No te vi, te reconocí ©

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Perdiendo la cordura

Diego

Siento un peso sobre mi brazo derecho que lo está haciendo hormiguear, un suave ruidito me hace abrir los ojos, por un momento creo que estoy soñando, tengo entre mis brazos a la mujer más hermosa del planeta; su mejilla está pegada a mi frente, su pecho sube y baja pausadamente, tranquila, serena. Si tuviera que elegir como despertar cada día no encontraría mejor forma que ésta, parece un ángel. Mi ángel.

Cierro los ojos un momento y disfruto de tenerla así tan pegada a mí, aprieto mí agarre en su cintura con un poco de miedo a despertarla, pero es que tengo la necesidad de tocar la curva de su cadera, con mis manos podría de algún modo grabar en mi mente cada espacio que me permita tocar de su cuerpo. Respiro el aroma de su cabello, me tiene totalmente loco, me ha convertido en un adicto a sus besos, a su compañía.

¡La deseo, joder! ¡La deseo como un demente! aunque sé que debo esperar, debo comportarme, todo entre nosotros ha pasado tan rápido que puedo entender el miedo que sintió cuando le propuse venir a su casa; terminé de comprender cuando me contó que Celeste no está. Tiene miedo, miedo a que le proponga que estemos juntos, soy hombre y miento si digo que no me gustaría raptar a mi novia de su trabajo, besarla toda la noche y tocar algo más que su cintura, pero debo hacer las cosas bien porque ella lo vale. Conmigo no tiene nada que temer, me controlaré hasta que ella misma me lo pida.

Sonrío. Cuánto han cambiado las cosas y me gusta que sea así, Micaela es tan distinta a Melissa, con ella no me hubiera detenido a pensar en la idea de controlarme, todo era diferente por decirlo así, teníamos sexo y nada más, eso es lo que ella buscaba en mí o es lo que siempre me hizo sentir; nunca me demostró un sentimiento más allá del deseo y yo nunca la necesité para nada más que eso. No me importaba si la veía o no, no reía con ella, no me hacía querer ser mejor persona y creer que puedo lograr mis sueños, no trataba con cariño a mi hermana ni se preocupaba por si era tarde y debía manejar.

Me atrevo a perfilar la nariz de la bella durmiente, ella se mueve un poco y la arruga, ¿qué es ésta conexión tan fuerte que siento por ti? te estás convirtiendo en alguien tan importante en mí mundo…

―Lo has cambiado todo ―susurro, al oírme abre los ojos acostumbrándose a la luz―, buenos días, preciosa.

―Buenos días ―contesta parpadeando, me mira confundida y creo que no recuerda que me quedé toda la noche.

―Puedo acostumbrarme a esto, ¿sabes? ―Su sonrisa termina de iluminar la mañana, ahí está la Micaela que me trae loco.

—¿Qué hora es? ―Pregunta de repente―, hoy es martes y tengo que ir temprano a la universidad.

―Son las seis ―digo besando su hombro, la abrazo con fuerza queriendo fundir mi cuerpo con el suyo hasta hacernos uno, no quiero separarme de ella―, todavía hay tiempo. ―Se libera de mi agarre con un brinco.

―¿Tiempo? ―Abre mucho los ojos―, Diego yo entro a las siete y media y tú seguramente vas tarde también, ¿te parece que hay tiempo?

Cruzo los brazos detrás de mi cabeza y me río al verla parada frente a mí con los brazos en jarra y el ceño fruncido, molesta se ve aún más hermosa.

―Vamos, párate ―pide suplicando―, voy a llegar tarde, Celeste tiene el auto y además sin comida y café yo no funciono. ―Me mira y levanta una ceja―. ¿Te estás riendo de mí?

―Puede. —Rueda los ojos y aprovecho para jalar su mano haciendo que caiga sobre mí, su respiración se acelera y se sonroja un poco.

―¡Qué carácter tiene mi novia por las mañanas! ―declaro rozando sus labios entre abiertos.

―Es que siempre llego tarde a todos lados. ―Se defiende―, la puntualidad no es mi fuerte, me da pena contigo, pero no me dará tiempo de preparar desayuno. ―Sonrío con calidez y dejo un beso en su nariz.

Con que eso es lo que le preocupa, se me ocurre algo para ayudarla con su impuntualidad.

―Úsame de transporte ―digo y me mira extrañada.

―¿Cómo dices?

―Puedo llevarte hoy y todos los días que quieras ―explico―, para mí no hay problema, así tengo una excusa para verte siempre ―le guiño―. Y por el desayuno no te preocupes, podemos comprar algo de camino a la universidad, eso sí, no te acostumbres, quiero probar la comida de mi chica.

Me mira fijamente unos instantes y sé que se está planteando mi proposición, me sonríe y sorprende robándome un beso.

―Estás contratado entonces.

 

Micaela



Crln25

Editado: 31.05.2019

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