Noches en blanco || Krizuli

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5. Lázuli

La Capital del Sur bullía en su ajetreo diario típico de una gran urbe bajo un sol de justicia. En ella, Krilin y Dieciocho caminaban por los abarrotados pasillos del nuevo centro comercial de la ciudad dando un paseo, admirando escaparates antes de decidirse por alguna tienda que fuera del agrado de Dieciocho, aunque no había muchas de esas.

Ella gustaba de ropa sofisticada, juvenil y, a ser posible, exclusiva. Pero lo que encontraba eran modelos muy comerciales ya desgastados por lo que observaba en las chicas que encontraba. Todas iban prácticamente iguales, con faldas escandalosas o vestidos igual de cortos de colores chillones. Ella tenía más clase que eso.

Caminaban en silencio uno al lado del otro, ella evaluando las boutiques y él mirándola a escondidas en el reflejo de los cristales, observando sus reacciones que quedaban reducidas a la mínima expresión en su inmutable rostro.

Necesitaba mantener el contacto visual si no la sentía cerca. Podría ser porque no desprendía nada de energía, lo cual la diferenciaba del resto de los mortales, o bien sería por el miedo infundado a que se marchara y no verla más, esa duda que tenía insertada como una esquirla en el corazón, la misma que le impidió pegar ojo la noche anterior. Esa duda que guardaba en lo más hondo de su alma que le decía que ella desaparecía de la misma manera sorpresiva en la que apareció, y que no debería hacerse ilusiones de nada. Por contra, él acallaba a esa estúpida vocecilla buscando la presencia de Dieciocho con la mirada, quedándose a un par de palmos de ella cada vez que se detenía a mirar algo, y reteniendo en su memoria cada mínimo detalle por si resultase ser verdad todo aquello que en el fondo temía, para contentar a su corazón con el recuerdo de esas pequeñas pinceladas de la visita de la androide en caso de que se fuera sin previo aviso.

-¿No hay nada que te guste, Dieciocho? -No recibió respuesta verbal, pero vio que bajaba los párpados sin llegar a pestañear cada vez que pasaba la vista de un punto a otro de la galería comercial. Ella no pestañeaba-. Hay otra planta más arriba, pero, ¿qué te parecería si antes paramos a comer algo?

Accedió sin despegar los labios, dirigiendo la mirada a un restaurante de comida rápida cercano. Krilin se percató, asintió con una sonrisa y corrió a reservar una mesa pequeña con dos sillas cerca de un gran ventanal con vistas a la concurrida calle.

-Quédate aquí mientras voy por la comida -le dijo a la mujer tal como llegó hasta él-. ¿Te apetece algo en particular? -Sabía perfectamente que no era así, ni lo necesitaba, pero era inevitable para él ofrecérselo.

Dieciocho miró los carteles que detallaban los menús disponibles y contestó con indiferencia:

-Me da igual.

-De acuerdo, ¡ahora vengo! -dijo él alejándose a la barra como si le hubiera demandado alguna exquisitez en particular o un alimento de necesidad vital para ella.

Lo vio mezclarse entre las personas que se apostaban en el mostrador y se sentó a esperarlo. Volvió la vista al otro lado del cristal de la ventana, mirando los rostros de la gente que pasaban por la acera, analizando sus expresiones variopintas. Unos sonrientes, otros enfadados o sólo molestos por algún choque con otro viandante o cualquier ínfima cosa sin relevancia. Alguno reía ocultando su boca con la mano ante las palabras que alguien le dedicaba. Se fijó entonces en las manos de la gente, en cómo se movían al hablar aportando énfasis a lo que explicaban, otros las ocultaban en los bolsillos, otros sostenían bolsas, teléfonos o llaves.

Se esforzaba en fijarse en los detalles cotidianos de las personas corrientes, tratando de apreciar la sencillez de la existencia humana, esa que se le escapaba por tener el control absoluto en la palma de la mano, restándole cualquier asunto ajeno a ella, nublándole su capacidad de sentir empatía y, con ello, de ser más humana.

Había gente en parejas que, bien en la calle, bien sentados en otras mesas del establecimiento, sostenían sus manos entre sí, gentiles, con los dedos entrelazados, o bien tirando de ellas a la vez que corrían emocionados en alguna dirección. Miraba entonces sus rostros y, casi siempre y sobre todo si estaban parados o sentados como ella, esa gente solía hablar entre sí, de cerca, siempre mirándose directamente a los ojos, pareciendo hablar con ellos en un idioma desconocido para Dieciocho. ¿Qué se decían con ese gesto y esas miradas? ¿No eran suficientes las palabras para emitir el mensaje? ¿Tendría algo de especial el hacer contacto de las manos de otra persona?

Miró sus manos, que descansaban sobre la mesita y las entrelazó para probar su propio tacto, sin notar nada especial en ellas. Entonces, de pronto, las manos de Krilin aparecieron en su campo visual al depositar en la mesita un bandeja con algo de comida. Eran anchas, cortas, distintas a las suyas. Se preguntó si su tacto sería diferente al que le ofrecían sus propias manos, y recordó las sutiles caricias que Krilin le había regalado durante la última noche, transmitiéndole una sensación indescriptible con aquel roce.

Efectivamente, no había llegado a dormirse. Pero la cercanía física de Krilin le había agradado y tranquilizado en cierta forma. Notar sus dedos rozando levemente su piel le había provocado tal calma y placer que le había permitido entrar en un estado de mínimo desgaste energético, y le había producido una sensación difícil de describir con palabras. Pero le agradó, le agradó muchísimo. Tanto, que había permanecido quieta, relajada y en silencio durante horas, percibiendo y apreciando la quietud del momento.



Roveldel

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En el texto hay: fanfic, androides, dragon ball z

Editado: 01.01.2019

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