Noche de brillo azul

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17. Amistad.

—¡Hola amiga! ¡Qué linda te ves...!

Francisca relucía un vestido igual al de lentejuelas verdes, solo que este era blanco.

—Gracias amiga.

—¡Y vaya!, estás con Heber, que tiernos se ven, sin duda forman la pareja perfecta—Sonrió mostrando el pulgar.

—Gracias—contestó Heber tajante.

—Gracias amiga.

—¿Los puedo acompañar? ¿A dónde van?

Heber volteó a ver a Francisca con los ojos abiertos; ella rio.

—Sí amiga, acompáñanos si quieres. Igual vamos caminando a la deriva sin planes—Heber mostró un gesto de decepción. Quería estar a solas con Francisca.

—¡Yepa!—expresó eufórica al aire. Su gritillo no tenía sentido—-. Vamos entonces a la casa de Fabiana.

«¿Por qué tienes que gritar cosas tan raras?», se preguntó Heber, interrogativo. Kendry era tan rara... Muy extraña para su gusto.

Entretanto, Francisca tomó la mano de Heber y él sonrió. Kendry al verlos también hizo lo mismo apoyando la mano izquierda de él. ¿Me dejas amiga?—dijo picarona.

—Claro, no hay problema.

Heber, confuso e incomodado por el inusual tacto de su mano izquierda, dobló a ver hacia dónde Kendry, y ésta tenía una cara artera elevando las cejas arriba. Lo hacía una y otra vez.

—Mmm, bueno, vamos...—replicó Heber, perezoso. Francisca y Kendry sonrieron.

Media hora después, a paso de tortuga dormilona, fue el siguiente trayecto a casa de Fabiana.

Mientras iban, Heber admiraba únicamente a su chica, pero ella hacía lo mismo viendo a Kendry, que también miraba a Heber.

Tocaron la puerta de cedro impecable de la mansión de los Young.

Y surgió de ella en menos de lo que canta un gallo, Fabiana. Una niña de catorce años. Su aspecto era el de un adorable bebé, por sus rasgos suaves y delicados. Tenía pelo largo, ennegrecido, y sus elegantes ropas eran color pastel. Su familia era de las más adineradas de toda la Villa Santarino.

—Hola amigas, ¿Cómo están? Entren.

Pasó Kendry primero y luego continuó Francisca, Heber siguió el rastro de su novia; Fabiana lo detuvo.

—¿Qué haces?—le preguntó.

—Entrar, ¿No?—respondió dudoso con gracia.

—Lo siento tonto—dijo seriamente—, pero aquí solo entran mis amigas.

—Pero...—Volteó a mirar a Francisca. Ella se encogió de hombros.

—Pero nada, si quieres ser mi amigo tendrás que esperar aquí.

Heber no creía en su veredicto. «¿No puedo entrar? ¿Es en serio...? Por favor», pensó desconcertado. En un instante se acordó que Jaider no estaba esta vez para salvarle el pellejo.

Francisca apoyó el hombro de su amiga y se arrimó hacia Heber. Le dio un beso tardío en la mejilla.

—Amor—le dijo dulce—. Espérame aquí, no tardaremos mucho... ¿Sí?

Él, embobado por el beso, contestó entrecortado:

—Por ti... Lo que sea.

—Tan bello. Qué precioso es mi novio. ¿Ven chicas? Consíganse un novio así—exclamó con presunción a sus amigas. Heber la veía encantado.

—Sí. Muy lindo—replicó Fabiana, sarcástica—. Ahora quédate ahí, perro—Cerró la puerta con fuerza. Heber quedó muy cerca de estampar su nariz en el cedro, no se golpeó de milagro.

Vio a un lado y se sentó en el suelo, con ambas piernas cruzadas. Y dirigió perspectiva al cielo.

—Deben de tardar como quince minutos... Máximo cuarenta de seguro—indicó optimista. 



Eduardooo96

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En el texto hay: azul, noche, brillo

Editado: 29.05.2018

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