Nos Canta El Amor

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6. ECOS DE AMOR

«Puedo ver tu sombra en la luna cuando mi memoria te alumbra»

Georgina

Cuando me fui de su casa sentí que mi corazón murió. Pensé que todo el dolor de soportar la soledad a la que me había desacostumbrado se quedaría para siempre conmigo. Pero al verlo llegar al aeropuerto, al escucharle decir tan hermosas palabras y al recuperar mi lugar al que volver pude volver a sentirme un poco viva.

Y es que entiendía perfectamente su enojo. Yo lo estaba excluyendo de una parte importante de mi vida. Pero me estaba protegiendo. A mí nunca me gustó sentirme vulnerable y sus miradas de compasión lastimaban mi ego, y mi ego era lo único que podía rescatar después de haber tenido que pasar por tanto. Solo mi orgullo me quedaba para demostrarle a la vida que yo era más fuerte que sus constantes golpes.

Por eso no lo quería cerca, porque yo quería ser una mujer fuerte a sus ojos y sabía bien que estaba a nada de tener que arrastrarme por el piso para poder seguir adelante. Estaba a punto de hacerme añicos y derrumbarme.

Yo no quería que el hombre que amaba viera una parte tan lamentable de mí. No quería que él cargara con mi dolor, porque era mío y nada más. Pero tampoco quería perderlo. Por eso cuando prometió que estaría esperándome fui muy feliz. Al final, a pesar de que me quedaría sin la persona más importante de mi vida, no estaría sola, y eso sería suficiente para no desear morir después de perder a mi madre.

—No tenías que cambiar toda tu vida por mí, amor —replicó mi madre cuando supo de mi estadía permanente en Madrid.

—¿Por qué no? —pregunté—. Tú lo hiciste por mí hace veinticuatro años. La mujer que me regaló todo su tiempo, todo su amor y sus desvelos se merece todo mi tiempo, mi amor y mis sonrisas —aseguré regalándole una enorme sonrisa y un gran abrazo.

—Pero dejaste a tu novio —recordó y yo fruncí la nariz, haciendo esa mueca que mi madre me regalaba cada que quería restarle importancia a cualquier asunto.

Besé la cabeza de mi madre y cené con ella. Esto sería así, yo le daría todas mis tardes-noches, eso nos daría mucho tiempo de convivir y, aunque no sería ni cerca a lo que deseaba tenerla a mi lado, era mucho para mí y para ella.

Con el paso del tiempo sentí como mi corazón asimilaba un poco más la condición de mi madre. Verla cada vez más cansada, verla cada vez menos fuerte, verla en tantas crisis como no sabía que tenía y odiar verla dormir por temor a que no despertara, me hacía pensar que estaba siendo egoísta al desear que estuviera más tiempo a mi lado porque, de ser así, lo que se alargaría no era su vida, era su agonía, y no la quería ver sufrir.

—Ha estado mucho mejor —dije al teléfono con Braulio que seguido me regalaba sus madrugadas para escuchar mi vida—, le estaba haciendo mucha falta.

—Me da gusto, amor —dijo—. Yo al contrario de tu madre he estado horrible, me haces mucha falta, ¿no me extrañas? —preguntó haciendo seguramente ese puchero que me encantaba. Jugué con él. Era divertido hablar con él, recuperaba un poco de esa falsa normalidad que me hacía olvidar mi pena.

—Pues la verdad es que no me he dado tiempo de hacerlo, pero si sucede te digo ¿va? —dije recibiendo un reclamo de parte de mi amado.

»Te dejaré dormir —dije después de escucharle bostezar por enésima vez y, aunque dijo que no, yo sabía que si tenía sueño—. Pero yo sí tengo, así que descansemos. Te amo Braulio —dije y recibí su "Te amo, Gina. Descansa" que siempre me hacía sonreír.

Al día siguiente, después de una llamada de emergencia, llegué al hospital para encontrarme con mi madre dormida. Había tenido una crisis de nuevo y ahora estaba en coma. Sin todos esos tubos y mangueras ensartados en su cuerpo no iba a sobrevivir, pues sus pulmones ya no funcionaban, y en coma no sería capaz de alimentarse sin esa sonda.

Lloré como hacía semanas no lloraba. Era demasiado y ya no tenía más fuerzas de soportar. Me sentía tan sola, quería que alguien me abrazara y me dijera que estaba bien, que sería mejor dejarla ir pues, según el doctor, ella no despertaría ya. Lo que seguía era solo esa nada en que ahora estaba atrapada.

Envuelta en mil pensamientos me dejé caer en una banca en el jardín del hospital para poder llorar sin que mi madre me escuchara o alguien me viera. No quería que nadie me viera llorar, lo odiaba. Pero el mundo no era nada complaciente conmigo, si así fuera habría escuchado las cien mil súplicas que hice por no perder a mi madre después de perder a mi padre.

—Lo lamento, Gina —dijo Marcos a mi espalda.

Marcos era un médico de guardia en el hospital de oncología donde mi madre era interna. Él, como yo, era mexicano, y seguido me acompañaba en mis desvelos de media noche. Platicábamos cuando revisaba a los enfermos dormidos mientras yo cuidaba que nada le ocurriera a mi madre. Infinidad de veces me veló el sueño también cuando prometía que le echaría un ojo para que yo pegara mis ojos por un rato y pudiera descansar. Él era una gran persona. En unos cuantos meses logró ser un amigo para mí y, ahora que intentaba darme consuelo, era un gran apoyo.



MaryEre

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En el texto hay: drama y tragedia, malentendidos

Editado: 30.06.2018

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