Noches en blanco || Krizuli

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1- Tanteando el terreno.

Era curiosa la calma que seguía a las amenazas de algún villano. Demasiado intensa o más bien aburrida, aburrida hasta decir basta. Había entrenado con intensidad durante tres largos años, con la tensión constante de saber que nunca sería suficiente, y el bajo temor inherente de una muerte prácticamente segura.

Y, en un abrir y cerrar de ojos, todo pasó: lo que vaticinó Trunks del futuro, los terribles cambios que derivaron en el presente por alterar el espacio tiempo y la resurrección de la población afectada.

Y ahora, ¿qué? Al Maestro Roshi, que parecía que nada lo alteraba, que siempre se mostraba igual de sereno y, aparentemente despreocupado, esa tranquilidad le daba sueño. Sin embargo, en esos momentos estaba sentado delante del televisor viendo un programa de ejercicios matinal, donde un grupo de chicas esculturales movían el trasero al son de una música machacona.

A veces, a Krilin también le gustaba ver esos programas, pero le podía el aburrimiento y las distracciones comunes ya no eran estímulo suficiente. No lo eran. ¿Qué estímulo sería más fuerte que el recuerdo de un beso en la mejilla mientras el corazón se le salía del pecho de puro miedo? ¿Habría algo en el mundo mas interesante que ver de nuevo esos rasgados y enormes ojos azules? Suspiró pesadamente, anhelando ver otra vez el bellísimo rostro de la androide y sentir otra vez la sangre corriendo por sus venas. Porque en ese momento parecía que su corazón se había paralizado por falta de emociones.

Se levantó para preparar algo de comer pero, a pesar de estar la nevera repleta, no encontraba nada que le apeteciera.

—Oiga, Maestro —El viejo pasaba deliberadamente de Krilin—… ¡Maestro! —Volvió la cara sobre su hombro y lo miró bajo las monturas de sus gafas de sol—. Voy al pueblo a comprar, ¿necesita algo?

El viejo se sonrojó un poco y compuso una sonrisa lasciva, dejando entrever su pobre dentadura. Ya sabía Krilin lo que el Maestro quería. Nunca cambiaría.

Fue a la entrada, cogió su cartera, se puso las chanclas y emprendió el vuelo luego de cerrar la mosquitera de la entrada tras él.

Miró al cielo. El verano ya causaba estragos en esa época del año, pues el sol aun estaba bajo en el horizonte y el calor apretaba.

No estaba muy lejos la isla más poblada de allí, y a su velocidad llegaría en unos minutos, pero no se percató del silencioso vuelo que llevaba tras él, a varios metros de distancia para no ser descubierta, cierta humana artificial de rubios cabellos.

Y no era la primera vez que lo hacía. La androide Número 18 había estado visitando de forma esporádica, cada vez con mayor frecuencia, pero siempre secretamente, a ese guerrero que tanta curiosidad le despertaba. Pudiera ser que no tuviera nada mejor que hacer para entretenerse, pero el pasatiempo que más disfrutaba era observar en la soledad las actividades de ese guerrero, tratando de entender su personalidad y, en definitiva, comprender qué lo movió a actuar de la manera que lo hizo el día que el bioandroide Cell los perseguía.

Se pasaba las horas en los alrededores de la Kame House, ocultándose a la vista del anciano, de la tortuga y de él, analizando sus gustos, su forma de ser, trazando hipótesis para responder las preguntas que se formulaban una y otra vez en su mente, preguntas sobre porqué no quiso luchar contra ellos en primera instancia como los demás guerreros, porqué prefirió hablar y querer entender su forma de actuar antes de juzgarla a ella, a su hermano y a Dieciséis, o porqué no le destruyó cuando tuvo ocasión y se deshizo de ese nuevo control remoto.

Porqué quiso cuidar de ella después, trayéndola de vuelta a un sitio seguro luego de haber formado parte del bioandroide, y pidiendo un deseo por ella al monstruo ese verde, pensando en su bienestar antes de conocer siquiera que Diecisiete era su hermano y no su pareja. No entendía esa preocupación desmedida por su parte, y tampoco entendía el calor que sintió en su propio pecho. Ella no le pidió nada y, sin embargo, él se antepuso a sus necesidades como si de verdad la conociera de toda la vida. Acertando sin quererlo. No comprendía cómo es que, de verdad, pudo conocerla tan pronto, sin mediar palabra con él. Sólo con un simple beso en la mejilla de por medio, precisamente por ese cálido primer sentimiento de ternura que calentó su apático corazón.

No necesitaba comer o dormir, eran las ventajas de haber sido modificada a nivel celular y tener energía infinita, además una ayuda para pasar desapercibida y espiar con más calma los sueños del guerrero, mirándolo sentada desde la ventana de su cuarto.

Volando tras el en ese entonces, vio que empezó a descender sobre una isla donde había un núcleo poblado con blancas casitas de una sola planta, con calles más o menos estrechas y pobremente asfaltadas. Tomó tierra y observó el camino que llevaba el hombre desde detrás de una de las casas, hacia un mercadillo con bastantes puestos de verdura y fruta, ropa, calzado y abalorios. No compraba nada en particular, sólo paseaba, saludaba a algún lugareño, cuando se paró de pronto en un tenderete donde vendían libros y revistas. Lo vio escogiendo algunas donde en sus portadas había chicas de ropa escasa, despertando la decepción en Dieciocho, quien iba a salir volando de vuelta, cuando escuchó a una mujer gritar:



Roveldel

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En el texto hay: fanfic, androides, dragon ball z

Editado: 01.01.2019

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