Obertura

Tamaño de fuente: - +

REENCUENTRO

 

Planeta Lu-Um año 955 A.Z.

Hace trece días Áitapih cumplió 89 años. Son las seis de la tarde. Recostada en su cama, prefiere observar el techo antes que hacer un esfuerzo por acercarse a la ventana y disfrutar del ocaso.

Sus ojos siguen las sinuosidades y los pequeños remolinos que forman las vetas de la madera. No busca en ellas similitud con objeto alguno, como rostros o animales, ni tampoco busca parecidos con elementos de la naturaleza. Solo observa sin pensar. No piensa en la enfermedad que acabará con su consciencia ni en sus cuatro hijos, doce nietos ni seis bisnietos; tampoco piensa en el memge ausente con el cual engendró su descendencia. No intenta recordar el pasado, imaginar un futuro, ni preocuparse por su presente.

De pronto, su neutralidad hacia la existencia es interrumpida por la presencia de Yehero, quien la saluda con una cálida sonrisa:

—¡Hola! —se acerca lentamente, se sienta a su lado y dice de forma apacible— Los miembros de tu familia están preocupados por tu salud. Dicen que estás perdiendo la memoria, piensan que no tienes deseos de permanecer en este mundo.

Áitapih responde con una rasposa voz casi inaudible: —Eres tú… ¡Ho… hola! A veces te recuerdo. Me alegra saber que has logrado lo que deseabas. Estoy muy cansada y vieja para cualquier plan que tengas conmigo. ¡Ya viví suficiente! Déjame en paz, por favor; solo espero que esto acabe pronto.

Yehero responde: —No lo suficiente Áitapih. Aún no conoces el mundo que imaginamos cuando éramos jóvenes...

—Ese mundo todavía existe en mi memoria, aunque lentamente se desvanece. Pero algunos detalles permanecen tan claros como si los hubiese vivido. Tienes que entender que ya tuve una vida y que me siento satisfecha, como habías predicho.

—Puedes morir justo ahora, si así lo deseas —confiesa Yehero mientras la observa con sus oscuros ojos azules, como si analizara a un espécimen recién descubierto—. Sientes dolor, ya nada te sorprende. Amas a tu familia y te regocijas ante su presencia, pero sabes que ya no eres necesaria y que estás causando incomodidades. Tu relación con ellos se limita a las actividades básicas para prolongar tu permanencia en sus vidas. Estás sola, en esta lujosa habitación, rodeada de finos muebles decorados con hermosos repujados en la madera que ni siquiera intentas apreciar. Han pasado años desde que viste a algunos de tus hijos o descendientes. La comunicación entre ustedes está deteriorada, te apartas y te encierras en el presente hasta el punto de olvidar quién eres.

Áitapih reacciona ante la dura descripción de su situación: hace un esfuerzo para sentarse en la cama, pero sus deteriorados músculos no le brindan la fuerza suficiente y sus desgastados huesos crujen en el intento fallido.

—¡No hables de esa manera! ¡No tienes derecho! No conoces realmente mi vida. Solamente Amm lo sabe todo, y si te ha permitido ser quien eres, es porque tiene una misión importante para ti. —pensativa, agrega— Además, tampoco estás totalmente enterado: ¡Lena! ¡Ella es una hija maravillosa! Cada séptimo día me visita y salimos a pasear con Tera y Seow. Él tiene dos años y ya habla muy bien —el rostro de Áitapih se ilumina al rememorar con ojos entrecerrados los momentos agradables con el niño.

«Él siempre le dice a Tera: mami, mami, ¿mi bisabuelita Áitapih también es tu abuelita?».

«Sí, responde ella»

«¿Entonces ella es la mamá de mi abuelita? Y si yo tengo un hijo, ¿tú vas a ser la abuelita? Y mi abuelita ¿va a ser la bisabuelita? Entonces mi bisabuelita sería…».

«Sería su tatarabuelita, le dice Tera».

«Entonces si mi hijo tiene un hijo…».

«Sería el tátara-tataranieto de tu bisabuelita, le responde Tera de nuevo».

«O sea que yo sería su abuelito. Y si él tiene un hijo… o una hija…».

«Tu bisabuelita sería tátara-tátara-tatarabuela».

Áitapih continúa simulando las encantadoras charlas durante esas visitas.

—Así pasa siempre con sus preguntas, durante horas enteras… Simples cositas que me alegran la vida, aunque no sean tan sorprendentes como tu fantástico mundo.

Yehero asiente con familiaridad. —¡Lena! Sí. Está muy interesada en Universo19. He hablado con ella, pero no lo recordará. Intenta hacer posibles algunos objetos descritos que existirán en el futuro gracias a su trabajo. Sé que actualmente es una de las mayores promotoras de la investigación y la divulgación científica en el continente de los comerciantes.



Antonio Lamat

Editado: 26.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar