No te vi, te reconocí ©

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Confusión

Necesito salir rápido de la habitación porque mi cabeza es un caos, estar en presencia de Diego me descontrola mucho, las manos me sudan y no sé cuántas veces he colocado el mismo mechón de cabello detrás de mí oreja. Estoy segura de que él se ha dado cuenta del efecto que produce en mí y lo está disfrutando, me pone muy nerviosa cada vez que cruzamos alguna mirada, es como si estuviera analizando cada uno de mis movimientos y yo no sé cómo comportarme ante tal situación. Bueno, tampoco es como si todos los días descubres que la persona con la que sueñas y nunca has visto sí existe, te salva de un accidente y de paso, es el pecado hecho hombre.

« ¡Tengo derecho a estar descontrolada! »

―Me alegro de que estés mejorando ―digo lo más amable que puedo―, gracias por ayudarme la otra noche, ya debemos irnos.

―Espera. ―Manuel detiene a Celeste del brazo―, todavía no me has dado tu número de teléfono. ―Me mira―. Diego también quiere el tuyo.

―¿Y eso cómo para qué? ―pregunto asustada.

―Es para que mi abogado pueda hacer una denuncia formal en contra del idiota que nos atropelló, necesitan tu declaración. El tipo estaba totalmente borracho y por eso no te vio cuando cruzaste, también quiero que pague por los diez días que llevo aquí ―explica Diego.

Eso suena lógico, ya que estoy segura de haber cruzado cuando me tocaba. Diego parece de verdad interesado en que ese tipo inconsciente pague por todos los daños que le ha ocasionado; después de todo me ha salvado, merece mi ayuda.

―Está bien, anota el número. ―Me siento en deuda con él de alguna forma, así que acepto.

Él sonríe satisfecho, acerca la mano a una mesita que está al lado de la cama y agarra su teléfono, comienza a teclear el número que le voy dictando; a los segundos mi celular suena con el tono de mensaje y lo saco de mi bolso.

Número desconocido:

*Morías por tener mi número, pues aquí está.*

« ¿Pero qué? »

Alzo la vista alucinando y veo que me sonríe con picardía, las mejillas me arden, Celeste y Manuel no se dan cuenta de nada porque están muy animados en su propia burbuja personal. Guardo su número en mis contactos y respondo el mensaje.

Para: Diego Dávila

*Que tarado eres… eso quisieras tú.*

Me encamino hasta la puerta sin esperar su reacción, si me quedo un minuto más capaz y me convierto en gelatina. Veo de reojo que Celeste viene tras de mí a paso rápido para alcanzarme, me dirijo al estacionamiento y apuntando hacia el auto le quito la alarma, pero no entro. Me recuesto de la puerta del conductor, Celeste no tarda en darse cuenta de que algo me sucede y comienza a bombardearme de preguntas.

―¿Qué se supone que pasó exactamente allá dentro, Micaela? ¿Por qué corres?

―No lo sé, es muy confuso, ¡No estoy corriendo!

―¡Claro que es confuso y sí estás corriendo! a ver, explícame cómo es que de: «subo a la habitación, lo conozco, le doy las gracias y nos vamos» ―dice imitándome―, pasaste a agarrar su mano, a estar tan cerca y a parecer que te iba a dar un desmayo cuando entramos. ¡Ah, otra cosa! ¿Ahora eres tartamuda? ¡Y mujer, no puedo olvidar el detalle de que cada vez que Diego te veía o hablaba tu cara era un poema! Me contuve varias veces para no explotar y reírme de tus mejillas de tomate.

Con molestia por sus carcajadas le pego en el brazo.

―¡Ay, cállate ya! ¡Eres insufrible! Me dijo que le dolía el pecho y por eso me acerqué, el muy abusador no me soltaba la mano y… y por lo otro, ¿es que acaso no te diste cuenta?

―¿Cuenta de qué?

―¿No le viste los ojos? ―resoplo exasperada.

―Claro que se los vi… ―alza los hombros despreocupada―, los tiene azules y… ohhh, nooo.

―Oh, síiiii. ―Me burlo de su tono de sorpresa.

―¿Crees que es el mismo de los sueños? ¡Ay mira, me ericé!

―No creo, estoy segura ―confirmo.

―¡Por las barbas de Merlín, Mika! ¡No lo puedo creer! ―Grita.

―¿Ahora entiendes por qué estoy así?

―Sí, nena, entiendo. ―Me abraza―, yo manejo a casa. ―Me quita las llaves de la mano.

En el camino Celeste continúa preguntándome cosas, ésta vez no se burla, está igual de sorprendida que yo. Aprovecho y le pregunto por qué subió a la habitación, me contesta que se consiguió a Manuel en la cafetería de la clínica y que no pudo evitar contarle que yo estaba conociendo a su amigo, él amablemente la invitó a que lo acompañara a su visita y ella no lo dudó; podía notar que a mi amiga le estaba gustando bastante el rubio, se le iluminan los ojos cuando habla de él. Manuel me agrada, parece un buen tipo.



Crln25

Editado: 31.05.2019

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