Me deshice de ella y me coloqué una bata de baño. Tomé el picaporte de la puerta y suspiré antes de girarlo, abrir la puerta y sentir la imponente presencia de Austin frente a mí.

            —¡Eres un jodido bastardo! ¡Te odio! —Grité con todas mis fuerzas mientras golpeaba su pecho débilmente, sintiéndome usado, triste y por primera vez en estas semanas... Solo.

            —¡Damián! —Austin toma mis muñecas y comienzo a forcejear para que me suelte, pero es inútil, tiene mucha más fuerza que yo.

            —¡Suéltame! ¡No me toques! —Gruño con toda la rabia que siento y él parece notar que hablo en serio, pues en seguida aleja sus manos de las mías. Me paso las manos por el cabello, visiblemente frustrado. Las lágrimas han aparecido nuevamente y las limpio con una rudeza impropia de una persona.

            Austin intenta acercarse pero no se lo permito, si él da un paso adelante, yo doy uno atrás, por lo que nos encontramos ahora dentro del baño y en cualquier momento lograré arrinconarme contra la pared.

            —Dam, ¿qué sucede corazón? —Frunzo el ceño y desvío mi rostro para que no vea esa chispa de emoción que él mismo me ha dicho tiende a aparecer en mis ojos cuando me dice de esa manera. Sigo evitando su cercanía hasta que mi espalda choca contra los fríos azulejos de la pared.

            Austin aprovecha para pegarse a mi cuerpo y acariciar sutilmente mi rostro. El calor de su cercanía, la dulzura de sus caricias, la suavidad de su anatomía junto a la mía casi logran hacerme olvidar todo lo que ahora sé... Casi.

            —¿Por qué? —Susurro débilmente, ya sin fuerzas para continuar forcejeando para que deje de tocarme. Sólo quiero abrazar a los niños y no estar cerca de él— ¿Por qué, Austin? —Repito cuando no escucho ninguna respuesta de su parte.

            —¿Por qué, qué? Damián, por amor a Dios, no entiendo qué te sucede —me acuna contra su pecho y gruño mientras los sollozos comienzan.

            Él me abraza con más fuerza de modo que mis lágrimas empapan por completo su camisa.

            —No mientas más, ya sé toda la verdad —murmuró en un hilo de voz, sintiendo como el dolor se hace más agudo en mi pecho, exactamente en mi corazón.

            —¿De qué mierda estás hablando Damián? ¿Cuál verdad? —Se aparta de mí apenas unos centímetros, tal vez para encontrar una respuesta en mi mirada, pero ahí no hay nada. Ya no hay siquiera un gramo de vida.

            —¡Que tienes una mujer! —Grito con todas mis fuerzas— ¡Ya sé que me engañas! ¡Lo más doloroso es que un ella no un él! —Apenas terminó de decir esto último me desplomo sobre el suelo con las manos sobre mi rostro mientras sollozo y mi cuerpo se agita con violencia.

            —¿Qué? —En su voz se escucha su evidente confusión.

            —No te atrevas a negarlo, Austin. Sólo dime, ¿por qué? Si tenías algo con ella cuando me creías muerto, debiste decírmelo. No tenía derecho a juzgarte —limpio mis lágrimas y lentamente comienzo a calmarme—. Si quieres estar con ella, no pienso impedírtelo —como un resorte, me levanto y alzo la barbilla, intentando parecer intimidante. 

            —Damián, ¿De qué estás hablando? ¡Yo no tengo una mujer! —La ira vuelve a hacerse presente y tomándolo por sorpresa, lo empujo— ¡Joder, Damián! ¿Quién te dijo esa estupidez?

            —¿Qué importa cómo lo sé? ¡Sólo deja de negarlo!

            —¡No. Tengo. Una. Mujer! —Dice en un tono de voz que me hace estremecer, haciendo énfasis en cada palabra—. No sé dónde escuchaste eso, corazón, o quien te lo dijo, pero no es cierto. Desde que te conocí hace ocho meses o más no he tenido ojos para ninguna otra mujer, ni siquiera me gustan los chicos… solo tú, Damián. Cuando creí que habías muerto, mi vida se concentró en el alcohol, luego en tus primos Brian y Cloe, y mi hermanita Isabella ya que eran lo único que me importaba, fue gracias a ellos que pude seguir adelante —niego con la cabeza y abro la boca para hablar, pero en unos segundos está frente a mí y coloca uno de sus dedos sobre mis labios, haciéndome callar—. Es mi turno de hablar, Damián —murmura, esta vez más calmado—; no he estado con una mujer, solo contigo desde hace ocho meses. No ha pasado siquiera por mi mente. Cuando no estuviste, tu recuerdo no me abandonaba, estabas siempre en mi mente y en mi corazón. Damián, no podría estar con una mujer u hombre, ¿no lo entiendes? —Intenta tomar mis manos pero se lo impido. Suspira, visiblemente frustrado—. Te amo, corazón. Sólo a ti. Siempre has sido sólo tú... Siempre serás sólo tú.



Wuilder Vargas V.

Editado: 19.06.2019

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