Nos pasó a nosotros

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Parálisis

¿Se puede sentir algo peor que no estar al control de tus facultades mentales? ¿O de tu cuerpo? ¿O de tu habla? Es fácil para muchos decir que tienen el control cuando nunca han padecido algo más terrible que la pérdida del dominio total de su cuerpo; ser víctimas de alucinaciones tan vividas que dan miedo.

Allan Poe describió en su momento que no había nada peor que ser enterrado vivo. Despertar sellado en un ataúd, en la penumbra y en el silencio ensordecedor, en un espacio completamente hermético y chico es aún peor que encontrarte cara a cara con una bruja o un demonio. De una bruja o un demonio aún te queda la fe de escapar, pero ¿cómo te puedes escapar de tu propia tumba?

No hay a donde correr ni a quién recurrir, sólo te queda gritar, suplicar que haya alguien lo suficiente cerca como para escuchar tus alaridos y tus llantos antes de que el poco aire que te acompaña se acabe, mengüe con cada bocanada, suplicando el rescate de un salvador.

Era por eso las campanas junto a las tumbas, porque de hallarse un enterrado vivo eso ayudaría a los guardas del cementerio a percatarse del error, de un no muerto esperando a ser liberado.

Un entierro prematuro es, como bien he dicho, indescriptible, horroroso. Sin embargo, tanto los catalépticos como los durmientes pueden comprender un mismo mal: estar consciente en un cuerpo que no responde a tus estímulos. Pues tal y como en el Entierro prematuro de Poe, yo he vivido la pesadilla de la conciencia en un cuerpo inconsciente.

Durante años tuve miedo de ir a la cama; ¿cómo no? Si caí tantas veces en ese estado tan aterrador.

Según la ciencia, la parálisis del sueño puede ser causado por un terrible estrés, un desequilibrio del cuerpo o alguna cosa semejante; para los más apegados a las experiencias paranormales, se trata de algo más espiritual; pero yo soy de una familia acomodada y de poca fe en lo espiritual, por lo cual nunca di crédito a esto último.

Los textos científicos reinaban en mi estantería en lugar de las majaderías sobrenaturales y, en menor medida, las novelas de amor. Sin embargo, estas últimas jamás se superponían a mi deseo de conocer todo lo que la ciencia tenía y tendrá para demostrar.

Pues bien; la última vez que caí víctima de ese mal, superó incluso a todas las otras veces.

No tenía ninguna razón para estar estresada o cansada. Había pasado el día leyendo Orgullo y prejuicio de Jane Austen, incluso fue una tarde tranquila: comí lo que quise, leí lo que quise y al final decidí tomarme una siesta vespertina. No tenía nada más para hacer y a mi entender ese terrible mal había desaparecido hacía más de un año.

Me tendí sobre mi hermoso edredón azul. Mi cama era tan suave, tan sabrosa. No había manera de despertarme con dolor en las articulaciones. Fue un sueño pesado y muy relajante. No sabría decir si caí profundamente al cabo de unos minutos o al instante, sólo me acuerdo de haber recuperado la conciencia momentos después.

Es aquí en donde les relato la pesadilla de la que soy presa cada noche, en cada siesta...

A mi entender ya estaba despierta. Abrí los ojos y traté de levantarme, pero mi cuerpo continuó inerte. Intenté hacer fuerza en mis brazos y tampoco funcionó, mi boca tampoco se movía. Sentía un fuerte cosquilleo en todos lados como respuesta a mis intentos fallidos por mover mi cuerpo. Tenía los ojos muy abiertos. Traté de hacer ruidos guturales para que alguien acudiera a mi cuarto y tratara de levantarme.

Mi hermano era la única esperanza. Sólo en momentos como aquel estuve dispuesta a valorar sus interrupciones para hacerme tontas preguntas como: «Serene, ¿crees que si pongo a una rana en un vaso con agua sellado ésta termine por morir?» o «hermana, ¿dónde puedo conseguir herramientas para hacerme alas como las de Ícaro?».

Ojalá hubiera ido a despertarme.

Nadie, nadie acudía.

Lo peor sucedió al rato, cuando pude jurar que una presencia incorpórea se encontraba justo detrás mío. No podía verlo, pero podía sentirla paseando a mis espaldas, luego se posó sobre mí ejerciendo presión. Me sobresalté y la sensación de impotencia se sintió más marcada.

Mis ojos querían mirar, quería ver quien se aprovechaba de mi vulnerabilidad para acercarse más de lo que al decoro le era permitido. El miedo se apoderaba de mí.

La presencia ejerció una presión extraña y la sentí acercarse a mi oído, susurró unas palabras en un idioma muy extraño, inentendibles, impronunciables. Era como un vocablo fuera de este mundo. No podía saber si era hombre o mujer; según su voz y la sensación extraña que acompañaba su presencia, no tenía forma. Sentí como sujetaba mis muñecas con la misma presión: fuerte y liviana al mismo tiempo. No había forma de escapar. Estaba atrapada con aquella cosa.



Clem

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En el texto hay: misterio, antologia, cuentos

Editado: 28.11.2019

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