No te vi, te reconocí ©

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Verdades de Melissa

―Me sentía desesperada, los días parecían eternos, las primeras semanas creí que me volvería loca, las manos me temblaban y el pulso siempre lo tenía acelerado, mi humor era espantoso. Una noche destrocé el cuarto, en otra me llegué a comer dos cajas enteras de goma de mascar, todos los días me dolía la cabeza y vomitaba; lo más difícil fueron las terapias psicológicas. El insistente doctor Gustavo repetía una y otra vez que lo importante era aceptar que estoy enferma y que si de verdad quería superar los veintiún días de abstinencia, debía cooperar con todo lo que él me dijera; abrirme a contar los motivos que me impulsaron a consumir. Yo no lo hice, me encerré en mi propio mundo y deseé morirme, así de mal me sentí. Un día en el que devolví lo poco que tenía en el estómago, comencé a marearme y caí desmayada en el suelo del baño, vi todo negro y agradecí que faltara poco para dejar éste mundo de mierda en el que estaba sumergida, cuando abrí los ojos a la mañana siguiente me encontraba acostada en la misma habitación que días atrás había destrozado, sentí decepción, pero sobre todo miedo de seguir viva y continuar siendo la horrible persona que era. Lloré, lloré como no recuerdo haberlo hecho en años, ese día desahogué hasta la última gota de dolor que habitaba en mi pecho, todo esto bajo la compañía y mirada dulce y comprensiva de ese doctor; hablamos por horas, por primera vez en mucho tiempo sentí que me escuchaban, no me sentí sola, llegué a comprender los verdaderos motivos que me habían llevado a la adicción. Algo sucedió en los días siguientes, comencé a pensar que tal vez no era tan malo seguir viviendo, me di cuenta que él tenía razón al decirme que sólo yo podía levantarme y buscar soluciones, ya estaba harta de no encontrarle sentido a mí vida.

»Los días pasaron y yo me sorprendía de mi mejoría, podía pasar el día conversando con el doctor Gustavo sin sentir los temblores en las manos y el pulso se mantenía estable, la droga comenzaba a salir de mi organismo y la esperanza de que podía lograrlo surgió… nunca había llegado a ese punto, las veces anteriores que me había recluido no había aguantado, si te soy sincera, Gustavo influenció mucho en ese cambio positivo que ocurrió en mí, aunque luego entendí que lo que de verdad me ayudó fue hablar de mamá.

Las manos me tiemblan aun estando amarradas, cuando me le quedo viendo percibo algo en su rostro que nunca antes había notado, tristeza, hay mucha tristeza. Sus penetrantes ojos verdes se clavan en los míos, puedo ver claramente el dolor reflejado en ellos, me parece irreal que esté contándome cosas tan personales y privadas, pero ella decide continuar.

»Mamá se fue cuando yo tenía siete años, recuerdo que una noche entró a mi habitación, besó mi frente y me dijo que debía hacer un viaje ―se ríe con amargura―, me pidió que fuera una niña buena y que le hiciera mucho caso a papá… ella lloraba y la abracé, inocente de que sería el último abrazo que le daría. Los días pasaron y no volvía, preguntaba por ella y papá no sabía que responder, se encerraba en su habitación por mucho tiempo mientras yo me sentía cada vez más sola; mi única compañía era cuando los papás de Diego nos visitaban los fines de semana, mientras ellos se sentaban en la sala largas horas a hablar, Diego jugaba conmigo y eso hacía que olvidara un poco la tristeza. Así pasaron los años hasta que comprendí que mamá no volvería, papá no sabía que hacer conmigo, comencé a comportarme rebelde y contestona, sentía el deseo de llevarle la contraria a mamá, estaba en huelga; no me portaría bien y no haría caso hasta que ella regresara.

Imagino a una pequeña rubia de siete años triste y solitaria, no dice las razones del porqué su mamá se fue, tal vez no las sepa, pero ninguna madre tiene justificación para abandonar a un hijo. De pronto me encuentro agradeciendo mentalmente de que Diego hubiese estado ahí para acompañarla, ¿qué me pasa?, ¿estoy sintiendo pena por Melissa?

―Nada de lo que hice funcionó. ―Continúa con los ojos nublados―, mamá no volvió, papá me malcriaba y me llenaba de regalos inútiles como si así pudiera compensar ese vacío. ―Me mira y sonríe débilmente―. Yo no quería ropa, regalos, viajes, autos, quería solo una cosa, pero él no la podía comprar.

Recuerdo la cantidad de veces que Celeste, los chicos de la universidad y yo hablamos de eso, Melissa tiene todo lo que quiere y cuando quiere, pero nunca pensamos que alguien que tiene todo tal vez sienta no tener nada.

―Le hablé mucho a Gustavo de Diego. ―Aparto la vista, el corazón me duele al oír su nombre―, le conté que somos amigos desde niños, le conté como me apoyó cuando mi mamá me abandonó, le hablé de nuestra relación… ―Mi estómago se contrae y cierro los ojos, el miedo a seguir escuchándola me hiela la sangre, no estoy segura de querer saber más, abro la boca varias veces para detenerla, pero la cierro, no puedo salir corriendo, estoy obligada a oír todo hasta el final así duela―, le hablé de como Diego nunca fue más que mi amigo. ―Lo que escucho me hace abrir los ojos sorprendida, ¿he oído bien? Ella alza los hombros―. No me mires así, esa es la verdad. Lo quería porque me entendía y escuchaba, vivíamos situaciones similares, yo perdí a mi mamá y él a sus dos padres; siempre me impresionó la manera en la que él sobrellevó todo, le dolió pero nunca se tiró al abandono, se presentó en mi casa y le pidió empleo a mi papá con tan sólo diecisiete años, decidió asumir responsabilidades mientras yo hacía todo lo contrario, cada día me hundía más y más, él trataba de estar ahí para aconsejarme y ayudarme, pero yo en ese tiempo no sabía valorar nada.



Crln25

Editado: 31.05.2019

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