Nos Canta El Amor

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4. A PARTIR DE HOY

«Digo que te amo, que no puedo estar sin ti porque te extraño»

 

 

—¿Qué estás haciendo? —preguntó el hombre que despertaba al movimiento en su cama.

Braulio abrió los ojos para encontrarse con la espalda desnuda de Georgina que estiraba sus brazos al cielo, permitiéndole apreciar muchos de sus huesos marcando sus pocos músculos y su delicada y suave piel. Sonrió al recordad que, apenas unas horas atrás, la mujer de su vida se había convertido en su mujer.

—Debo ir a casa a cambiarme para ir a trabajar —dijo Gina después de bostezar y devolver los brazos a sus costados. Entonces, pasándose la camisa de Braulio por el cuerpo, se puso de pie.

Viendo a amada dispuesta a irse, Braulio dejó la cama para vestirse y atrapar a la que seguía intentando recopilar todas sus prendas que se encontraban desperdigadas desde la sala, por el pasillo, hasta esa habitación que compartieron.

Aún sin camisa, pero ya no desnudo, Braulio atrapó por la espalda a la morena que gustosa recargaba su espalda al pecho del que la aprisionaba con sus brazos por la cintura.

—No vayas a trabajar —pidió el hombre después de besar el cuello de la chica, haciendo reír a la que se giraba para abrazar el cuello del que, ahora un poco inclinado, chocaba los sus labios con los suyos.

—Si voy a trabajar —dijo ella después del beso—, necesito hacerlo y tú debes hacerlo también — Sonrió—. Anda, suéltame —pidió zafando el agarre que mantenía en ese hombre que había decidido amar.

Él volvió a besarla tiernamente y la soltó. Ella tenía razón, a ambos los esperaban en el trabajo.

Braulio llevó a Georgina a su casa, una vez allí, mientras Braulio se estacionaba frente al departamento que Georgina compartía con su amiga, recordó: —Tenemos una plática pendiente.

—Tienes razón —dijo Gina suspirando—, tal vez algún día —y se fue dejando un beso en la mejilla del que la veía abandonar su auto.

Braulio negó con la cabeza y se fue. Estaba demasiado feliz como para enojarse por ese desplante.

*

—¿Cómo puedo amar tanto a alguien que conozco hace apenas tres meses? —preguntó con una enorme sonrisa Braulio a su hermana que, extasiada por la felicidad que veía en su pequeño hermano, sonreía al escucharlo casi canturrear sus palabras—. La amo Liz, la amo demasiado; y ella dijo que quería enamorarse de mí —informó en una enorme sonrisa.

—Ay, enano. Ojalá pudieras ver lo ridículo que te tiene el amor —dijo Elizabeth obteniendo una sonrisa socarrona del que había sido insultado pero no ofendido.

Por su parte, Georgina comenzaba a preocuparse por su futuro. A la mujer que estaba cubriendo en el trabajo no le restaba tanto para regresar, y no tener trabajo le daría problemas. Además estaba el hecho que, de la ganancia de la casa, no le restaba mucho dinero. Tanto viaje estaba agotando sus recursos mucho más pronto de lo que hubiera querido.

—¿Y si pides un préstamo? —sugirió Alexa que odiaba verla preocupada, aunque justo en ese momento se viera extrañamente animada.

—¿Y con qué lo pago, Lexy? —preguntó Gina—. No puedo ir por la vida destapando hoyos para tapar agujeros. —Ambas chicas suspiraron ante tal declaración, que no era más que la verdad—. Sin trabajo no sobreviviré ni otros dos meses de viaje —dijo en voz alta su cálculo.

Alexa seguía intentando buscar soluciones, pero no era tan fácil, pues aunque entendía a su amiga, la situación problemática no era de ella. Por eso, aunque se esforzaba, no era capaz de comprenderla del todo.

Inmersa en sus problemas y pensamientos, Gina fue sorprendida por unos brazos que le aprisionaban la cintura. Y al escuchar una voz muy conocida en su oído sonrió un poco apenada, pero mucho muy feliz.

—Te estuve buscando por todas partes —dijo Braulio—. Así que aquí es donde te escapas.

—No estoy escapando —aseguró Georgina girándose para abrazar al que la amaba—, es mi hora de comida —dijo, recordándole a Braulio el motivo de buscarla.

—Ah, a eso venía —dijo ese al que se le vaciaba la cabeza cada que veía a la morena—, ven a comer con Liz y conmigo.

—¿Van a correrme y no saben cómo decirme? —preguntó Georgina mientras empujaba a Braulio con ambas manos sobre su pecho.

—Lo que queremos es ascenderte a esposa del hijo del jefe —anunció Braulio con seriedad, siguiendo el juego de la chica.

—¿Seguro que es un ascenso? —preguntó ella con desgano fingido, molestando al que ahora hacía pucheros. Pero Gina terminó accediendo a ir a comer con ese que seguía con cara de niño regañado—. Solo porque la señora Elizabeth me cae muy bien —dijo.

A Georgina le encantaba Braulio, él le permitía olvidarse del mundo de dolores y penas en que habitualmente estaba envuelta. Y a él, ella le fascinaba, le hacía una mejor persona. Los ratos que pasaban juntos eran excepcionales, siempre disfrutando de la compañía del otro, siempre hablando de tantas cosas como ocurrían, excepto ese tema pendiente que ella rehuía cada que Braulio lo sacaba a relucir.



MaryEre

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En el texto hay: drama y tragedia, malentendidos

Editado: 30.06.2018

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